En el oscuro novelón de la Casa de Nariño, Angie Rodríguez es un personaje secundario

Nación
Tiempo de lectura: 7 min
Escrito por:  Fredy Moreno
Actualizado: 2026-04-23 09:32:47

La actual gerente del Fondo de Adaptación no aguantó la presión y salió a contar la parte que conoce de una intrincada trama en torno a Gustavo Petro.

En medio de la Feria del Libro que tiene lugar en Bogotá y de una nueva conmemoración del Día del Idioma, que honra la memoria de Miguel de Cervantes Saavedra, la historia de intrigas, amenazas, rencillas, odios y amores que se vive en la Casa de Nariño, sede del Gobierno colombiano, se antoja como un gran tema para una obra apasionante que está por escribirse. Es tan intenso y sorprendente lo que ocurre en el palacio presidencial que daría material suficiente para involucrar varios géneros de la novela, desde el histórico, pasando por los de ficción, el policiaco, el de espionaje y el romántico, hasta el de terror.

(Le interesa: Le caen a Petro por guardar silencio ante ventilador que prendió Angie Rodríguez)

Angie Rodríguez tuvo su momento de esplendor cuando fue puesta por el presidente Gustavo Petro en la dirección del Departamento Administrativo de la Presidencia, el poderoso Dapre, que quita y pone, y hasta maneja la agenda del mandatario. Para una persona —como ella misma se ha calificado— de estrato dos y oriunda del sur de Bogotá, llegar a semejante posición fue como estar soñando despierta, ser la protagonista de un verdadero cuento de hadas en el que la justicia divina puso, por fin, a una persona de extracción popular al lado del jefe de su Estado, la persona más importante del país.

Las migajas de poder que dejaba caer Gustavo Petro

Con él, Rodríguez recorría no solo el país, sino que viajaba al exterior por lugares y entre personas que quizá nunca imaginó. Le tenía a disposición las cosas listas, los mensajes oportunos, los silencios necesarios. Se había convertido de un momento a otro en la nueva Laura Sarabia, esa figura también de cuento con la que soñaron ser muchas mujeres por representar el romántico relato de la joven humilde que llega lejos, literalmente, porque ha tenido una impresionante trayectoria que la llevó de la dirección del Departamento de Prosperidad Social (DPS) y del Dapre a la Cancillería y ahora a la embajada en el Reino Unido.

Rodríguez, en fin, había alcanzado el lugar que quieren como destino todas las personas, independiente de su origen: el centro del poder. En el caso de Rodríguez, con el añadido de que ella —y así lo ha manifestado en diferentes escenarios— siente “sinceramente” que es una oportunidad histórica para que el progresismo se despliegue en favor de los más necesitados, de que luche, como lo prometió, contra la corrupción y todas las formas de clientelismo. Con esa convicción se desempeñó como especialista en gestión pública y asesora del Ministerio de Trabajo, de la Contraloría General y del Ministerio de Salud, y como directora del Dapre, hasta cuando cayó en desgracia.

El poder tiene la particularidad de que se ejerce, pero también se irradia. Como directora del Dapre y al lado de Petro, Rodríguez se sentía (por su cargo lo era) importante. Algunas migajas de esos gestos que se mueven entre el respeto y la pleitesía que le rendían al presidente desde jefes de Estado hasta los más genuflexos de sus seguidores en diferentes escenarios le quedaban a ella. Lucía radiante y empoderada. Además, porque en sus manos estaba buena parte de los nombramientos del Gobierno. Pero llegó el nefasto momento en que le mencionaron el nombre de Juliana Guerrero.

La caída en desgracia de Angie Rodríguez

Le anunciaron que la hoja de vida de la joven a quien el presiente Petro presentó y destacó en un consejo de ministros por ser “rebelde”, uno de esos jóvenes que lo llevaron al poder, estaba siendo postulada para ocupar el cargo de viceministra de la Juventud en el Ministerio de la Igualdad. Rodríguez detectó y advirtió que Guerrero no tenía las credenciales académicas ni de experiencia para llegar a semejante cargo. Sintió, como millones de jóvenes en el país —además porque ella, juiciosa, está haciendo un doctorado— que era injusto que una persona sin estudios ni experiencia fuera promovida de esa manera. Aunque sabía que estaba haciendo lo correcto, Rodríguez empezó a perder el pulso con Guerrero, y la gracia con que la honraba el presiente.

A Guerrero la impulsaba el hecho de haber llegado al Gobierno de la mano del ministro del Interior, Armando Bendetti. También, una todavía inexplicable relación con el presidente Petro, que la nombró su delegada en el Consejo Superior de la Universidad Popular del Cesar. Según Rodríguez, la joven se pavoneaba por algunos espacios de la Casa de Nariño asegurando que tenía vínculos con el Eln. El nombramiento de Guerrero se cayó por las denuncias de la hoy senadora Jennifer Pedraza, pero Rodríguez tampoco salió indemne: fue removida del Dapre y puesta en la gerencia del Fondo de Adaptación.

En su nueva posición y huérfana de poder, mantiene una pelea casada con el director de la UNGRD, Carlos Carrillo, y con el actual director del Dapre, Raúl Moreno (que ella misma llevó al Gobierno), muy cercanos al presidente Petro. Su situación se agravó porque, por una supuesta relación con Jorge Rodrigo Tovar Vélez, hijo del exjefe paramilitar ‘Jorge 40’, el mandatario la calificó de paramilitar y de vínculos con actividades ilícitas como el contrabando. Después de haberla mantenido bajo su égida hoy la aborrece. Rodríguez dibuja ahora la clásica parábola de auge y caída de un personaje.

Para rematar, la alicaída funcionaria viene denunciando que es extorsionada y hasta amenazada de muerte. Su deplorable cuadro lo completan sus padres y su hijo, de por sí personas vulnerables, pero ahora más expuestas por las denuncias de Rodríguez, que asegura no encontrar eco en las autoridades. Dice que se mantiene en el cargo porque es la única forma de que el Estado le brinde algo de seguridad. Pero, al parecer, eso solo le pasa a ella. Los funcionarios que ella señala y los que pudieran hacer algo para investigar sus denuncias permanecen intactos.

Si Rodríguez representó una vez el relato del abrazo de la fortuna, del crecimiento y la superación, hoy evoca a la figura de Ícaro, de los seres que creen que pueden acercarse al poder desde muy abajo sin sufrir lesiones, pero caen fulminados. En el oscuro novelón que se viene escribiendo desde hace cuatro años en la Casa de Nariño, ella terminó siendo un actor secundario del que se puede prescindir sin afectar lo narrado. Su historia, bien contada, quizá agote existencias en una de las ferias del libro que vendrán.

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