En realidad, casi siempre las empresas encuestadoras son sometidas a escrutinio después de un evento electoral en cualquier parte del mundo, comoquiera que durante las campañas aseguran reflejar (aunque también las tachan de orientar) la opinión de los electores.

Pero las elecciones en EE.UU. 2020 parecen empujar aún más a las empresas encuestadoras a una crisis de credibilidad, a la que también estarían arrastrando a los medios de comunicación.

Este miércoles, el día que siguió a la jornada electoral que enfrenta al presidente de EE.UU. y candidato republicano Donald Trump con el aspirante demócrata, Joe Biden, varios analistas y periodistas en medios colombianos llamaron la atención sobre la pifia de las encuestadoras y los medios de comunicación, y los metieron a todos en la canasta de los perdedores.

Ahora, ya dos días después de las elecciones y sin conocerse aún los resultados, hecho que distancia la realidad aún más de las predicciones y estimaciones de las encuestadoras y los medios (que daban como ganador a Biden por un margen significativo) el diario La República hace observaciones partiendo de una reflexión básica: el de las encuestas es “un millonario negocio” basado en “auscultar la opinión pública y pronosticar sus comportamientos a partir de pequeñas muestras que pueden extenderse a grandes universos o poblaciones”.

Dos semanas antes de las elecciones del martes pasado, Biden aventaja a Trump por nueve puntos porcentuales a nivel nacional, según el promedio de encuestas de RealClearPolitics, citado por la agencia AFP.

El rotativo económico considera en su editorial que “no es accidental que los mayores consumidores del producto que ofrecen de las firmas encuestadoras sean los medios de comunicación”, y después señala la causa de la “crisis” en la que están “inmersos” uno y otros: el “fuerte crecimiento de las redes sociales y de los medios alternativos digitales, dos jugadores otrora inexistentes o no tenidos en cuenta por la hegemonía de las empresas informativas y de estudios de opinión”.

Esa razón es, precisamente, la que, en opinión de este periódico, está haciendo que los caminos de encuestadoras y medios se estén “separando”. La República hace notar que periódicos, radios y canales de televisión “se están volcando a la dimensión digital con todas las herramientas que esto les brinda”, mientras que las encuestadoras “siguen aferradas a metodologías obsoletas enfocadas en call centers, ejércitos de encuestadores, llamadas telefónicas, puntos muestrales físicos o acudiendo a los formularios gratuitos que los correos electrónicos ponen a su alcance”.

Advierte, además, que la mayoría de encuestadoras en el mundo ahora “prefieren dedicarse a realizar estudios de mercado y comportamiento de los consumidores que seguir en el desgastante terreno político en donde siguen cosechando derrotas de credibilidad”, debido a que, entre otras cosas, según este medio, los políticos las capturan “con contratos” y manipulan “los resultados de sus estudios cuando estas [las encuestadoras] empiezan a aplicar las viejas metodologías”.

Después esgrime al planteamiento central de su análisis: “Aún no se entiende cómo las encuestadoras trabajan para partidos o candidatos y para los medios de comunicación; justamente un vínculo que está haciendo agua. […] El salto digital de las personas es enorme y aún no ha sido interpretado por las encuestadoras”.

Jorge Fernández Menéndez, en Excélsior, de México, lo dice a su manera: “No nos engañemos: no hubo ola azul, Biden no ganó abrumadoramente como pronosticaban las encuestas, que siguen demostrando que no logran mediciones eficaces en una época donde casi todo ha cambiado”.

De este caso de EE.UU., Maite Azuela saca asimismo una lección, primero para México, pero que se podría proyectar para todos los países democráticos. Ella escribe en El Universal, también de ese país, que el papel de los medios de comunicación y las encuestadoras en la elección estadounidense contribuyó “al ambiente extremista”, y que “se llegó a la elección con la imagen de un Biden que ganaría de forma aplastante, lo que le permitió a Trump tener preparados los cartuchos de defensa. Cuando los números no indicaban una victoria, la población se descolocó y Trump salió a descalificar el proceso”.