Tenía el ímpetu y la determinación de un ebrio al volante, de esos que dicen convencidos: “Yo borracho manejo mejor”. El mundo estaba ahí para ser conquistado y yo, alzando mi espada, planeaba incendiarlo para luego hacerlo mío. Las mujeres me adorarían, los hombres me envidiarían, mis enemigos de infancia fracasarían. Yo cambiaría el mundo y a los 35 años sería un multimillonario sexi con consciencia social, como Petro, pero más alto, y más acuerpado, y con más pelo y con mejor gusto al vestir. Mmmm… o mejor: como Batman, pero de izquierda.

Pensaba, además, que a esta edad todo andaría a velocidad de crucero. Creía que el gran esfuerzo, el gran impulso, se hacía al principio y que luego todo fluiría sin mayor dolor, como un ciclista que llega a terreno llano después de subir una montaña. Soñaba que, una vez en la cima, seguiría recorriendo el camino con una copa de champaña en una mano, un racimo de uvas en la otra y un puro en la otra (sí, en mi sueño tengo tres manos).

Eso me pareció ver en la generación de mis padres: hombres y mujeres que ascendían hasta donde más podían y después se atornillaban a sus puestos de trabajo, por los siglos de los siglos: Darío Arizmendi, Yamid Amat, Jota Mario, Nicolás Maduro… Todos ellos pegados a la silla, cual conductor de Transmilenio que sale de Usme y no se para de ahí hasta que llega al portal de su jubilación.

Esa es la generación de trabajadores que solo salían de las empresas por reestructuración (me refiero a Jota Mario), o por crispación social (hablo de Maduro). Yo, en cambio, soy de la generación de las lavadoras: “Creo que cumplí un ciclo”. Bah… Lo repito y me suena ridículo: “Crio qui quimplí un cicli”.

He renunciado a todos los trabajos en los que me estaba yendo bien, en busca de algo más o de algo diferente. Soy de esa generación expuesta a tantísimas imágenes de éxito que quisiera ser muchísimas cosas al mismo tiempo: escritor, conferencista, futbolista (preferiblemente Fredy Guarín), esposa de futbolista (preferiblemente no la de Fredy Guarín) , comediante, político, youtuber de tutoriales de maquillaje, influenciador fitness en Instagram, “gamer” y cantante de reguetón. Ah, también quisiera ser Jon Snow, la Mujer Maravilla y Gianluca Vacchi. Nuestros padres, como mucho, querían ser Pacheco. El más garoso deseaba ser Bill Cosby pero nunca se lo dijo a nadie.

La realidad es más sincera que un padre

No sé a qué dedicarme pero me quedan, como mínimo, 30 años para ocuparme en algo. O sea, llevo 15 años de vida productiva, más o menos sabiendo a dónde ir, y ahora me queda el doble de tiempo sin tener idea a dónde quiero llegar. ¿Cómo puede alguien sentir que la vida es tan corta, si pensionarse parece un camino tan largo?

Alguien diría: “Hasta bonito que uno después de viejo quiera reinventarse”. Lo que pasa es que la realidad es más sincera que un padre. Una cosa es “inventarse” en la adolescencia, donde no se tiene nada que perder, cuando uno ni siquiera es responsable de sí mismo, porque los papitos son quienes pagan las cuentas y lo dejan dormir a uno en una pieza (técnicamente eso pasa cuando uno vive en la casa materna: duerme en una vil pieza). Pero otra cosa es querer reinventarse a esta edad, cuando uno es responsable de las cuentas propias y las de los hijos.

Ahora entiendo, más que nunca, la frase aquella de los padres: “Yo a usted le voy a dejar la educación”. Pues claro, no tenían más para heredar. Ni un jueguito de sábanas propio tenían. A este paso, mi hijo heredará valores, principios y muchas bendiciones. Que agradezca.

Lo difícil no es trabajar. Lo difícil es encontrar en qué, porque son muchas las cosas que queremos: ganar mucho, pero tener tiempo para uno mismo; ser exitosos pero estar temprano en la casa para compartir con la pareja; viajar, pero no perdernos las reuniones de fin de semana con hijos, padres y abuelos. Queremos ser como Fredy Guarín, pero hogareños.

Hay gente a la que le ha costado más de lo normal la vida laboral, no por insatisfacción propia sino por falta de oportunidades estables. Conozco a varios que nunca han tenido un empleo a término indefinido. Su pan mohoso de cada día son los contratos por prestación de servicios. Creen que las cesantías, primas y bonificaciones son leyendas urbanas. Juran que las vacaciones solo se dan en países nórdicos.

Son estos los más desesperados, no solo porque tienen incertidumbre sobre el futuro, sino porque la vida adulta siempre ha sido una incertidumbre para ellos. Son los mismos que un día dicen, resignados: “Me quiero ir a Canadá”; “Voy a montar un puesto de comida rápida”; “Acepté un trabajo en el Gobierno”.

No es cierto lo que nos dijeron. La vida no es tan simple como estudiar, graduarse de bachiller, convertirse en profesional, obtener un título de máster, trabajar, casarse, tener hijos y esperar a cumplir la edad de jubilación. La realidad es otra: la vida que nos tocó a muchos de nosotros es de constante búsqueda, de saltar de contrato en contrato, de insatisfacción en insatisfacción, de deuda en deuda y de miedo en miedo.

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La próxima, el miércoles 27 de marzo: “Cuando chiquito quería ser gomelo. Lo logré”.

Si se perdió las columnas anteriores, aquí están:

“Yo pensé que después de los 33 años todos madurábamos”

“Cuando uno es de centroizquierda… y el suegro es uribista (y viceversa)”

“No solo nos gusta aparentar, nos fluye sin siquiera darnos cuenta”

“Ver la vida a través de LinkedIn, tan frustrante como verla a través de Instagram

“La Navidad es un tranquilo paseo de diciembre… para quien no tiene bebés

“Mi papá es un hipócrita”

“Ser ateo es más difícil en las vacas flacas

“Cambiar de peluquero en la misma peluquería… mala idea

*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan para nada la posición editorial de Pulzo.