El suelo comienza a vibrar porque se avecina una estampida de personas. Desde la estación las Aguas en el centro de Bogotá se comienzan a escuchar los pasos de la multitud. Para muchos aún no ha amanecido. La niebla es blanca y espesa, solo se pueden observar objetos cercanos, lo demás está cubierto. Es como si estuviéramos dentro de una nube. Frente a la estación, Olga Galindo, de 56 años, y su mamá Zoila Suarez, de 84, extendieron rápidamente en el suelo una bolsa negra, enorme, con una cobija encima. Pusieron apresuradamente su mercancía; comienza un día más de ventas y aún no se ve el Sol.

En el espacio entre la estación Las Aguas y el Parque de los Periodistas hay al menos 10 vendedores informales, desde el que vende los tintos hasta Olga y su mamá que venden cordones, gorros y bufandas.

“El trabajo ha estado difícil últimamente, llevamos tres días sin vender absolutamente nada”, mencionó Olga mientras se resguardaba con su grueso saco de lana.

El trabajo en la informalidad alcanza apenas para sobrevivir, y no en las mejores condiciones. Omar Pérez a sus 63 años lleva 25 de ellos anhelando un día de descanso, pero los 10 mil pesos diarios que debe pagar de arriendo no le permiten parar; vender espejos es su sustento. Su único descanso, trágicamente, fue cuando le amputaron su brazo derecho debido al cáncer tipo melanoma que desarrolló; no fue visto por un especialista a tiempo.

No es extraño pasar por casi cualquier calle de Bogotá y notar que una gran mayoría de los vendedores informales son adultos mayores, o al menos eso se percibe. Según un estudio de 2015 de la Universidad Externado acerca del mercado laboral, “el 85 % de los adultos mayores estaría trabajando en la informalidad”.

De entrada, ya es un panorama adverso para la vejez en Colombia. Según la encuesta Multipropósito de Bogotá (EMB) realizada en el 2017 por el Dane, “solo el 27 % de los adultos mayores de 60 años recibe ingresos de pensiones”, esto se suma al abandono que hay hacia las personas mayores, tanto así que se aprobó la ley 1893 de 2018, que impide que los hijos que abandonan a sus padres reciban herencia alguna. Esto y la soledad son las principales problemáticas que aquejan a esta población.

“Mi familia ni se aparece, yo de ellos no sé nada”, comentó Álvaro Castro, un vendedor de golosinas de la Carrera Séptima. Desde los 20 años trabaja en la informalidad luego que por desventura de la vida perdiera un brazo y una pierna. Ahora cuenta su tragedia con dificultad, pues le faltan casi todos los dientes.

La soledad no es un problema para Olga Galindo; ella y su mamá se hacen compañía todos los días, se cuidan la una a la otra. A la edad de 7 años, Zoila llegó a Bogotá proveniente de Iza, un pequeño municipio de Boyacá a poco menos de dos horas de Tunja y a 4 de Bogotá. Tuvo 9 hijos; todos trabajan en la informalidad, pero solo vive con Olga.

Con una permanente sonrisa, Zoila recibe a quien quiera conversar o, más bien, hablar, porque ella es de pocas palabras. Su cabello y cejas son totalmente grises, generalmente se cubre la cabeza con una gorra y ella se cubre con una ruana.

El artículo continúa abajo

La mayoría del tiempo, sus ojos permanecen entrecerrados ocultando su iris café; ella parece estar también oculta tras su desconfianza. Muy bien abrigada, se sienta inmóvil al lado de su carrito de cordones… hay de todos los tamaños y colores. Ya muy arrugada por la edad, solo deja ver sus manos y rostro, utiliza faldas largas que son más características del campo colombiano.

Olga heredó de su madre sus mejillas, le dan a su rostro una forma redonda, y al comienzo parece sentir también una fuerte desconfianza, pero en realidad es muy amable y atenta. Lógicamente, también tiene algunas arrugas, las más marcadas están sobre su boca y bajo sus ojos; es difícil sacarle una sonrisa, pero si se logra, no habrá duda de que es muy sincera.

Con apenas lo justo para pagar el arriendo de su apartamento en el 20 de Julio, nunca han considerado acudir a un lugar de atención al adulto mayor, ni siquiera en los momentos más duros de su vida. “Yo me crié acá. Desde muy niña trabajo en esto, haciendo muchas cosas, claro”, dijo Olga.

Cuando se le pregunta a Olga por qué no acudir a un centro de protección social o un hogar geriátrico, su respuesta es graciosa: “No, yo qué voy a ir por allá a cuidar viejitos. Yo no sirvo para eso”.

Cuando se le aclara que se trata de acudir a esos sitios para que sean atendidas y tengan un descanso luego de toda una vida de trabajo, su expresión cambia; con una sonrisa en el rostro, Olga responde: “A mí me gusta la calle, nosotras nos moriremos acá antes de ir a un sitio de esos”.

Para indagar sobre la aversión de Olga el autor de este artículo fue al centro de protección social Bosque Popular, atrás del edificio de la Contraloría y al lado de la Casa Editorial El Tiempo. Este es uno de los dos centros de protección manejados por el distrito, hay otros 17 que están en convenio. En la entrada hay un letrero que dice: “Departamento Administrativo de Protección y Asistencia Social”, nombre antiguo de lo que ahora es la Secretaría de Integración Social.

Ya adentro, el Sol de las 8 de la mañana cubre todo el lugar, hace un calor poco común en Bogotá. Rodeado de flores y árboles, hay un parque central en el que se encuentra una cancha de futbol y varias bancas para tomar el Sol.

Alrededor están las casas donde duermen los abuelos, en una de ellas se observa una mesa de billar y un pequeño gimnasio. El lugar irradia paz y luce muy espacioso. En una de las bancas está Pedro Emilio Cifuentes, un abuelo de 89 años.

El hombre no aparenta su edad, además de ser muy activo también parece tener una muy buena memoria y semblante. Para Pedro estar en el centro de protección social es una bendición, tiene todo: enfermeras día y noche, una cancha de tejo y una biblioteca donde pasa la mayor parte de su tiempo. “Lo que más me gusta leer es historia del mundo y de Colombia”, menciona Pedro con su mirada puesta en el horizonte, como recordando algo.

Miguel Ángel Gasca, de 75 años, comparte la opinión de Pedro y considera que se encuentra en un lugar maravilloso. “Hay gente muy mal agradecida acá, aquí tenemos todo, vivienda digna, una alimentación balanceada, amigos, libertad y mucha tranquilidad”, asegura Miguel, quien lleva 3 años en Bosque Popular y dice estar feliz. Lo más interesante es que tienen permitido salir, entre las 8 de la mañana y las 5 de la tarde, incluso tienen un plazo de 3 días para regresar luego de haber salido. No hay encierro, salvo casos particulares.

Parece un ambiente propicio y cómodo para pasar la vejez, pero no todo es color de rosa. Ana Vidal, terapeuta ocupacional en Bosque Popular, me aclaró que hay muchos conflictos violentos entre los abuelitos, en especial los que venían de calle. Y es que en la vejez hay una dificultad: las enfermedades mentales. El 65% de los adultos mayores registrados en este centro de protección social tienen un diagnóstico siquiátrico.

Al mencionarle a Ana que Pedro no percibía ningún problema entre los abuelos dijo brevemente, sin titubear y de una manera natural: “Tiene demencia”. La demencia es caracterizada por un deterioro cognitivo que puede llevar a la pérdida de memoria o incluso una interpretación distorsionada de la realidad; por eso Pedro no recuerda haber tenido momentos difíciles, pero ese no es el único problema que los aqueja.

Muchos de los adultos mayores sufren de depresión. Aunque no lo parezca, “a veces los veo llorar a escondidas”, mencionó Ana. Según el informe Forensis del 2017 de Medicina Legal, los adultos mayores de 75 años son quienes tienen más riesgo de suicidio respecto a su población. Sumado a esto, las proyecciones del Dane indican que, para 2050 el 27 % de la población bogotana será mayor de 60 años, contrastado con el 11 % registrado en 2017. Es un problema de cuidado.

El presupuesto asignado en Bosque Popular no les permite tener un siquiatra de planta para tratar a los abuelos. Según el subdirector para la vejez de la Secretaría de Integración Social del Distrito, Lucas Correa, el presupuesto para la tercera edad en Bogotá es de 160 mil millones de pesos anuales, de los cuales aproximadamente 40 mil millones son destinados hacia los centros de protección social. Esto parece no ser suficiente, pues según la coordinación del centro de protección, en este momento hay 49 personas en lista de espera.

Entre tanto, Olga y Zoila no viven tan cómodamente como en un centro de protección social, pero se sienten felices de estar ocupadas, aunque la mayoría del día solo observen a las personas que cruzan frente a la estación de Las Aguas. Quizá su solución y la de muchos no es estar internados para descansar sino sentir que aún viven para algo.

“El fin del adulto mayor es pasar los días disfrutando con su familia o al menos sintiéndose útil, acudir a los centros geriátricos o especializados solo es aceptable en casos muy particulares”, consideró José Daniel López, representante a la Cámara por Bogotá, quien hace poco presentó un proyecto de ley que busca otorgar beneficios fiscales a las empresas que contraten adultos mayores de 60 años.

Autor: Juan Manuel Toro Pineda, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de la Sabana. 

*Estas notas hacen parte de un acuerdo entre Pulzo y la Universidad de la Sabana para publicar los mejores contenidos de la facultad de Comunicación Social y Periodismo. La responsabilidad de los contenidos aquí publicados es exclusivamente de la Universidad de la Sabana.