No solo porque tuvimos que aprender a querernos con mascarilla, sino porque también tuvimos que entender que algo que no veíamos podía ser capaz de acabar con nosotros.

Fue un año de desafíos. De temores, de dolor y de mucha incertidumbre. Nos enfrentábamos a algo que no habíamos visto la gran mayoría de nosotros, pues para haber vivido la peste española seguramente tendríamos que haber sido centenarios hoy.

Nos dijeron lo que tendríamos que hacer para sobrevivir, nos encerramos como termitas y no tuvimos ni oportunidad de ver el sol por última vez, pensamos que esto lo podríamos superar con cuidados higiénicos y empezamos a cambiar los comportamientos afectivos de toda nuestra vida por nuevas formas de expresar el cariño, la atención y el cuidado. Las pantallas se convirtieron en nuestras plataformas para amar, para decir estoy aquí, para trabajar, para acortar distancias.

Tengo una amiga que se llama Rocío. Ella es una mujer muy trabajadora, que ha tenido que viajar mucho en su trabajo y que lo que más la caracteriza es su gran capacidad para dar abrazos llenos de cariño y que se sienten como un torrente caliente cuando te caen a ti.

Pues la misma Rocío es la que me propone que dejemos la videollamada de lado y que nos unamos, siempre con precauciones, para preguntarnos cómo estamos y cómo vamos llevando las noticias que dejó este año tan perro. Lo cierto es que en parte sé que tiene razón, que cuando empezó el boom de las videollamadas sustituí por completo el contacto con las personas que amo y me permití hacer ese canje tecnológico a sabiendas de que iba a ser temporal. Ahora entiendo que el contacto no se puede convertir en trueque, y por eso sumé a Rocío dentro de mi familia de personas que veo con asiduidad y que puedo de hecho visitar en pandemia. Aquí, donde yo vivo, te dicen que tienes que tener un círculo familiar y dejarlo acotado, a esas personas son a las que puedes saludar, dar un abrazo o besar. No hay más.

Por eso tienes que elegir, y ser consciente, y cuidarte tú para cuidar a los tuyos. Además no puedes olvidarte de que estamos viviendo un año en el que unos contagian a otros y tú no sabes bien las consecuencias de no pensar en esto a cada instante. Terror por las venas, terror por vivir, y al mismo tiempo tantas ganas de poder abrazar y besar a quienes consideras amigos.

Vivo los encuentros con Rocío con mucha alegría, a veces me siento como los cachorros cuando pueden saludar cuando alguien abre la puerta, y sí, siento que es tan hermoso que alguien te abrace y te mire a los ojos cuando te saluda con efusividad, con amor, como si esta pandemia tuviese que enseñarnos las nuevas formas de ser humano, y al mismo tiempo nos está poniendo a prueba sobre cómo amar, a quién amar, y cuándo amar.

Valoro cada abrazo que puedo dar porque me los he tenido que quitar.

Siento que si tengo una caricia de mis hijos es un auténtico regalo.

Entiendo que tener a mis dos amigas en Navidad supuso llamarles familia este año, pues no pude ver a mis papás en Colombia (algo inédito en 20 años).

Y mis formas de amar y de dar este amor han tenido que pasar por pantallas, por videollamadas, por largas sesiones de zoom que me hacen sentir un poco en el Show de Truman. Sé lo que vivo, soy consciente de que esto nos afectó a todos, que nos hizo más fuertes en algunos aspectos, que nos convirtió en algo que no éramos, y que ahora el amor es un acto íntimo entre los que ya conoces y ves porque lo has elegido. Amar a cinco personas, verlas, tocarlas y tenerlas cerca. Parece un juego difícil de ganar.

Nos toca jugarlo y no pensar que si cogemos una barca con remos podremos salir de este set de televisión que no puede romperse ni desarmarse. Porque aquí hasta los presidentes de gobierno se contagian, aquí todos somos Truman.

Nos resta amar en pequeño como forma de resistencia para poder seguir vivos.

¡Buen amor para el 2021!

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