Es fácil caer en la comparación. En marzo de 2018 encuestas como la de Yanhaas muestran al candidato Iván Duque disparado, por encima de Gustavo Petro y Sergio Fajardo en la intención de voto. La portada de Semana revela, entonces, que el candidato disparado en las encuestas no gana la presidencia, algo que los seguidores de Petro o de Vargas Lleras o de Fajardo usan como argumento de que todavía no todo está dicho.

Ahora bien, el contexto bajo el cual se ha usado esta portada es totalmente erróneo. Porque la encuesta a la que hace mención dicha tapa de Semana, en la que Serpa es el favorito, es de octubre de 2001, ocho meses antes de las elecciones presidenciales de 2002. Para ese entonces Álvaro Uribe era un candidato desconocido en pleno crecimiento, un hombre de perfil de mano dura que se vendía como una alternativa al gobierno de Pastrana en materia de paz.

En ese sentido, si vemos las encuestas del último trimestre de 2017, en las que se ilustraba la intención de voto, Iván Duque estaba por debajo de Fajardo, Petro, Vargas Lleras, De la Calle, y casi en un empate técnico con su ahora fórmula vicepresidencial, Marta Lucía Ramírez. Y, al igual que Uribe ocho meses antes de las elecciones de mayo, se trataba de un precandidato desconocido en la mayoría del país.

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Entonces la portada de semana, lejos de ser una señal de que a dos meses el candidato que va ‘disparado’ no llegue a la Casa de Nariño, podría ser todo lo contrario: hay similitudes entre lo que pasó hace 16 años en la aspiración presidencial de Uribe y lo que sucede hoy con Iván Duque.

“Uribe, como Serpa, cuenta con una ventaja: sus votantes son fieles, casi militantes”, decía la revista Semana en esa edición de 2001. Tras las elecciones legislativas del 11 de marzo de 2018, pareciera que tal militancia de sus fieles no ha cambiado.