Si bien lo único cierto hasta ahora es la inaceptable muerte de Javier Ordóñez a manos de los uniformados en un claro episodio de abuso de autoridad, las consecuentes y entendibles manifestaciones de protesta pacífica por ese hecho, los inadmisibles actos vandálicos aupados por intereses oscuros que destruyeron más de 50 CAI en Bogotá, y las aún más inadmisibles muertes de personas en esas jornadas de protesta, ahora surge una mirada que considera las condiciones de vida de los policías.

Ese enfoque es diferente y debería ser considerado en la tan reclamada reforma a la Policía Nacional que, como advierte el profesor de la Universidad del Rosario Juan Carlos Ruiz Vásquez en el portal Razón Pública, se menciona “después de cada escándalo que involucra a la Policía” y que “desata una oleada de peticiones para reformar la institución” en la que “algunas voces piden incluso su refundación”.

“Esto es un déjà vu, pues se han creado comisiones cuyas propuestas nunca ven la luz o no se llevan a cabo: vivimos en un círculo vicioso de corrupción, abusos, comisionitis y reformas inocuas”, lamenta el docente Ph.D. en Ciencia Política. “Además, siempre aparece la muletilla de que hay que desmilitarizar a la policía o descentralizarla”.

En general, esos llamados miran a la Policía como un todo institucional, pero no se detienen en los seres humanos que la conforman, y es en este contexto en el que se inscribe al análisis de Paola Ochoa en El Tiempo, en el que no pretende justificar la acción criminal de los policías que redujeron violentamente a Ordóñez, sino aportar elementos para explicar ese hecho.

¿Cuanto ganan los policías?

Ochoa empieza por poner la vida de los policías en la misma red de circunstancias de tensión y estrés de todos los ciudadanos: “La profunda crisis económica de este año, el tenebroso latigazo del desempleo sobre varias generaciones de muchachos y el miedo permanente a contagiarnos del virus que cambió el destino que dábamos por sentado”. Esos niveles de ansiedad y de estrés “también inundan, perturban, alteran y contaminan la vida diaria de las familias de los uniformados. Y que pueden desatar en estos un ataque demencial que va mucho más allá de una simple venganza o de un horripilante asesinato de un grupo de bárbaros”.

Recomienda “entender primero el problema existencial de los policías y sus distintos grados de tormento diario”, entre los que menciona “pobreza, hambre, desigualdad, exceso de deudas, exceso de trabajo, poca educación, baja capacitación y ahora también crisis económica y coronavirus”. Agrega que los patrulleros que ganan menos de 2 millones de pesos al mes, trabajan entre 12 y 16 horas diarias desde que empezó la pandemia.

Además, asegura Ochoa, a los policías “no les pagan horas extras, no les respetan los descansos de fines de semana, tienen que trabajar exponiéndose al virus”, y “les toca pagar sus estudios con plata de su propio bolsillo —como los 17 millones que vale el curso anual de patrullero o los 2 millones que cuestan las licencias de conducción de motos y vehículos— y, por todo ello, se endeudan hasta el cuello con agiotistas y ‘paga diarios’, según los propios coroneles de la institución”.

Estrés y agresividad en los policías

Para esta columnista, esos niveles de estrés “desembocan en altísimos niveles de agresividad, ira, ansiedad y, lo más grave de todo, brutalidad policial”. Para sustentar su tesis, Ochoa cita investigaciones del Instituto Heartmath en California, según las cuales hay estudios en Estados Unidos y Europa “que comprueban la estrecha relación que existe entre los altos niveles de estrés policial y la brutalidad de estos últimos”.

Añade como otro dato “preocupante” el hecho de que la epidemia del coronavirus “ha disparado los niveles de ansiedad entre los trabajadores esenciales —como médicos y policías— cuyos oficios están bajo constante presión social y permanente exposición al virus”. A esto lo suma lo que denomina “líos propios” de la Policía, de la cual dice que es una institución que “gasta más en armas, municiones, equipos, edificios, helicópteros de guerra y hasta lanzagranadas que en la educación y salud de su personal, según las cifras del presupuesto nacional”.

Después de preguntarse si puede llamarse a esto una institución humana, asegura que “la única forma de entender lo que pasó, de comprender la maldad con la que ocurrió, de ahondar en la sevicia de quienes torturaron y mataron a […] Ordóñez, es descendiendo a los lugares más oscuros de la verdad”. Para Ochoa, “lo que ocurrió no lo justifica nada, pero va mucho más allá de unas cuantas manzanas podridas […]: es una peligrosa semilla que amenaza a varias generaciones futuras de policías, y por eso la importancia de llegar hasta las raíces de semejantes niveles de demencia por parte de quienes deberían cuidar a la gente y velar por la convivencia ciudadana”.

Entre las nueve razones que expone Semana y que, según esa publicación, ayudan a entender la muerte de Ordóñez y los graves desórdenes que le siguieron están “las cargas excesivas que pueden llevar a que los patrulleros trabajen sometidos a niveles de estrés que en nada los ayuda a cumplir su labor adecuadamente”, producto del déficit de pie de fuerza.

En todo caso, y como un elemento adicional para tener en cuenta en una eventual reforma a la Policía, el profesor Ruiz Vásquez hace notar que la Policía colombiana “es una fuerza poco protocolaria”, o sea que sus miembros “no interiorizan los procedimientos aprendidos y repetidos; si bien estos existen, no se aplican en el trabajo cotidiano del policía”.

“Prevalecen en cambio las conductas despreocupadas o descomplicadas”, agrega el docente. “Basta ver cómo una patrulla de policía colombiana detiene a un automóvil y compararlo con el procedimiento casi robótico que tiene que adelantar un policía de Estados Unidos para estos efectos. El propósito de los protocolos en otros países es dejarle poco margen de maniobra al uniformado, de tal manera que su actuación no sea interferida por sus estados de ánimo”.