El Espectador es el periódico más antiguo del país, fundado el 22 de marzo de 1887 y, bajo la dirección de Fidel Cano, es considerado uno de los periódicos más serios y profesionales por su independencia, credibilidad y objetividad.
Un chicle adherido a un andén quizás pase desapercibido para muchos, pero representa un desafío constante para quienes trabajan en el mantenimiento y la limpieza de Bogotá. Aunque parece un residuo menor, la goma de mascar convencional posee una base sintética que la hace resistente a la degradación ambiental, permaneciendo durante largos periodos en distintos espacios del entorno urbano, como pasos peatonales, bancas, materas e incluso prendas de transeúntes desprevenidos. Este problema no solo afecta la estética de la ciudad y la comodidad de los peatones, sino que también tiene consecuencias sobre la fauna urbana: algunos animales pueden confundir estos residuos con alimentos, lo que agrega una preocupación extra a la ya compleja gestión de los desechos en la capital.
De acuerdo con El Espectador, se han implementado políticas para enfrentar este tipo de residuos. Una de las normas más relevantes es el Acuerdo Distrital 704 de 2018, que introduce diversas estrategias para mejorar la disposición de chicles y colillas de cigarrillo en Bogotá. Según este acuerdo, no solo se establecen campañas pedagógicas y acciones de sensibilización para que los ciudadanos tomen conciencia sobre los efectos ambientales y sanitarios de arrojar chicles en espacios públicos, sino que también se contemplan mecanismos para sancionar a quienes incumplan las reglas. La intención es proteger el espacio público y, al mismo tiempo, fomentar una cultura de limpieza y responsabilidad ciudadana.
La Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP) ha impulsado recomendaciones prácticas para mitigar la presencia de estos residuos en las calles. Tal como afirmó Armando Ojeda, director de la entidad, la disposición inadecuada de todo tipo de desechos, desde chicles hasta objetos voluminosos, repercute directamente en la calidad del espacio urbano y eleva la carga de labores para el personal de aseo. En palabras del directivo, esta es una tarea en la que todos los ciudadanos tienen un papel fundamental.
Ante esta realidad, la recomendación es clara: envolver el chicle usado en su propio empaque o en un pedazo de papel y depositarlo en una caneca, preferiblemente en la bolsa negra destinada a residuos no aprovechables. Evitar que estos pequeños residuos terminen en el suelo, en el pasto, en las materas o en los sumideros contribuye a reducir la contaminación y facilita el mantenimiento de las superficies. Solo si la ciudadanía adopta de manera consistente estas prácticas, será posible disminuir el impacto de los chicles en el espacio público de la ciudad.
Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
¿Dónde se debe botar un chicle usado en Bogotá?
Según la información recogida por El Espectador y la UAESP, el chicle debe envolverlo en su empaque o en papel y depositarlo en una caneca, idealmente en la bolsa negra para residuos no aprovechables. Arrojarlo en la calle, pasto, materas o sumideros agrava la acumulación de basura y dificulta la limpieza urbana.
¿Por qué no se debe arrojar chicle en el espacio público de Bogotá?
De acuerdo con el Acuerdo Distrital 704 de 2018, dejar chicles en espacios públicos afecta la limpieza, incrementa el trabajo de las cuadrillas y pone en riesgo a los animales que podrían ingerirlos por accidente. Además, la base sintética del chicle impide su degradación rápida, provocando problemas ambientales en la ciudad.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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