El viraje en la postura de Claudia López con respecto a las marchas lo reseñó María Isabel Rueda en El Tiempo, al recordar, primero, que la alcaldesa de la ciudad venía de decir que “las estadísticas no mienten”, refiriéndose al hecho de que después de las protestas y los desórdenes en la ciudad se registran picos de la pandemia por el coronavirus.

“Pero, así como decidió que las manifestaciones bogotanas contagian […], de pronto [López] se volvió más blanda”, escribe Rueda, y reproduce —para que quede claro el contraste— la palabras de la alcaldesa con motivo de la llegada de la minga indígena a la capital: “Si la minga llega a Bogotá, aquí la recibiremos con las mejores condiciones de logística, seguridad y convivencia que garanticen su legítimo derecho […] Así como podemos trabajar con bioseguridad y convivir con bioseguridad, también podemos protestar con bioseguridad”.

A partir de esta observación, la columnista concluye: “Es decir, para las marchas bogotanas hay contagio, incluso para los días sin IVA, que tanto criticó, pero para las [marchas] de la minga, el contagio se puede controlar”. Otro aspecto del discurso de López que le resulta contradictorio a Rueda es el hecho de que la alcaldesa se comprometiera a facilitarles personalmente medidas logísticas a la minga, “a manera de cálida bienvenida”, luego de que se estuviera “peloteando” con el Gobierno a quién correspondía esa responsabilidad.

López ha sostenido que esa responsabilidad es de Gobierno Nacional porque, según ella, 9 de cada 10 marchas en Bogotá son contra la administración de Iván Duque. Esa tesis la reiteró este lunes en una entrevista con La República, en la que también retomó otro argumento recurrente: la minga no hubiera llegado a Bogotá si Gobierno y aborígenes se hubieran reunido en Cali. “Ahora dicen que se reúnen aquí, pues se hubieran reunido y nos ahorramos esta tensión. Pero esta es la capital de todos los colombianos y recibimos con respeto y las garantías”.

“La alcaldesa, valiente para unas cosas, es cobarde para otras”, dice Rueda, subiendo el tono. “Como muchos, se muere del susto de que, por exigir respeto y orden en la ciudad, para que las minorías que protestan no arriesguen la seguridad de las mayorías, no la vayan a acusar de estar ‘estigmatizando’ la marcha social […]. Pedirle a la minga una mejor oportunidad para viajar a Bogotá, en plena pandemia, es estigmatizarla”.

Pero todo lo pone Rueda en un contexto más amplio. “Cuadran la movilización, para llegar dos días antes del paro nacional, mientras buscan dónde acomodarse, y luego saltar a las calles a hacerle juicios políticos al presidente Duque. Así se reanuda la estrategia política de agitación social que comenzó a desarrollarse desde el año pasado y tuvo que suspenderse por la pandemia. No importa que […] Duque hubiera ido o no a atender a la minga a Cali. Nadie los va a disuadir, porque esto forma parte de una cuidadosa agenda política rumbo a las elecciones de 2022, lo cual indica porqué todas las mediaciones, incluida la de medio gabinete que sí viajó a Cali, se frustraron”.

De hecho, esa dimensión política que advierte Rueda quedó en evidencia en las palabras que expresó López en rueda de prensa al recibir a la minga indígena, este domingo por la tarde, en las que criticó a los simpatizantes del expresidente Álvaro Uribe por no apoyar la movilización de aborígenes. “El uribismo, que ha organizado marchas en Bogotá y en Colombia para defender a su líder que estaba preso, no puede venir a decirle al país que para defender a un presidiario sí se puede marchar, pero para defender los derechos de los colombianos, no”, dijo.

Camila Zuluaga, sin mencionar ningún nombre, refuerza la idea de Rueda y sostiene en su columna de El Nuevo Siglo que “un claro ejemplo de la ventaja que le han sacado algunos políticos al coronavirus en su discurso es su reacción frente a la minga”. Y también recuerda las recomendaciones “con las cuales nos vienen bombardeando desde marzo”, que establecen que “las aglomeraciones van en contra de cualquier protocolo para combatir la pandemia”.

“Sin embargo, la reunión de miles de indígenas en el Palacio de los Deportes, avalada y apoyada por muchos, dista radicalmente de lo que se nos viene exigiendo”, advierte Zuluaga en su columna. “A principios de año, varios dirigentes, senadores y alcaldes sostuvieron hasta el cansancio que la única manera de enfrentar el virus era apagar la economía y crear una renta básica que permitiera a los ciudadanos estar en casa sin morir de hambre. Ahora, esos mismos políticos dicen que la alternativa es salir a la calle, tener contacto social y reclamarle al gobierno para salir de la crisis”.

Por eso, pide “un manejo coherente” que envíe “un mensaje claro” a la ciudadanía, y rechaza “agitaciones que favorezcan la campaña política permanente dentro de las redes sociales”, en donde, estima Zuluaga, “los políticos andan más preocupados por los ‘likes’ y por evitar la inquisición digital, que por la vida real. Las directrices para el manejo de la pandemia no nos las pueden estar cambiando de acuerdo a lo que más le convenga a su discurso político”.

Como prácticamente todos los colombianos, Luis Carvajal Basto reconoce en El Espectador que “la llegada de la minga a Bogotá es una expresión de problemas sin resolver que merecen escucharse y atenderse”. Pero, como Rueda y Zuluaga, advierte que ese arribo de los aborígenes a la capital “coincide con intereses de sectores políticos que tienen en la mira la próxima elección presidencial”.

Pero Carvajal Basto también pone la movilización en otros contextos, el de la salud y la economía, y hace varias preguntas: “La movilización ocurre en un momento en que la pandemia y sus consecuencias no terminan. Europa avanza hacia un primer rebrote, que en algún momento nos llegará, ante el cual Francia no ha encontrado remedios distintos al toque de queda y Reino Unido ha debido prohibir las visitas familiares. Los efectos económicos están por establecerse, pero en Colombia sabemos que el PIB caerá hasta un 7% y a la emergencia se han destinado hasta $60 billones, por ahora. ¿De dónde saldrán? ¿Cuánto tardaremos en recuperar los trabajos, formales e informales, perdidos? ¿Es momento para adicionar movilizaciones y paros a un grave problema de salud pública?”.