Fuad Chacón
Opinión de Fuad Chacón

Abogado de día y escritor cuando mi jefe no me ve. Columnas que se escriben por inercia gracias a un país cuya realidad parece ficción. Las opiniones expresadas solo me vinculan a mí

Las ventajas de siempre perder

Solo una vez, en 1997, el cuadro canario rozó la gloria. Pero son más los sinsabores en 67 años de historia.

 
Atlético Bucaramanga
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Mis recuerdos sobre aquel diciembre de 1997 son bastante difusos, y muy seguramente con los años algunas lagunas del tiempo se han ido llenando con detalles que nunca sucedieron.

Era joven, quizás demasiado para entender lo que estaba pasando, pero no tanto como para no tener claro que algo estaba pasando. Era un domingo normal de cabro, pepitoria y Kola Hipinto que transcurría sin mayores sobresaltos, salvo por el inusitado número de camisetas amarillas que inundaron la ciclovía de la carrera 27 esa mañana.

Desde Los Tres Elefantes hasta el Seguro Social, un solo color se había tomado por asalto la calle.

Esa tarde, el equipo de Bucaramanga viajaba hasta Cali en busca de la hazaña, ganar por primera vez el título de la entonces Copa Mustang frente al invencible América, aquel gigante de 99 puntos y un intimidante primer puesto en la tabla.

Era casi navidad y para llegar al cielo teníamos que bajar al infierno con un 0-1 en contra del partido de ida y robarnos la copa de la cocina del mismísimo diablo. Era el guion perfecto para algún filme de superación deportiva, el trillado “David contra Goliat” bíblico que los periódicos han desgastado a placer, el óctuple campeón contra el novato retador.

Pero lamentablemente la historia a veces se fatiga de fabricar héroes y un minuto antes de acabar el primer tiempo el Tren Valencia con un cabezazo fulminante se encargó de recordarnos por qué nos apodan el equipo canario.

Final del partido con un 2-0 que fue poco y ese silencio avasallador característico de la derrota que se esparció como una plaga por la ciudad. En cuestión de noventa minutos, la capital de Santander se había convertido en un sepulcro, toda Bucaramanga estaba oficialmente muerta.

Hoy, 67 años después de fundados y con las vitrinas polvorosamente vacías, estamos a media cuadra de ser fácilmente el peor equipo de Colombia. Pero más allá del ‘bullying’ recurrente de tus amigos, las decepciones constantes cada fin de semana y entrar en la historia por lo mal que juegas al fútbol, nunca haber sabido lo que es ganar tiene su encanto, y no hablo del ridículo “perder es ganar un poco” con el que le inyectaron mediocridad a toda una generación. Es el mantener viva esa ilusión de que algún día será tu turno de sentir esa alegría que todos los demás ya conocen.

Creer en las causas perdidas tiene una mística que la facilidad de las atronadoras ganancias no conoce.

Y entonces llega el Leicester City, un humilde equipo coleccionista de fracasos durante 132 años que esta semana le enseñó al mundo las ventajas de siempre perder: te vuelves inmune a las derrotas, valoras mejor las pequeñas conquistas y saboreas al doble las míticas victorias. Aprendes a persistir aun cuando no tienes ninguna razón para seguirlo haciendo y te vuelves un optimista irremediable.

Mientras tanto, Bucaramanga espera con la firme convicción de que el otro año será, como lo hicieron por más de un siglo los leicesterianos, hasta que un día tuvieron razón.

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