Esto sucedió tres días después de haber dado a luz a mi primera hija. Con una barriga igual a la de 6 meses de gestación, una pijama camisera que facilitara la lactancia y un rostro bañado en ojeras, seguro no producía más que ternura y fraternidad.

Me mató. Sentí como si estuviera durmiendo con mi enemigo. Y aunque mi prioridad estaba en cuidar de mi hija, sentí depresión al ver también la transformación de mi cuerpo. No podía creer cómo iría a bajar esa barriga que habitaba en mí y esa celulitis que inundaba mis piernas.

Bebé que lloraba. Trasnocho sin compasión. Mente soportada por ese nuevo amor. Y una culpa. La bendita culpa que consumía mis sentimientos de mamá.

Por naturaleza las mujeres somos vanidosas y dejar de ver esos cuerpos marcados por curvas, tonicidad y músculos venerados resulta frustrante ante la desnudez en casa. Además, cuando divisas en televisión y redes sociales mujeres que parecieran haber salido de una clínica estética y no de una de maternidad.

Abdomen definido y rostros lúcidos, serenos. “O es Photoshop o nunca estuvo embarazada”, dice uno con esa envidia de la buena. Me miro al espejo y convencida replico: “pero claro, es Photoshop”.

Recrimino mi cuerpo. Lo desconozco. Lo desprecio. Le reprocho. Lo cuestiono. Lo miro de reojo. Lo condeno al desprestigio. Hay inseguridad, baja autoestima. Telones con diminuta luz para faenas nocturnas.

Y es que es curioso. Es en la maternidad donde se debe tener un cuerpo más fuerte para aguantar el arduo trabajo que implica un bebé en casa. Pero el tiempo pasa y vas notando cómo ese cuerpo maltratado va dando giros de recuperación. Con esfuerzos físicos y alimenticios va respondiendo. Ese mismo cuerpo que llevó con vida a un ser. Ese mismo cuerpo que carga con el peso físico y mental. Ese mismo calumniado. Ese, va regresando a una forma.

Así que debe haber reconciliación. Y no porque esa forma y textura haya llegado a ser igual a la de antes del embarazo, sino porque se debe comprender que se debe amar ese cuerpo mudado. Porque ese mismo fue el cuerpo que se ensanchó, se ultrajó, se vulneró. Se cayó. Pero también el que aguantó y soportó.

Comprendí que mi prioridad es cómo me siento y no cómo me veo. Que no es cómo luce, sino cómo lo hago lucir, vivir. Hoy el homenaje es para él, para el que me rentó por 9 meses la vida de mis dos hijos.

Hoy trabajo para mi mente y que de ello salga el resultado para mi cuerpo. Ya no tendré los glúteos redondos y parados como bastones. Ni las piernas de 18 kilates. Ni la cintura de avispa. Ni menos un abdomen de acero. Los busco día a día con amor, más no con ansiedad ni desenfreno.

Pero hoy, tengo una ventaja. Y es que tengo más tonificada mi alma. Más resistente mi corazón. Más explosividad en mis pensamientos. Más vitamina de amor. Más vitalidad para soñar. Unos brazos más fuertes para abrazar. Y, en especial, una mente más aguerrida preparada con sentadillas, bandas elásticas, discos y barras que sobrepasan el peso de nuestra gran deportista Maria Isabel Urrutia.

Mi cuerpo de hoy es mi mayor motor. Lo cuido de adentro hacia afuera. Lo nutro de espiritualidad. De Dios. Lo tonifico con vitaminas, alimentos sanos. Lo fortalezco con el cardio, dándole oxigenación y mejor circulación a la sangre, ayudándolo a liberar la hormona serotonina, que elimina el estrés, y la endorfina, para el aumento de la libido.

Desde que acepté mi nuevo cuerpo no busco estereotipos. Soy el propio. No deseo parecerme a nadie ni puedo tener el cuerpo de alguien. Trabajo para el mío. Amo cada milímetro de él. Cada día lo conozco más. Vibro más con su respiración. Distingo mis niveles de cansancio. Lo mermo. Lo arrebato. Y él, con una nobleza irremplazable, responde.

Busquemos entonces superarnos a nosotros mismos. Que tu motivación de tener un cuerpo trabajado sea no por la belleza sino por el esfuerzo que implica lograrlo, por la fertilidad mental que te llena.

Estás a tiempo. Hoy, que está de moda ser fit, no la creas tan moda. Que sea mejor un estilo de vida donde no importen los estándares universales o virtuales de belleza, sino los propios. Ese estilo de vida sano es el que te hará sentir fitness. A tu manera. Haciendo ejercicio o no. O cuidando más de tu salud y alimentación.  Ese sacrificio de dejar la arepa nocturna y cambiarla por una ensalada con pollo. El dormir menos y caminar más. El beber agua y nada más.

Ahí, en ese punto, donde se unen la disciplina y la insistencia es cuando vas a encontrar tu cuerpo con la mejor versión. Claro, que vivan aquellas que lucen como reinas de belleza. Pero también que vivan los cuerpos de todas las mamás, sin discriminar, porque son transformados en templos de luchas, corajes, dolores y, también de empoderamiento. Cuerpos más tonificados por el amor.

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