Parisinos ocupan 7.000 habitaciones alquiladas de menos de 9 metros

Para muchos, el ‘hogar, dulce hogar’ es solo un sueño, pues deben vivir en las buhardillas que habitaban las criadas del siglo XIX.

 
Las buhardillas en la 'ciudad luz' se adaptan como vivienda
Getty

Estos cuartos son unas ‘jaulas’ de máximo 3 por 3 metros cuyo alquiler es ilegal. La fundación Abbé Pierre lanzó el lunes una campaña para denunciar las precarias condiciones de la vivienda en Francia y para reclamar a los políticos y a los ciudadanos que se movilicen.

Iván López, un mexicano de 35 años que trabaja de recepcionista, sube cada día al último piso donde le espera su “casa”, un espacio de 6,8 m2 bajo techo donde es casi imposible respirar cuando hace calor.

“Trabajo de noche, por la mañana vuelvo a mi casa y hace muchísimo calor, no puedo dormir”, explica.

A pesar de tener dos empleos con contratos a tiempo indefinido, no puede pagarse otra cosa que esta habitación de 370 euros al mes, donde vive desde hace ocho años.

A duras penas caben una ducha, una nevera y una cama, que le sirve también de sofá y para guardar sus cosas.

“No tengo garante [la persona que garantiza el alquiler en caso de impago], no tengo familia en París y tengo acento extranjero”, dice para explicar los rechazos de las agencias inmobiliarias de alquilarle algo más grande.

En el noreste de París, en un barrio elegante del distrito XVII, Victoire Ratrimoson, de 67 años, sube a duras penas los seis pisos que le llevan a su casa.

Esta mujer llegó desde Madagascar a París en 2011 para trabajar limpiando en la casa de una familia del edificio, que la instaló en la pequeña habitación.

Pero un día la familia cambió de casa e intentaron echarla. “Me dijeron ‘Ya no le necesitamos, hemos encontrado a alguien por 400 euros al mes'”, explica Victoria con la voz quebrada.

‘Albergue’

Desde entonces, a la espera de algo mejor, lucha por quedarse en esta habitación de 7,50 m2 pero pasa la mayor parte del tiempo fuera.

“Casi no vivo aquí. Es como si fuera un albergue como cuando estás de viaje”, explica en la habitación, que no tiene ni ventilación ni calefacción, con estanterías llenas a rebosar.

Tanto Victoire como Iván esperan que su vivienda sea reconocida oficialmente como “vivienda no apta para vivir”, lo que impediría su expulsión y obligaría al propietario, o en su caso al Estado, a realojarlos en una vivienda en condiciones.

Pero según la fundación Abbé Pierre, el Estado, a través de sus agencias regionales de salud, es reacio a este tipo de reconocimiento.

“Ahora mismo hay en París 7.000 habitaciones de servicio que se usan como residencia principal y tienen menos de 9 m2. En su mayoría, el Estado no quiere reconocer que son insalubres”, denuncia Sarah Coupechoux, responsable de las habitaciones parisinas dentro de la fundación.

Según Emmanuelle Beaugrand, responsable de la agencia regional de salud de París, cada año se declaran como no aptas unas 60 viviendas, una cifra que va “en aumento”.

Pero reconoce que un local no puede ser considerado insalubre sólo en función de sus metros cuadrados, según una sentencia de 2013 del Consejo de Estado, la mayor instancia judicial administrativa de Francia.

“Una habitación de entre 7 y 9 m2 no la declaramos sistemáticamente [como no apta]. Tiene que haber otros criterios, como la configuración del lugar o si hay o no aperturas al exterior”, explica.

Consciente del problema específico de París con sus cerca de 115.000 ‘chambres de bonne’ —donde las familias burguesas alojaban a sus criadas en el siglo XIX y hasta entrado el XX—, Ian Brossat, adjunto del departamento de vivienda del ayuntamiento, promete un plan “muy pronto” para resolver el problema.

Las buhardillas se negocian a precio de oro, con precios de hasta 11.000 euros el metro cuadrado en los distritos más caros.

Tras 15 años, Albert Verdier, de 56 años, que trabaja dos veces por semana como un pinche de cocina en el parlamento francés y el resto de días de conserje, acaba de abandonar su casa de 6,5 m2, que pagaba 350 euros al mes, y ahora vive en 19 m2, donde por fin puede cocinar.

“Al principio me decía que no era posible y creía estar soñando”, dice aliviado.

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