Si a Chávez le olió a azufre en la ONU, a Delcy Rodríguez le olerá a fragancias… de Trump
La participación de la presidenta interina de Venezuela en la Asamblea General de la ONU está marcada por la tutela que tiene sobre ella Donald Trump.
Hace exactamente 20 años, durante la 61ª Asamblea General de las Naciones Unidas en el 2006, el entonces líder del chavismo, Hugo Chávez, se quejó porque le tocó pronunciar su discurso en la misma tribuna donde había hablado, el día anterior, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush. “Ayer estuvo el diablo aquí, en este mismo lugar. ¡Huele a azufre todavía esta mesa donde me ha tocado hablar!”, dijo con la insolencia que lo caracterizó. Ahora es una de sus más adelantadas discípulas, Delcy Rodríguez, la que estará en el mismo lugar, solo que ella, a diferencia de su maestro, el sitio le olerá a fragancias.
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De Chávez se puede afirmar que, efectivamente, era el jefe del Estado venezolano porque llegó a la presidencia después de ganar unas elecciones legítimas el 6 de diciembre de 1998, y obtuvo el 56,20% de los votos. Eso le daba cierta licitud a lo que decía. Pero a Rodríguez nada la legitima: no ha ganado ninguna elección y la interinidad de su presidencia, de acuerdo con la Constitución de Venezuela, surgida ante la ausencia de Nicolás Maduro, expiró el pasado 3 de julio (180 días después de la captura de Maduro), fecha en la que debió convocar a unas elecciones. Pero ella, de facto, decidió extender su mandato.
Delcy Rodríguez parece un nuevo producto de Trump
¿Cómo no le va a oler bueno al estar en el privilegiado auditorio de la Asamblea de la ONU? Puntualmente, debe sentir las “Trump Fragrances”, uno de los últimos productos del presidente estadounidense que la mantiene en el poder y con el que también se encontrará, tal vez este mismo martes 22 de septiembre. Quizá sea la referencia “Victory 45-47”, una fragancia cuyos aceites esenciales, en palabras de Trump, “tratan sobre ganar y el éxito”, y su quintaesencia es “la fuerza”. Trump ha producido con su marca, entre muchas otras cosas, zapatillas, guitarras, monedas, relojes, biblias, botas, y ahora, ante el boicot de las grandes cadenas de televisión, hasta un canal propio para la Casa Blanca: Trump TV.
Rodríguez, en quien ya no va quedando ni rastro del chavismo y menos del madurismo, también perece ahora un nuevo producto de ese enorme negociante que es Trump. Después del 3 de enero, día en que Estados Unidos capturó y extrajo de Caracas a Maduro, la presidenta interina se ha venido alineando a los deseos del mandatario estadounidense, hasta firmar el acuerdo petrolero que le garantiza a Estados Unidos 65.000 millones de barriles. Ya no es ni siquiera la sombra de esa aguerrida militante de la izquierda que le gritaba: “!Malas noticias, señor Trump! ¡Más nunca seremos patio trasero de nadie! ¡Váyase con su doctrina monroísta bien lejos!”.
No fue necesario. Ella misma lo fue a buscar a Nueva York a instancias de la Asamblea de la ONU, un organismo desprestigiado, desfinanciado y huérfano de liderazgo, que, en todo caso, no deja de ser importante por la cantidad de líderes del mundo que reúne durante su Asamblea General. Entre las cosas por las que ha perdido credibilidad se cuentan hechos como este: un reciente informe de la misma ONU advierte que el aparato represivo del régimen venezolano sigue operando, y los agentes a su cargo ha incurrido en nuevas y peligrosas prácticas de tortura, incluso después de la caída de Maduro.
En Venezuela hay presos políticos, violaciones de derechos humanos, persecución a la prensa, grupos paramilitares como los colectivos chavistas que intimidan a la población, pero la encargada del régimen tiene las puertas y el micrófono abierto para hablar. No es la primera vez. En otras ocasiones allí los dictadores han tenido la palabra.
Régimen sometido a la tutela de Estados Unidos
Quizás esa sea una reflexión sobre la que deba detenerse la ONU cuando António Guterres culmine su mandato el próximo 31 de diciembre y llegue un nuevo responsable, y se plantee qué hacer con la justicia internacional, hasta cuándo las personas que ostentan el poder de manera ilegítima porque no son elegidas por los pueblos en procesos democráticos, y que han causado dolor y sufrimiento, cometiendo incluso crímenes de lesa humanidad, siguen siendo recibidas en la sede de las Naciones Unidas bajo la excusa de que el organismo considera a los Estados y no a los gobiernos o regímenes.
Lo que pueda decir Rodríguez en la ONU reflejará no la realidad de una Venezuela que clama por la libertad de los presos políticos y la apertura democrática, sino la realidad de un régimen sometido al acatamiento, a la obediencia y a la tutela de Estados Unidos. Rodríguez sigue al pie de la letra un libreto que le dicta Washington para tratar de sobrevivir, más allá de la beligerancia con que intente condimentar sus palabras para tratar de desmarcarse. Pueda que lleve una diatriba antiimperialista, pero los hechos muestran que está alineada con el imperio contra el que vocifera.
Durante los últimos nueve meses no ha habido semana en la que Caracas no haya recibido a un funcionario importante de Estados Unidos, ya sea del Comando Sur, de la CIA, del FBI, el secretario de energía, o de comercio. Pero el encuentro de Rodríguez con Trump no tendrá un carácter bilateral, de Estado a Estado. No se dará en Washington, sino en Nueva York, y por unos escasos minutos, con enormes costos políticos para Trump hacia las elecciones de medio término de noviembre, y para Rodríguez, que seguirá pisando los callos de los maduristas y de los chavistas más ortodoxos, y de aliados como Rusia, Irán, China y Cuba.
Rodríguez, que para algunos congresistas republicanos como Rick Scott no deja de ser una “matona”, “jefa de un cartel” que no es bienvenida en Estados Unidos; o Carlos Giménez, para quien la presidenta interina de Venezuela debe responder por la represión de la que ha sido partícipe y cómplice durante más de tres décadas del chavismo-madurismo, andará sobre alfombras rojas con el rótulo de jefe de Estado impulsada por Trump. Imposible que a ella la ONU le huela a azufre como le olía a su preceptor y ‘comandante eterno’ Hugo Chávez.
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