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El hombre que la asesinó asegura que la mujer era mezquina, perversa y que no le era útil a la sociedad.
Esta es la historia del homicidio cometido por Rodión Románovich Raskólnikov, o simplemente Raskólnikov, un estudiante que se vio obligado a renunciar a sus estudios debido a la miseria que lo envolvía. Él es el protagonista de ‘Crimen y castigo’ la novela escrita por el ruso Fiódor Dostoievski.
Este joven había recurrido a la prestamista para poder financiar sus gastos; incluso, alquiló una reducida habitación en un gran edificio de cinco pisos propiedad de la usurera, donde también ella habitaba.
Por la deuda que sostenía con la mujer, cada vez que Raskólnikov salía de su cuarto lo hacía con paso lento e indeciso. Debía una cantidad considerable a la patrona y por eso temía encontrarse con ella. No es que fuera un cobarde ni un hombre abatido por la vida; por el contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un estado de irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría.
Sin embargo, ese día se había propuesto hacer un ensayo, una fantasía espantosa a la que llamaba “negocio”.
Llegó a un caserón dividido en infinidad de pequeños departamentos habitados por modestos artesanos. Franqueó el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como era propio de una escalera de servicio.
Llamó a la puerta de la vieja. Transcurrido un instante, la puerta se entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina observó al intruso con evidente desconfianza. Sólo se veían sus ojillos brillando en la sombra. Al ver que había gente en el rellano, se tranquilizó y abrió la puerta.
El joven pasó el umbral y entró en un vestíbulo oscuro. La vieja permanecía inmóvil ante él. Era una mujer menuda, reseca, de unos sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes de malicia.
-“¿Qué desea usted?” -preguntó ásperamente la vieja, que, apenas había entrado en la habitación, se había plantado ante él para mirarle frente a frente.
-“Vengo a empeñar esto”. Y sacó del bolsillo un viejo reloj de plata, en cuyo dorso había un grabado que representaba el globo terrestre y del que pendía una cadena de acero.
-“¡Pero si me trae usted una miseria! Este reloj no vale nada, mi buen amigo. La vez pasada le di dos hermosos billetes por un anillo que podía obtenerse nuevo en una joyería por sólo rublo y medio”.
Y la vieja le devolvió el reloj. Él lo cogió y se dispuso a salir, indignado; pero, de pronto, cayó en la cuenta de que la vieja usurera era su último recurso y de que había ido allí para otra cosa.
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