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Echeverri se refiere en su columna al “peatón, el pasajero o el conductor de vehículo” que le dan “unos centavos al sujeto u horda de sujetos que […] asaltan —sobre todo en el carro—”, pero advierte que las personas no dan esa limosna por piedad, sino para que los mendicantes no les hagan daño, para que no los insulten ni les rayen el carro.

Esa limosna, advierte Echeverri, apelando al precepto de San Agustín sobre el tema (“Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada”), es la que dan muchos “dentro del transporte masivo, en los semáforos y en plena calle”. Es decir, no dan “nada”, sostiene el columnista, y critica que “seguimos con déficit espiritual; lo hacemos sin misericordia, sin alma”.

Pero ese no es el punto central de Echeverri. Es un argumento filosófico y moral para hacer su verdadero planteamiento: “Se trata, hablemos claro, de una limosna extorsiva, que si bien no alcanza a ser delictual sí podría tener ribetes contravencionales”, dice, y agrega que, en teoría penal, “se habla de falta o contravención, como una conducta antijurídica que si bien pone en peligro algún bien jurídico protegible, se le da un tratamiento de menor gravedad y que, por tanto, no es tipificada como delito”.

“Allí deberíamos encasillar esta nueva figura, pero no para castigar a la parte débil —al mendicante— sino al fuerte, es decir, al que “paga por la peca”, al verdadero instigador de ese cobro extorsivo: el peatón, el pasajero o el conductor de vehículo”, sostiene.

Esas personas, continúa Echeverri, bien podrían “darse el lujo de pagar una multa (un salario mínimo diario, por ejemplo) a favor del ICBF, […] o de unos comedores o albergues comunitarios, granjas infantiles y juveniles, centros de rehabilitación o de educación”.