Era una tarde nublada; el frío típico de Bogotá hacía estragos en el centro de la ciudad. En un edificio de la Universidad Antonio Nariño, que se encontraba prácticamente vacío, solo se escuchaba el ruido de tres personas: Fabián, un joven enfermero de la facultad de Enfermería; a pocos cubículos de él, Paulina  Cepeda, su jefa, y por último, Carmen Cecilia Vargas, una docente de prácticas que estaba corriendo entre llenar informes y pasar las notas de los estudiantes. Ricardo Mariño, su esposo, estaba a pocos kilómetros, por la Circunvalar, y era quien la iba a recoger ese día.

Cuando llegó, vio cómo corría con desespero un joven oficinista, con cara de tragedia, similar a la que pondría un niño inocente que no sabe cómo reaccionar ante la adversidad. El joven le comunicaba al esposo de Carmen con palabras entrecortadas y exaltadas que su esposa se había desplomado casi entre sus brazos: “Está en un sofá con las piernas levantadas e inconsciente”, le dijo. Carmen no sabía que ese desmayo sería más que un simple colapso y se convertiría en el inicio del reto más crudo de su vida.

Aquel 14 de octubre de 2015 pintaba ser un día oscuro para la vida de Carmen Cecilia, quien para ese entonces tenía 52 años. La enfermera recuerda momentos previos al suceso que cambió su vida… 

“Sentí un golpecito en la cabeza, se me estaba yendo la mirada, sabía que algo malo ocurriría”.

Carmen C, como le dicen sus amigas, nació en el seno de una familia de clase media; es la menor de una familia numerosa. Estudió Enfermería en la Universidad Nacional porque la novia de su hermano estudiaba ahí. Para su fortuna, logró entrar a dicha institución educativa, tal como deseaba. Su vocación de servicio hacia los demás alimentaba sus ganas de salir adelante; no tuvo ningún sobresalto mientras estudiaba. “Me presenté en la Nacional porque no había otra opción; si no, me hubiera tocado buscar  trabajo”, afirmó la docente. 

Tuvo su primera gran prueba cuando hizo el rural en Cáqueza, Cundinamarca. En este pueblito de no más de 2.000 habitantes, sufrió la desgracia de afrontar la muerte de varios de sus compañeros que fueron asesinados en la masacre del restaurante Pozzetto, en Bogotá. A raíz de esto, ella tuvo que echarse el equipo al hombro, a pesar de que quiso trabajar en atención primaria (medicina general) debió acudir a salas de cirugía, servir muchas veces como cabeza en la institución. Esta experiencia a tan corta edad marcó su espíritu de lucha y la enseñó a afrontar situaciones de crisis. 

Posterior a esta prueba de tenacidad y adaptabilidad no tendría mayores contratiempos en los primeros hospitales en los que trabajó; por el contrario, cansada de tanta monotonía e insatisfecha con su situación laboral, decidió aceptar el consejo de una amiga para ser docente. “Estaba cansada de los hospitales, acepté un puesto para dirigir unas prácticas en la Escuela de Auxiliares en Enfermería”. Fue la razón por la que decidió dejar de lado este camino. 

Carmen es una mujer alegre e inocente; tiene una sonrisa de punta a punta. Habla con franqueza y sencillez, su voz es cálida y acogedora. Irradia energía positiva, nunca hace una mala cara o un gesto de desagrado. 

Estuvo dos años en la Escuela de Auxiliares en Enfermería (ESAE) dirigiendo prácticas de enfermería; pasó de escribir informes médicos a preparar clases. Su motivación dejaría de ser salvar vidas y pasaría a estar en preparar a quienes lo harían en el futuro. 

“Es una experiencia totalmente diferente y exigente pero enriquecedora; día a día me fue llenando más”, recordó Carmen C.

Luego de este paso por la Escuela de Auxiliares en Enfermería, recibió la oportunidad de dar clases en la Fundación Universitaria del Área Andina; ella no dudó en aceptarla. Además, coincidió con el nacimiento de su hija, Alexandra Mariño (había tenido su primer hijo en 1993); esta última tiene actualmente 20 años y estudia Odontología en la Universidad del Bosque. Es una joven muy cercana a su familia y tiene una actitud muy amable. 

“Mi mamá es mi mejor amiga, le cuento todo, siempre hemos estado juntas. Lo que mi papá no me dejaba hacer, ella siempre decía que sí”, dice la joven sobre su madre. 

Previo al día del incidente, Alexandra recuerda que su madre sufrió un dolor de cabeza muy fuerte. Quizás este fue un aviso de lo que vendría para esta enfermera con vocación de maestra; muchas veces hay señales de alerta que actúan como los testigos de un accidente y sirven para avisar los daños que pueden llegar a ocurrir. 

El día que todo cambió para Carmen se inició con mucha normalidad; ella se encontraba trabajando en la Universidad Antonio Nariño. Era un miércoles 14 de octubre. Por la mañana, la docente fue a unas prácticas en la Fundación Misioneros Divina Redención Fumdir (Suba). Era una semana con mucho trabajo. Ella, al igual que sus colegas, vivía el martirio del ‘registro académico’, lo que implicaba llenar actas, pasar notas al sistema, entregar informes por cada estudiante, etc.

“Esa semana debía correr. Del lugar de las prácticas fui a la Universidad Antonio Nariño; esa tarde estaba solo con un compañero y mi jefa”, fueron las palabras de la enfermera al revivir los momentos previos a su colapso.

Casualmente ese día su esposo había decidido recogerla; Carmen solía moverse en el carro de la familia; sin embargo, por cosas del destino, cambió de parecer al no usarlo aquel día para que su esposo pudiera hacer unas vueltas y luego pasar por ella. 

Ricardo es ingeniero civil. Conoció a su esposa en 1981; fruto de ese amor nacería 12 años después su primer hijo, ‘Richi’, como le dicen cariñosamente. Él es un hombre tenaz, habla con mucha firmeza, tiene un amplio vocabulario y una memoria envidiable. 

Ricardo, el esposo, recuerda: “Cada vez que la recogía, me reportaba con ella periódicamente por puntos de referencia, así cuando llegara ya estaba lista. Ese día, por alguna razón que no recuerdo, no lo hice”. 

Carmen estaba con un nivel de estrés muy alto ya que era una de las épocas más complicadas del calendario académico. En medio de ese trajín, sintió algo fuera de lo común, fue algo repentino, estaba perdiendo la claridad en su mirada; en ese momento su velocidad corporal y mental pasó de 100 a 1. Lo último que recuerda fue un ‘pellizco’ en la cabeza, como si algo estallara dentro de su cráneo.

“Fui hacia donde estaban Paulina y Fabián para decirles que me iba a desmayar, no recuerdo más”, fueron las palabras de Carmen al recordar el momento exacto de este episodio de su vida. 

Ricardo, al llegar a la Universidad se enteró del desmayo de su esposa, subió al edificio para recogerla. Mientras la subía al carro, ella le decía: “mis hijos, mis hijos…” 

“No sabía a qué hospital llevarla, le pedía a Dios una señal para saber por qué camino tomar; que si por la derecha o izquierda, no era ninguna de las dos (risas), seguí derecho”, son los recuerdos del esposo, aquel día.  

De esta manera, a eso de las 6:00 de la tarde llegaron a la Clínica Marly. De inmediato, la llevaron a la sala de reanimación. Tras horas de espera, casi a media noche salieron los resultados. Un TAC reveló que esta enfermera de corazón noble y múltiples vocaciones estaba ahora del otro lado, como paciente; el diagnóstico fue una hemorragia subaracnoidea de tipo aneurisma. 

“¡Me duele!, me duele mucho la cabeza, díganle (al doctor) que me la quite”, exclamaba la angustiada mujer mientras la llevaban a la UCI de la Clínica. 

Pasaron 3 días. La enfermera estaba viviendo otra realidad: la de los hospitales; ya no era la que atendía a quienes se debatían entre la vida y la muerte, sino que ahora ella era la que luchaba por su vida. Despertó sin saber qué había ocurrido; le acababan de practicar una operación para corregir su aneurisma, la malformación que tenía en el cerebro. 

Para su mala suerte, ese breve despertar no significó una mejoría; por el contrario, fue un simple recuerdo de la Carmen Cecilia estable porque, a partir de ahí, dejó de ser la misma. Su hija recuerda que su madre se veía bien después de esa operación, aunque no por mucho tiempo. “Los doctores descubrieron al poco tiempo de hacerle la primera intervención que mi mamá había desarrollado una hidrocefalia (acumulación de líquido cefalorraquídeo en el cerebro)”, afirma Alexandra en medio de la confusión que vivió ese día. 

Carmen estaba de nuevo adormecida para soportar otra intervención; se esperaba que esta fuera su última vez en el quirófano. Sorprendentemente, un catéter contaminado hizo que el lado derecho de su cerebro se infectara, por lo que lo lógico sería cambiarlo de sitio. Sin embargo, esta complicación no lo hacía posible.  

Ricardo vio cómo el neurocirujano salió, pálido, a informarle la mala nueva. “El tipo sale blanco, mirando al suelo. Esa infección había  hecho que volviera a sangrar”, comentaba el incrédulo padre de familia.

A partir de ese momento, esta mujer proactiva y enérgica se convirtió neurológicamente en un niño recién nacido. Alexandra decía que era como un “pequeño robot”. “Ella no podía hablar, caminaba de medio lado, no se valía por sí misma, debíamos ayudarla en todo”, una experiencia atípica para una joven que tenía solo 15 años.

A pesar del cuadro tan complejo, unas semanas después le dieron de alta, con la esperanza de que pudiera mejorar en casa. Nada de eso; esta mujer con cuerpo de adulta pero con el cerebro de un niño duró tres días con su familia sin mostrar mejoría. Incluso, ella no recuerda nada de ese corto tiempo en su hogar. 

Con el regreso al hospital, el panorama no era ni un poco alentador. Alix Sandoval, una de sus amigas de toda la vida, la llamó, como cada año, por su cumpleaños. Para su sorpresa, contestó Ricardo, quien le comentó toda la situación de su mujer. Inmediatamente, esta psicoanalista de profesión dejó su ciudad natal, Bucaramanga, para ir en socorro de su amiga. Ella confiaba en poder recuperar el estado mental de su compañera de vida.

“Decidí comenzar unas terapias, proceso de estimulación neuronal, parte sensorial, mirar recuerdos, cosas afectivas”, parte de la recuperación descrita por su amiga de llavero.

Fuera de esta terapia emocional y neurológica, Carmen Cecilia empezó a recibir terapia física durante 21 días. En medio de los dos tratamientos, se dio con la infección que afectaba su parte neurológica (antes solo sabían de la infección, no de qué tipo era). Se trataba de una meningitis bacterial. 

Un nuevo diagnóstico

Los neurocirujanos regresaron al quirófano y los médicos trataron la meningitis para operar de nuevo. A pesar de ello, esta docente, como preparadora de futuros miembros de la salud, era consciente de que en estas circunstancias debían actuar de inmediato antes de que fuera demasiado tarde. “Los médicos nos dijeron que la debían operar de inmediato o moriría”, aterrador testimonio de Ricardo, inmerso en la presión de ver a su esposa entre las cuerdas. 

Había transcurrido poco más de dos meses desde ese primer colapso, 65 días para ser exactos. Su esposo llevaba anotaciones del día a día, se habían perdido muchas batallas, las defensas no daban más, aunque para fortuna de esta unidad quedaba una última oportunidad, era todo o nada. En este caso, Carmen Cecilia supo aprovecharla; su sistema neurológico respondió de manera extraordinaria. 

“Me colocaron una válvula de Hakim, para drenar el líquido cefalorraquídeo a causa de la hidrocefalia. Luego, desperté y reconocí de nuevo a mi familia”, primeros momentos de esta resiliente enfermera después de su tercera operación.  

El día que le dieron de alta fue el 24 de diciembre de aquel año. La familia Mariño Vargas volvió a respirar después de casi morir en el ahogo moral; que su esposa, madre, hermana, etc., recuperara la conciencia y pudiera dejar el hospital fue el mejor regalo que nunca imaginaron recibir. 

A partir de ahí, esta luchadora de la vida siguió un proceso de recuperación emocional y motriz de la mano de su incondicional familia. Su esposo describe esto como “subirla de nuevo al bus de la vida”. Alix destaca la labor de la familia y sus amigas para la recuperación de su hermana de otra madre. “Esto se logró porque tiene un sistema familiar enorme, su parte afectiva es muy fuerte; el núcleo primario fue vital, además del resto de su familia, todos la apoyaron de sobre manera”, dice la psicoanalista en referencia al papel de sus amigas en la rehabilitación de Carmen C. 

Los médicos, tomando en cuenta los análisis y estudios realizados a Carmen, determinaron que esta maestra tenía una expectativa de vida menor al 15 %. Sin embargo, ella se recuperó y actualmente goza de excelente salud, y está entre nosotros para contar su historia. Sabe que el apoyo de su familia, junto al reencuentro con sus amigas del pasado, son la enseñanza más valiosa de todo este proceso, para que ella pudiera volver a brillar sobre quienes la alumbraron cuando todo lucía tan oscuro. 

Autor: Sergio Tamayo

*Estas notas hacen parte de un acuerdo entre Pulzo y la Universidad de la Sabana para publicar los mejores contenidos de la facultad de Comunicación Social y Periodismo. La responsabilidad de los contenidos aquí publicados es exclusivamente de la Universidad de la Sabana.