Ways comienza por tocar el caso de Chile con los siguientes datos que arrojan las protestas: 4.500 millones de dólares en daños de infraestructura y 300.000 empleos en riesgo. El PIB de octubre del país austral “se derrumbó 5,4 % respecto al mes anterior, más que cuando un terremoto y un tsunami sacudieron el país en 2010”.

Pero a lo que plantea este columnista, en el mismo caso chileno, habría que sumar otras cifras entregadas por Gonzalo de la Carrera Correa, exvicepresidente de la Empresa Nacional del Petróleo, entidad del gobierno que recibió 41.543 notificaciones de despido de empresas pyme y minipyme, y también 9.141 notificaciones de despido de grandes empresas, de las cuales, más de 3.000 corresponden a empleados de supermercados.

“Cerca de 50 mil cesantes en 1 día, 50 mil familias que dejan de tener ingresos, todo gracias a los luchadores sociales que buscan mejores condiciones para todos… Qué gente más buena”, señaló Carrera en Twitter.

El paro —continúa Ways en su columna de El Tiempo— “afecta desproporcionadamente a los estratos más bajos, que son más vulnerables al desempleo y la inflación. […] La cuasi totalidad de esos comerciantes no son potentados, sino dueños de pymes. Sus talleres de confección, fábricas de muebles, litografías y restaurantes representan más del 90 % de las empresas del país. Viven del flujo de caja diario, sin acceso a grandes fuentes de capital. Una semana sin facturar, pero pagando arriendo, impuestos, proveedores y nómina, hace la diferencia entre la vida y la muerte”.

Por eso, critica a Alejandro Palacio, representante de los estudiantes en el comité del paro, que dijo  que “el objetivo del paro no es ni nunca será maltratar a los más desfavorecidos, nunca”. Ways le responde: “Debería saber que en la acción política, como en todo en la vida, lo que cuenta no son las intenciones, cualesquiera que ellas sean, sino los resultados”.

“Me dirán que yerro por no entender que una Colombia más justa e incluyente alcanzaría resultados económicos superiores a los de la Colombia de hoy. Por el contrario, comparto esa visión. Pero dudo que la forma de llegar a ese país soñado pase por empobrecer primero a quienes supuestamente se pretende ayudar”, termina Ways.

Al respecto, y también al día siguiente de la tercera jornada de paro convocada en Colombia en menos de dos semanas, La República se ocupa del tema en el mismo sentido de Ways, comenzando con los siguientes datos: de los 485 que lleva el Gobierno de Iván Duque, en 239 se han convocado huelgas, marchas, protestas y paros, “lo que quiere decir que cada dos días la economía, la política y la sociedad en general, tiene que participar activa o pasivamente en una jornada que trastorna la cotidianidad”.

Esa situación —y en eso el diario económico coincide con Ways— afecta a quienes se supone que la protesta busca beneficiar: “Por supuesto, empleados formales e informales, comerciantes, transportadores y todos los colombianos que derivan su sustento del sector servicios ven cómo sus ingresos y productividad se ven afectados por las constantes marchas, que si bien son un derecho constitucional legítimo, también hacen parte de una estrategia para afectar la estructura fundamental de las ciudades”, agrega el diario económico en su editorial.

También advierte que tantas marchas y protestas ponen en riesgo pueden terminar destruyendo “una herramienta preciosa de las democracias”, la movilización, que puede lograr grandes reformas. “Así lo demuestran las mermadas cifras de los asistentes a las convocatorias en las distintas ciudades que han ido cayendo sin mayores avances ni logros que la muerte injusta de jóvenes”.

Claro que también hay quienes ven el paro desde una perspectiva menos económica y más poética, si se quiere, como Yolanda Ruiz, en El Espectador, en donde analiza las protestas en clave de “una ciudadanía que encontró otras maneras de hablar”.

Ruiz no toca los fríos números en que se detienen los economistas. Ella dice que hay que ver los hechos “en perspectiva” para “entender lo que estamos viviendo”, y los describe así: “Un concierto de cientos de músicos que participan espontáneamente en un ‘cacerolazo sinfónico’. Unos maestros que abren sus clases para que los ciudadanos se sumen a ellas en un parque. Un cacerolazo de horas, que muestra a una ciudadanía despierta. Unas jóvenes que resumen en un performance el dolor de años de miles de mujeres en el mundo. Estudiantes que cantan, indígenas que hacen sus rituales ancestrales en mitad de la ciudad, agentes del Esmad y manifestantes tomando juntos chocolate”.

Aunque sí les dedica una frase a los comerciantes (esos a los que los economistas ponen prácticamente en la categoría de víctimas, a las luz de los números, al lado de sus trabajadores y los consumidores). Ruiz los mete en el cuadro que pinta haciéndole “‘paro al paro’ vestidos de Papá Noel”.

“Me siento caminando en medio de flashes de futuro que me aturden y me sorprenden porque llevo décadas cubriendo el mismo pasado. Lo que veo en ese futuro que se asoma en el horizonte es que será más equitativo, o debe serlo; más justo, o debe serlo; más incluyente, o debe serlo”, escribe Ruiuz en otro pasaje de su columna. “Es un futuro feminista, animalista, ambientalista y con un marcado rechazo al odio y a la violencia. Y los líderes poco entienden, los vándalos no entienden, los que conspiran y arman estrategias de terror no entienden, los que no ven más allá de sus privilegios no entienden” […].