Del concreto a la selva: un recorrido por Amazonas que se debe hacer

Viajes y turismo
Tiempo de lectura: 7 min
Escrito por:  Fabián Andrés Murcia Monroy
Actualizado: 2026-07-03 15:56:42

Así es la experiencia de conocer uno de los destinos más hermosos de Colombia, con riqueza natural y una valiosa cultura indígena.

Un día antes de que Decameron Ticuna nos invitara a conocer varias de sus mejores experiencias en el Amazonas, mi vista era cemento, trancones, ruido inmisericorde de los carros y vendedores de láminas del Mundial. Luego, tras tomar un vuelo de 2 horas, la inmensidad del bosque de selva que rodea a Leticia se deja ver con unas nubes que apenas rozan sus copas.

Quiero invitarlos a que se animen y conozcan una parte del departamento más grande del país, pero con menos habitantes: Amazonas. Un destino al que se resiste muchas veces el turista por la mala fama de los mosquitos o algunos temas de orden público, o porque llueve sin avisar. Ninguna de estas cosas las viví, así que anímese y toque por sí mismo la expresión máxima de la naturaleza.

Al llegar se van a encontrar con una sorpresa: el aeropuerto de Leticia es más moderno y bonito que la mayoría de los que hay en el país; la humedad es menor de la que pude haber presupuestado, y el sol es la mayor fuente de vitamina D, sin contaminación, sin nada entre la tranquilidad y el descanso.

A tan solo 5 minutos de ahí, está el Decameron Decalodge Ticuna, un hotel que tiene todas las comodidades necesarias muy bien integrado a los paisajes de la selva. Un oasis de descanso para los turistas que durante el día navegan el río, caminan por los bosques o conocen comunidades indígenas selva adentro. Una piscina enorme para relajarse y unas villas con aire y hamacas, apenas para recuperar las fuerzas.

Apenas nos registramos, subimos a la van y directo Mundo Amazónico en el kilómetro 7, un ecoparque orientado por indígenas ticunas, una inmersión de cómo viven los nativos en sus territorios, los rituales en las Malokas; hicimos tiro con arco y flecha, algo que parecería fácil, pero que no opera con sentido común. Para sobrevivir en la selva, hay que ser un buen cazador.

De regreso a Leticia, al finalizar la tarde justo cuando el sol está cayendo, fuimos a la Plaza Santander a escuchar y ver una maravilla de la naturaleza: miles de aves llegan juntas al lugar armando un concierto que te eriza la piel, volando en manada, posándose en los árboles con un potente y canto que relaja y encanta. Eso lo puede hacer hasta las 6 pm, luego un piscinazo hasta las 7, cenar y a descansar.

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En el segundo día el madrugón fue real. Fuimos al muelle y a la lancha, ahí nos dieron recomendaciones para caminar por la selva con seguridad. Navegamos más de 100 kilómetros por el río Amazonas, que no es cualquier cosa; se siente diminuto ante tanta inmensidad. Hubo momentos de un silencio increíble, solo interrumpido por el sonido del agua y el canto de algún pájaro. Paramos un par de veces buscando los famosos delfines rosados, y tuvimos suerte… ¡Un momentazo! Pero el objetivo real estaba claro: la Isla de los Micos.

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Cuarenta y cinco minutos de lancha rápida y ahí estábamos, en la puerta de una reserva enorme de 400 hectáreas protegidas por Decameron, donde miles de micos ardilla aparecen en el sendero para arroparte y jugar entre ellos. Se te suben por los hombros, te tocan la cabeza, son bien chismosos porque quieren saber todo de ti. Pero son respetuosos, no roban nada, lo hacen nada que no sea admirarlos. Eso de alimentarlos o tocarlos es cosa del pasado, ahora ellos también exigen respeto.

En la isla también conocimos a una comunidad indígena local. Es increíble el ingenio y el talento que tienen para labrar cosas. Ahí le venden artesanías preciosas, todas hechas a mano con una dedicación que lo dejará pensando. Uno se da cuenta que con lo poco que tienen, logran cosas increíbles y se buscan la vida de una forma muy digna.

De ahí saltamos a la Reserva Natural Flor de Loto, un espacio pensado para la tranquilidad y la admiración de estos hábitats. Tres guacamayas nos reciben majestuosas y coloridas antes de pasar al lago donde están durmiendo las flores de loto. Esta hoja flotante es una maravilla, hasta te puedes subir en una réplica y tomar fotos espectaculares.

Nos queda el tiempo suficiente para ir a Macedonia, un resguardo indígena sobre la ladera del río. Ahí abuelas indígenas representan con cantos y bailes ancestrales el ritual de la Pelazón, el que marca el paso de una niña a mujer y que consiste en quitar el pelo de la adolescente en una fiesta que dura 3 días con sus noches.

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Al finalizar el día fuimos a la esquina más sur del país, Puerto Nariño. Desde una torre vestida de jaguar se puede divisar la inmensidad del río amazonas desde Colombia hasta la frontera con Perú. En este sitio se debe pagar 30.000 por el ingreso, pero vale la pena. Todos los servicios del estado están ahí, y la comida es espectacular.

De regreso a Leticia, el viaje en lancha es de unas dos horas, donde el sueño es el rey. Todos veníamos dormidos mientras el río nos arrullaba con su sonido, el de la naturaleza y la refrescante brisa.

Otra vez a la piscina, una cena deliciosa con jugo de lulo del amazonas, una versión exquisita del famoso pesado de río llamado ‘pirarucú’, una repaso a las emociones logradas y a descansar hay que madrugar para regresar a la ciudad.

Mi recomendación es que al menos una vez en la vida cada colombiano pase por Amazonas, también hace parte importante de nuestro pasado y, sobre todo, de nuestro futuro. Conocer, deslumbrarse, comer rico y descansar, todo se puede en 4 días, o 3 como fue nuestro caso, la experiencia es para toda la vida.

Gracias a todos los guías que hicieron parte de esta travesía, todos con una buena onda, conocimiento y cuidado por nuestros recursos naturales.

Costos de un viaje al Amazonas por Decameron

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