Gustavo Petro o ‘Aureliano Buendía’, oportunidad perdida de la izquierda en el poder
Su forma, antes que la de un presidente, fue la de un activista, un político en campaña, y así condujo al país. Ahora seguirá en lo mismo desde la oposición.
Después de décadas de lucha, incluso armada, incluso con pérdida de muchas vidas, la izquierda en Colombia consiguió por la vía democrática acceder al poder por primera vez. Uno de sus más prominentes representantes, Gustavo Petro, ganó las elecciones con un respaldo que combinó el voto duro de sus seguidores más el de quienes simplemente votaron contra su opositor derechista Rodolfo Hernández. Con esfuerzo propio y un empujón de otros sectores, la izquierda consiguió abrir una inédita ventana de oportunidad de cuatro años para hacer realidad su anhelo de gobernar, provocar un cambio y hacer reformas. Esa ventana se cierra este 7 de agosto dejando la sensación de oportunidad perdida.
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Más allá de los logros que pueda reclamar efectivamente el Gobierno que termina, su principal figura, el presidente Petro, le hizo un severo daño a la dignidad de la más alta institución del poder ejecutivo: la Presidencia de la República de Colombia. Su mandato no materializó el cambio que prometió, principalmente en lo relativo a acabar las prácticas politiqueras, el clientelismo y la corrupción. La mayoría de los escándalos gubernamentales relacionados con esos flagelos que explotaron en este cuatrienio se originaron en el círculo íntimo del mandatario, cuando no en su propia persona.
El primer presidente de izquierda en Colombia perdió la oportunidad de demostrar que desde esa parte del arco político también se podía enaltecer el cargo público más importante del país, la más alta institución del poder ejecutivo. Como presidente de la República, jefe de Estado, jefe de Gobierno, suprema autoridad administrativa (dirigiendo las políticas públicas y las relaciones internacionales) y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, y también como representante máximo de la nación y símbolo de la unidad nacional, tuvo la obligación, al menos, de guardar las formas. Pero no lo hizo. Su forma, antes que la de un presidente, fue la de un activista, un agitador, un político en campaña.
La lucha de clases y el odio por diferentes sectores
Su gobierno osciló como un péndulo entre la visión futurista de carácter cósmico ambiental y su permanente evocación a su pasado vínculo con el M-19 y el simbolismo que rodeo a Simón Bolívar. A la luz de las condiciones actuales, el discurso de Petro sonó a paleomarxista por las viejas categorías en que se enredó. Esos excesos ideológicos lo marcaron como un líder proclive al fundamentalismo por la fijación en sus raíces y por la percepción de su sentido de “misión”, de caudillo, de único representante del ‘pueblo’.
En Petro aplica lo que escribió Stefan Zweig en la biografía que hizo de Erasmo de Rotterdam, ese humanista que odió de verdad una sola cosa sobre la tierra por ser opuesta a la razón: el fanatismo, ya fuera religioso, nacional, o ideológico, porque lo consideraba “el destructor cerril y confeso de cualquier forma de entendimiento”. También recordó que en política las consignas que más partidarios encuentran son las que proclaman un enfrentamiento, un antagonismo cómodamente comprensible y manejable contra una clase, raza o religión, “pues es en el odio allí donde más fácilmente prende la llama criminal del fanatismo”.
Efectivamente, Petro estimuló la lucha de clases y el odio por los gremios empresariales y el sector financiero; por los medios de comunicación y los periodistas; por la oposición política y los partidos tradicionales; por las otras dos ramas del poder público (la Judicial y el Congreso); y, en general, por todos los sectores y personas que, desde su perspectiva, pudieran ser catalogadas como pertenecientes a las “élites” o la “oligarquía”. Su radicalismo se fue acentuando en la misma medida en que avanzaba su mandato, y muchas cosas en él, como la calma, la sindéresis, el respeto, pasaron a ser la excepción y no la regla. La historia de su presidencia habría sido distinta si las cosas hubieran sido al revés.
Desde la responsabilidad que recayó sobre Petro por ser el primer presidente de la izquierda en el país, no entendió la importancia no solo de pensar muy bien lo que decía, sino las consecuencias de lo que decía, ya fuera a través de su principal tribuna, la red social X, o con un megáfono en las calles de Nueva York. Petro supo cómo excitar a sus seguidores, unas veces desinformando, otras contando verdades a medias, unas más ofreciendo datos parcializados, y hasta mintiendo abiertamente. Por eso, el daño político que se autoinfligió fue serio e innegable. Él mismo y su atmósfera fueron pavimentando el camino para el triunfo de Abelardo de la Espriella.
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Dispuesto a saltarse las vías institucionales si era necesario
Un capítulo especial merece su principal propuesta de gobierno, la denominada “paz total”, sin entrar en detalles sobre el fracaso de todos los procesos de diálogos que intentó. Con los grupos armados con los que no pudo hacer la paz, que son prácticamente todos, y que hoy son los más poderosos y numerosos, Petro puso la carreta por delante de los caballos. Si la razón misma de la negociación con esas organizaciones era buscar su desarme y desmovilización, esa negociación se transformó en premio por la cesación de las actividades criminales. Por ese error estratégico, Petro mismo debilitó las bases de sustentación de su “paz total” y dejó al país a merced de las tempestades.
Con eso, no ayudó a acabar el conflicto, que quizá sí diagnosticó acertadamente por su multidimensionalidad (la “tercera violencia” con actores armados fragmentados, cuyo principal motor ya no es la ideología, es el control de economías ilícitas), sino a cronificarlo. Este es un aspecto por el que se puede asegurar que Petro dejó un déficit de liderazgo y pensamiento estratégico por el que hoy el país enfrenta una grave crisis de seguridad. Ese fue precisamente uno de los temas por los que ganó De la Espriella, a quien la mayoría de los electores colombianos le creyeron la oferta de mano dura.
El liderazgo de Petro también fue puesto en entredicho en lo político. Es responsable en buena medida de la derrota de su candidato Cepeda en las elecciones presidenciales. “El principal problema de la campaña de Iván Cepeda es que su jefe de debate es Gustavo Petro”, escribió Sara Tufano, columnista y activista política de izquierda. El mandatario enrareció el ambiente al decir abiertamente que se pondría al frente de la campaña de Cepeda, a sabiendas de que, como presidente, tenía prohibido por ley participar en política. Pero hasta en eso Petro mostró que para impulsar sus temeridades estaba dispuesto a considerar las vías institucionales si era posible, o saltárselas si era necesario.
El presidente actuó como si él fuera el candidato, y eso condujo a la derrota a la coalición que lo llevó al poder, el Pacto Histórico, pues mantuvo en un segundo plano a Cepeda. Es cierto que la izquierda consiguió casi 13 millones de votos, un hito histórico, pero ese caudal no habilita ni a Cepeda ni a Petro como salvadores de la democracia; solo como jefes de la oposición, el primero en el Congreso y el segundo en la calle. Mal pueden creer que la totalidad de esos 13 millones de ciudadanos siguen su tesis de fraude electoral sin pruebas y están dispuestos a secundarlos en su idea de desobediencia civil, menos aún en la de salir a protestar con peligrosa frecuencia en las calles.
¿El presidente fue Gustavo Petro o ‘Aureliano Buendía’?
Los seguirá el núcleo duro del petrismo y de la izquierda radical, esa en la que tiene eco el relato de Petro de sus pretendidas gestas como guerrillero del M-19. Pero hasta sobre eso hay dudas. En su libro de memorias ‘Rebeldía, armas y democracia’, Everth Bustamante, que fue miembro de la dirección nacional de esa guerrilla, asegura que, “si es que existió” una participación de Petro en el grupo armado fue “marginal, efímera, anodina, intrascendente”. Alberto Donadio cuenta en Semana cómo un antiguo condiscípulo suyo, Freddy Castro Victoria, amigo de infancia y adolescencia de Carlos Pizarro Leongómez, último comandante del M-19, le narró una historia similar sobre Petro.
Ocurrió por allá en 1989, cuando se concentraron en Santo Domingo, corregimiento de Cajibío (Cauca), los miembros del M-19 como paso previo a su desmovilización. Cuando Castro Victoria, delegado del comisionado de paz Rafael Pardo, verificaba quién entraba al campamento, apareció alguien que le dijo ser miliciano del M-19, “o sea —explica Donadio—, alguien que hacía trabajo político y no era un guerrillero propiamente dicho”. Castro Victoria le pidió que se identificara, y recibió como respuesta: “Soy Aureliano Buendía”. Era Gustavo Petro.
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Según Donadio, esa misma noche, Castro Victoria le habló del hecho al comandante Pizarro, que le respondió: “Petro es un tipo muy inteligente, pero mentiroso y megalómano”. Y agregó: “Es un güevón que se lee un libro y dura hablando m… tres días”. Por lo visto en el cuatrienio de Petro, fue ese ‘Aureliano Buendía’ el que estuvo en la Presidencia de la República de Colombia. Petro no pudo gobernar porque se trata de un líder aplastado por el peso de su propia historia y de la melancolía por el mundo clandestino. Quiso mostrarse a la vanguardia del mundo moderno, pero terminó siendo un líder preso de su pasado en rebelión frente al mundo moderno.
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