Fragmentos de las memorias de la infancia

Opinión
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Reseña de “Después de la niebla”, de María Edwards

Atravesamos bancos de densa y clara niebla. Cuando los dejamos atrás, la camioneta parece recuperar su velocidad y volvemos a la noche. Mi padre pregunta: ¿Dónde les gustaría aparecer después de la niebla?” – María Edwards

Últimamente la niebla ronda mis lecturas. Hace unos meses leí la “Trilogía de la niebla” del español Carlos Ruiz Zafón, y hace unas semanas me sumergí en “La última niebla” de la chilena Maria Luisa Bombal, que reseñé de forma entusiasta y que se convirtió en mi penúltima niebla… porque entré en esta nueva niebla, la ópera prima de una artista visual que ha escrito un libro como con un pincel, con imágenes contadas, cual si fuera una pintura en letras: un “caleidoscopio de imágenes”, como ella misma lo define. Su nombre: “Después de la niebla” (Alfaguara 2021).

La joven escritora María Edwards Urrejola (Santiago de Chile, 1977), estudió Arte y se especializó en ilustración botánica en el Real Jardín Botánico de Edimburgo. De ahí que estemos ante una novela visual, en donde la autora llega a la escritura a través del detalle de la imagen, cual si estuviera dibujando una planta. Ello, sumado a las influencias que Edwards reconoce de Marguerite Duras, el hiperrealista artista chileno Alfonso Cuove y el escritor Jorge Tellier, explican la belleza pictórico-poética de este libro con sus envolventes descripciones.

Cada imagen, para lucir, debe estar separada de la otra… así, justo como llegan los recuerdos a la mente, en fragmentos, cual si fueran “flashes”. Por eso, a través de brevísimos capítulos, nos encontramos con la historia de una niña introspectiva, de 9 años – la misma edad de la hija de la escritora y la misma edad en la que ella se fue de su casa, que evidencia la sensación de deriva de los hijos respecto de las decisiones de sus padres. Una niña que, a pesar de vivir en medio de una familia numerosa con amigos numerosos, es una silvestre y reflexiva solitaria estructural.

Una niña a la que “la teoría de los conjuntos matemáticos me enseñó que mi padre y mi madre eran un conjunto. Mis hermanos y yo, otro conjunto.” Una niña que es la autora misma, aunque se permite hacer concesiones ficcionales en beneficio de lo artístico-literario.

Una niña con una madre casi invisible, pero con un excéntrico padre, “una estrella en eterno apogeo. Nunca supimos si fue junior en un banco en Washington o un exitoso ejecutivo de la bolsa en Nueva York”, que enamoró a su madre en la playa chilena de Zapayar y quien, después de perderlo todo en Estados Unidos, regresó a Chile a buscar un dinero previamente escondido en la casa del lago, encontrando que una inundación del río ha deshecho el dinero y los ha dejado en la ruina. Y también, un padre que es capaz de dibujar para ella “un río, un bote con una persona adentro y luego una cascada muy pronunciada. En la orilla se leía un cartel que decía: Prohibido desesperarse.”, como lección de vida.

Una niña que vive en dos mundos, el bucólico y romantizado de su casa en un lago nostálgico al sur de Chile en donde convive con sus padres y sus cuatro hermanos/as y otro, en la pensión de la ciudad de Osorno, donde debe realizar sus estudios, en la compañía de dos de sus hermanas, en el que “el tiempo pasa preciso, sin falta ni apuro”.

Una niña que es una narradora con una memoria fragmentada, una adulta recordando como sería una niña que mira hacia el pasado y rememora paisajes idílicos, esas alegrías, esas reuniones de amigos y familia, esos personajes que rodearon su infancia, y también evoca esos secretos familiares, esas ausencias, heridas, y desgarros, que solo se pueden entender cuando la mujer adulta se encuentra con esa niña que logra narrar su historia interior apelando a los sentidos.

La breve descripción de la vida familiar nos resume lo esencial:

“Escribo diarios con mis hermanas grandes en una mesa de juego desplegable con cubierta de terciopelo verde. Hacemos puzles eternos. Construyo naves de LEGO con mi hermano y jugamos a las barbies con mi hermana menor.”

El significado de la casa del lago lo encontramos en esta hermosa descripción:

“La alegría de llegar a la casa, bajar corriendo al lago, saltar de roca en roca hasta tocar el agua. Esa agua calma y espejada, el aire límpido. Los pastos secos que han crecido entre las rocas. El musgo gordo y aterciopelado se deshace entre mis dedos enamorados. Me abrazo a la roca y siento su calor, acerco mi cara, apoyo mi mejilla, cierro los ojos.”

Percibimos el clima preciso, suelo volcánico y el aroma de las plantas:

“Está nublado pero no hace frío. Estoy sentada en la Arena Gris de nuestra playa. Las piedras negras cortadas en ángulo vienen del volcán. Recojo la semilla suave y amarilla del aromo. Tengo un puñado lleno.”

El paisaje del sur de Chile como locación de memorias, se huele, se ve, se siente y percibe verde, lluvioso:

“No para de llover. Ya nadie cuenta los días. El camino de tierra y la mayor parte del tiempo es un sendero de pozos enormes, como pequeños lagos cafés. Nos cuesta caminar por el barro. No pasa ningún auto. (…) Aprendimos a vivir en la lluvia. “Nos mojamos “, decimos cuando nos preguntan cómo hacemos para jugar cuando está lloviendo…”

Pero un paisaje en el que no podía faltar el viento cálido:

“Hay puihua, El viento fuerte caliente que viene desde la pampa Argentina. Hemos inventado un paracaídas con una sábana y cada vez que hay viento tratamos de volar. La puihua hace que se entibie el lago. El aire caliente quema los campos y las casas… Historias, cuentos, canciones. Ávidas tratábamos de retener lo más posible

Es, en definitiva, un libro en donde cada fragmento se merece un espacio tanto como se lo merecen las letras, pleno de espacios en blanco entre uno y otro, que son pausas para reflexionar y sentir. Y un libro en donde el lector debe armar su propia historia porque no necesariamente hay un orden cronológico en esos fragmentos.

¿Estamos ante un nuevo “estilo novelístico” que, por demás, han adoptado varios escritores contemporáneos? Podría ser: la novela fragmentaria. Esa que no es poema ni cuento ni narrativa de corrido, esa en donde los capítulos son brevísimos, hasta minimalistas, una especie de haiku novelístico, en donde se nota un esforzado trabajo literario para dar paso a una economía poética del lenguaje, construyendo, en últimas, una oda a las letras, esas letras delicadas y precisas que ansiamos leer. Para la autora, escribir el libro “fue como esculpir una roca para dar a luz un ser poderoso”, y lo ha logrado.

“En el silencio, antes de caer en el sueño, escucho como el lago barre las piedras hacia la orilla. En la mañana el lago está quieto como un espejo. Bajo a ver la orilla inmóvil, las piedras lavadas, rodadas, nuevas cada día….” Como la vida en cada amanecer…

*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan para nada la posición editorial de Pulzo.

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