Desde las 3:00 de la madrugada, las cuadrillas del Instituto Distrital de Recreación y Deporte preparaban los más de 120 kilómetros para recibir a miles de personas. 700 vallas anunciaban los cierres viales y entre 6 mil y 9 mil conos naranjas adornaban el asfalto. Ese fin de semana, los asistentes a la ciclovía recorrieron en patines, patinetas, caminando y, cómo no, en bicicleta, la Bacatá de los muiscas y los chibchas, nombre con el que habían bautizado a la capital colombiana.

Este espacio se vive desde el domingo 15 de diciembre de 1974, cuando el colectivo ‘Procicla’ organizó un primer acercamiento a lo que hoy se conoce como ‘Ciclovía’.

Alrededor de 5 mil capitalinos se tomaron las carreras 7° y 13° como una forma de manifestarse en contra de la falta de espacios recreativos y de deporte, pero también por el incremento de vehículos y su efecto contaminante. Tomaron sus ‘bicis’ dispuestos a hacer de las vías un escenario de protesta y, a punta de pedal, lo lograron.

El hecho quedó registrado en el periódico El Tiempo, que titularía el suceso días después como “El Mitin a favor de la cicla”. Pero es hasta 1976 cuando, gracias al alcalde Luis Prieto Ocampo, se expidieron los decretos 566 y 567; estos ofrecieron distinciones entre las ciclorrutas (vías destinadas para transporte diario) y las ciclovías (un evento abierto los fines de semana y festivos).

Aquel domingo la ciclovía no solo se recorría en bicicleta; también sonaba, olía, se sentía. Se escuchaba la cumbia en los tambores de inmigrantes venezolanos que se ubicaban en la popular Carrera Séptima pidiendo alguna colaboración. Estaban quienes preferían la salsa y lucir disfraces del inolvidable Chespirito. Otros se dedicaban a vender mangos en tiras, piñas y patillas en cuadros. Olía al centro de Bogotá; un olor que se paseaba entre lo embriagante del café recién preparado y lo desagradable de la combinación de perfumes, alientos y comidas.

“La ciclovía brinda la posibilidad de un intercambio cultural”, manifiesta Bibiana Sarmiento, Coordinadora distrital del Programa Ciclovía. Para ella, en este espacio no existe distinción de estrato económico, raza o condición.

Bernardo López, biciusuario, comparte esta opinión. Mientras pedaleaba con rumbo al Parque Nacional, se encontró con personas de todas las razas, religiones y filiaciones políticas; sin embargo, él vio más allá de eso. Vio a personas que descubrieron un escape de la rutina: la bicicleta, un objeto lleno de historias.

Y ahí estaba. Una cicla Monark, modelo Mirim, del año 1978. Su color azul rey brillante permanecía casi intacto a pesar de los años, adornada con rayas blancas y naranjas, con dos ruedas y dos rodachines. Ahí, rodeada entre otras bicicletas clásicas más grandes, la Monark se robó las miradas de los asistentes a la exposición que tuvo lugar en la Biblioteca Pública Virgilio Barco. De repente, un hombre se detuvo frente a ella. “De pequeña tuviste una igualita a esta”, dijo aquel. Le hablaba a quien, al parecer, era su hija.

Esas historias, esos recuerdos, vuelven a la vida gracias a Cachacos Club, un colectivo capitalino de bicicletas clásicas, antiguas y vintage dedicado a fomentar el uso de la bicicleta desde la memoria. “Pienso que es una gran labor la que estamos haciendo al rescatar toda esta historia”, afirma Alexander, quien aún se sorprende cuando Cachacos Club logra que alguien “saque sus bicis, las desempolve, y vuelva a usarlas”.

Alexander respira la pasión por las bicicletas. En la sala de su casa se encuentra exhibida una Penny Farting de 1887, que trajo desde Francia hace tres meses. Hecha de metal y compuesta por una llanta de tamaño notablemente mayor que la otra, esta bicicleta es exótica para los ojos de cualquiera. Y es que aún, muy a pesar del viaje y de los años, conserva su pintura negra y una lámpara que enciende con pequeños destellos verdes en los bordes.

Alexander agarró los mangos de la bicicleta, tomó impulso y logró sentarse en el sillín. Ver a Alexander montar la Penny Farting era todo un placer visual. El girar de los delgados tubos negros dentro de la rueda grande era hipnotizante. Alexander evitaba girar, pues le quedó de experiencia que contra la Penny Farting no le es posible ganar, la rueda más grande podía sacarlo por completo del sillín solo con un movimiento y tumbarlo de la bicicleta.

“Nuestro club se inició solamente con una persona: yo”, cuenta Alexander Gacharná entre risas. Es un ingeniero de sistemas que decidió fundar y ser el presidente de un club cuyos miembros están unidos por la pasión a las ciclas.

Desde Procicla, el primer colectivo que dio origen a la Ciclovía hasta Cachacos Club, uno de los 21 colectivos urbanos de Bogotá, hay un sinnúmero de grupos de personas aficionadas a la bicicleta, cada una con distintos enfoques.

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En Sabana Centro se encuentra Clásicas del Zipa que, a través de las bicicletas clásicas, busca que las familias vuelvan a vivir esas épocas bonitas del pasado. En palabras de Fabián Rojas, su fundador, “todo el que va en bicicleta tiene una historia”. Historias como la que tiene el nombre de este colectivo, propuesto por Óscar Goyes como un reconocimiento a Efraín ‘El Zipa’ Forero, el primer ganador de la Vuelta a Colombia proveniente del municipio de Zipaquirá.

Y más allá de las montañas que encierran el departamento de Cundinamarca, en la Costa Caribe, Raúl Medina fundó en marzo de 2010 Bielaquilla, un colectivo que inició en una reunión de amigos hace 8 años.

“Salíamos los fines de semana hacia el sector de las playas de Salgar y Puerto Colombia y nos regresábamos. Un día nos sentamos en un quiosco en la playa y empezamos a tomarnos esto más en serio”. De 15 personas pasaron a 800 mil en un mes; creció como una bola de nieve que cae colina abajo.

Aunque en Bogotá hay muchos colectivos, son pocos los que son reconocidos como clubes, Cachacos Club es uno de ellos. Registrado ante la Cámara de Comercio como ‘Corporación Cachacos Club’, este grupo busca fomentar el uso de la bicicleta para descontaminar la ciudad, preservar el medio ambiente, conservar las bicicletas y su historia, pero, sobre todo, pasarla bien.

El amor de Alexander por las bicicletas viene desde cuando era apenas un niño y se interesó por la Chopper. En aquella época, en la que los vecinos se reunían en las tiendas y los amigos del ‘parche’ jugaban en las calles, quien tenía esa bicicleta era el más afortunado del mundo, puesto que era la bicicleta de moda, la más popular para los niños de su generación.

Su padre le compró una de esas Choppers, estaba en mal estado, pero para él fue el mejor de los regalos. Años después, Alexander conseguiría 6 ejemplares más de estas y les daría vida nuevamente (las Choppers tenían la llanta delantera más pequeña que la trasera, e incorporaban resortes a manera de suspensión).

Yensi Fonseca, su esposa, sonríe al verlo contar aquella historia, pues comparte su pasión y el amor por las bicicletas; además, juntos han rodado cientos de kilómetros. Tantos kilómetros como los que tiene la ciclovía, que son alrededor de 120, cuyas vías principales son la carrera 7ª, carrera 15, calle 116, Avenida Boyacá y Avenida Calle 26 y cruzan 17 de las 20 localidades de Bogotá.

En estos predominaba el color naranja durante el mes de abril cuando la Embajada Holandesa tomó la ciclovía como sede del ‘Hola Holanda es bici’, un escenario en el que la cultura colombiana y holandesa se dieron cita.

“Claro, la bicicleta se puede volver un ícono y se puede volver parte de la cultura, pero hay que mantenerlo y promocionarlo, que los políticos y la ciudad la consideren como algo propio”, pide Carolina Ramos, consultora de la Embajada Holandesa para Latinoamérica y África.

Ella explica que Holanda se convirtió en uno de los países propicios para hablar de transporte integral gracias al Approach Bottom-Up; es decir, a partir de la capacidad de la comunidad para apropiarse como líderes de los procesos que se dan en el país, Carolina explica: “La verdad todo esto vino del pueblo, de la gente y Bogotá debería aprender de eso, nosotros estamos acostumbrados a que en Colombia todo nos lo tienen que dar desde arriba, que el Gobierno tiene que darlo”.

Las ciclorrutas en Holanda funcionan con un programa que consta de tres partes: Orgware, Hardware y Software. El Orgware se encarga de reunir las empresas y entidades que contribuirán en la organización del espacio. El Hardware maneja la parte técnica; es decir, las condiciones de las vías (infraestructura) y el diseño e implementación de las ciclorrutas. Finalmente, el Software se enfoca en promover una cultura y educación de la bicicleta mediante el fomento de su uso y el respeto por el espacio de las ciclorrutas.

Bogotá parece estar aprendiendo. La ciclovía se ha convertido en el espacio perfecto para compartir con la familia, divertirse, hacer deporte y descubrir que esta ciudad es más que una capital fría encerrada entre edificios. “Antes era un espacio que no tenía un objetivo específico, sino simplemente la policía cerraba las calles”, dice Bibiana Sarmiento. Ahora, “la ciclovía brinda un intercambio cultural, precisamente, donde tú sales sin distinción alguna de estrato económico, puedes ir de norte a sur, occidente a oriente; en fin, sin distinción alguna”.

Con el fin de la jornada de ciclovía en Bogotá cayó la noche, el frío se apoderó de las calles. Los camiones del IDRD se llevaron las 700 vallas que anunciaban los cierres viales y los conos naranjas con una línea blanca fluorescente que adornaban el asfalto. Los miles de asistentes de aquel domingo dejaron nuevamente los 120 kilómetros de ciclovía a disposición de los carros, Transmilenio y el afán capitalino.

Autor:  Joselín Cuartas Barrios, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de la Sabana. 

*Estas notas hacen parte de un acuerdo entre Pulzo y la Universidad de la Sabana para publicar los mejores contenidos de la facultad de Comunicación Social y Periodismo. La responsabilidad de los contenidos aquí publicados es exclusivamente de la Universidad de la Sabana.