Había practicado por horas. Estaba confiado. Era una rutina sobre lo frustrante que es ir a cortarse el pelo. Todos los días que transcurrieron, antes del “debut”, mi yo más convencido y arrogante decía: “La vas a romper, Agomoso”.

Imaginé decenas de veces ese momento. Juré que me iban a ovacionar, que la gente iba a decir: “¡JAJAJAJAJA… Pero dónde… JAJAJAJA… dónde ha estado todos estos años ese comediante… JAJAJAJA”. El público me cargaría en hombros. Más de una persona —extasiada por el momento— querría llevarme a la cama, tal vez, Ariadna Gutiérrez, Paulina Vega, alguna de las hermanas Kardashian que estuviera entre el público… o todas juntas (¿por qué no?)… En el peor de los casos, Carolina Cruz o Laura Acuña, o las dos al mismo tiempo (¿por qué no?), pero sin Lincoln Palomeque, obviamente. O ya entrados en gastos, porque soñar no cuesta nada, todas a la vez: Ariadna, Paulina, Carito, Lau y las Kardashian… Qué hijuemadres, Lincoln también (¿por qué no?).

Los noticieros saldrían con una noticia de último minuto:

—Interrumpimos nuestra programación habitual para contarles una noticia extraordinaria —diría emocionado el presentador—: por primera vez en la historia del “stand-up comedy”, un comediante tiene éxito con su primera rutina, en su primera aparición en escena. Estamos desde el lugar de la noticia, en la Zona Rosa de Bogotá, con nuestro periodista Wilber Son Risa. Adelante, Wilber.

—Hola, es Wilmer, no Wilber.

—Como sea. Adelante, Wilber.

—Bueno… Gracias, Yilbert…

—¿Cuál Yilbert? Yo soy Gilberto. Respete.

—Ah, ¿ve lo que se siente?

—Ay, sea serio. Adelante, por favor.

—En efecto, como nunca antes, un comediante novato, en su “debut”, ha hecho desternillar de la risa al público. Hay gente muy emocionada… llorando, tomándose de las manos. Es una noche muy especial. Incluso, me dicen que, al parecer, una imagen de la Virgen se apareció en una cerveza. Hay gente rezando… Pero también me da la impresión de que hay mucha excitación en el ambiente. Las hermanas Kardashian están quitándose la ropa. Esto es una locura… Un momento… ¡Atención…! ¡Acaba de llegar Lincoln Palomeque!… ¡Noticia en desarrollo!

 

Si hay poca gente en el público, me estreso; si hay mucha, también

Ya de vuelta en la realidad, la historia fue otra. Cuando terminé mi rutina, había un silencio miedoso en aquel bar. Nunca antes un local de la Zona Rosa había estado tan callado. Con mucho sigilo, las Kardashian cogieron sus bolsos y se fueron. Lincoln y Carito cruzaron miradas de decepción.

El público se sentía incómodo, pero yo estaba sorprendido. Como buscando una respuesta a la reacción “inesperada” de la gente, miré a “Willy Hatman” (“el del sombrero”), el comediante que me permitió pararme esa noche en aquel escenario. Me hizo cara de: “Yo sabía que esto iba a salir así”. Luego le pregunté: “¿Por qué me dejó hacerlo, sabiendo que sería un fracaso?”. Su respuesta: “Porque solo parándose en el escenario se aprende. No hay otra forma. No he visto al primero que se pare allá por primera vez y la rompa”.

Han pasado nueve meses. Hice un taller con Gonzalo Valderrama, tal vez el primero en estudiar sobre el fenómeno estadounidense del “stand-up” y empezar a practicarlo en Colombia. A él lo vi hace muchos años haciendo cuentería. Luego, se hizo un comediante famoso. Después fue aún más famoso por haberse perdido.

En mi caso, hacer comedia ha sido casi siempre frustrante y siempre angustiante. Me he parado unas 35 o 40 veces en los llamados “open mics”, que son espacios para que comediantes nuevos o experimentados prueben material y ajusten sus rutinas. Como mucho, he actuado frente a un público de 70 personas, y solo en una ocasión. En la mayoría de casos, no hay más de 15 espectadores. En varias oportunidades he hecho mi rutina frente a cuatro personas o menos. En total, solo me ha ido bien en seis presentaciones.

Aunque preparo las rutinas, las ensayo y al principio me siento confiado, todo se vuelve angustia cada vez que llego al lugar. Si veo a poca gente en el público, me estreso. Si hay mucha, también me estreso. Peor aún si hay más comediantes que público (cosa que es bien común), porque siento que voy a quedar mal frente a mis colegas. “¿Yo para qué hago esto?”, me digo cuando estoy a punto de pararme al frente. “No lo necesito. Me voy. Pa’ qué me expongo aquí innecesariamente”.

No hago esto porque lo necesite, sino simplemente porque quiero “ver qué pasa”. Porque sigo creyendo que puedo, aunque ahora sé que es muy-muy difícil. Porque espero que se repitan las risas de esas seis veces que se han reído. Porque me he encontrado con un circuito de “comedia underground” interesante, como para escribir un libro, con unos comediantes poco conocidos o absolutamente desconocidos, solo algunos viviendo de esto, muchos llegando justicos a final de mes. Unos intentándolo una vez por semana, otros haciéndolo casi a diario y construyendo de verdad una carrera como comediantes.

Es un desafío alcanzarlos. “Yo podría ser más chistoso que ese”, pienso en silencio, con arrogancia. Y luego recuerdo que así pensaba, con sobradez, la primera vez que me paré a hacer la rutina sobre ir a cortarse el pelo. Sí puedo, insisto, pero solo si trabajo mucho más, si me paro muchas más veces en una tarima, a pesar del miedo tan grande que da subirse a fracasar. Si hago eso, tal vez, algún día los canales interrumpirán su programación habitual, una virgen se aparecerá en una cerveza y las Kardashian querrán llevarme a la cama. También Lincoln (¿por qué no?).

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Encuentre esta columna de @agomoso cada 15 días.

La próxima, el miércoles 28 de agosto: “Testimonio de un comediante principiante que no hace reír al público (2ª parte)”.

Si se perdió las columnas anteriores, aquí están:

“¿Cómo sería una red social en la que compartiéramos nuestros estados reales y antisexis?”

“Endiosamos a nuestros padres y con los años nos damos cuenta de que son humanos”

“Me la paso compitiendo con mi esposa aunque ella no lo sabe”

“¿A cuento de qué tengo que salir de la zona de confort si tanto luché para llegar a ella?

“Propuesta al mundo mundial: revaluemos los piropos”

“Las manos son como un par de hijas: a una se le exige y sale adelante, la otra…”

“Carta abierta de un aficionado al Play Station”

“Más que un niño interior, tengo un adolescente interior… y es un petardo”

“Nadie me contó que uno también termina con los amigos”

“Cuando chiquito quería ser gomelo. Lo logré”

“Lleno de expectativas a los 18 años; lleno de incertidumbres a los 35”

“Yo pensé que después de los 33 años todos madurábamos”

“Cuando uno es de centroizquierda… y el suegro es uribista (y viceversa)”

“No solo nos gusta aparentar, nos fluye sin siquiera darnos cuenta”

“Ver la vida a través de LinkedIn, tan frustrante como verla a través de Instagram

“La Navidad es un tranquilo paseo de diciembre… para quien no tiene bebés

“Mi papá es un hipócrita”

“Ser ateo es más difícil en las vacas flacas

“Cambiar de peluquero en la misma peluquería… mala idea

*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan para nada la posición editorial de Pulzo.