La literatura como memoria: cómo los libros y la lectura transformaron a Barcelona, Quindío, y a sus niños

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La literatura en Barcelona, Quindío, es llave para reconstruir la memoria tras la tragedia del 99.

La literatura, por encima de ser un arte o una fuente de placer individual, cumple el papel fundamental de ser una forma de establecer vínculos con el territorio y de grabar en la memoria colectiva aquellos lugares que habitamos. Es posible identificar tanto territorios físicos, como los geográficos, como otros escenarios menos concretos pero igualmente significativos, tales como la infancia o la adolescencia. Estos espacios se convierten en materia prima en la que se moldea el transcurso vital, fusionando tiempo y espacio en una relación inseparable de la que van surgiendo las múltiples facetas que atraviesa el ser humano a lo largo de su existencia.

En este contexto, Barcelona —el corregimiento quindiano—, se funda también en la palabra, al ser relatada y evocada en las voces de sus habitantes más antiguos. Algunos, desde la melancolía de la independencia, otros en el romanticismo de figuras como José Rubén Márquez, o desde la poesía contestataria de Fernando Ángel, quien también es conocido por su labor como historiador. No falta, en ese entramado literario, la evocación de la narración bañada por el río Verde o la aparición de personajes fundacionales como Clara, parte esencial en la obra de Alister Ramírez Márquez.

Juan Felipe Gómez, escritor radicado en Barcelona, trabaja la memoria a través de sus cuentos, premiados en distintos certámenes, sus columnas de opinión en La Crónica del Quindío y profundas reflexiones sobre la música, sea esta del ámbito universal o local. Gómez, quien despuntó como uno de los pioneros del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, ha destacado por su labor en la formación de lectores y sus habilidades como mediador en procesos de lectura. Su prosa, certera y disciplinada, ofrece a Barcelona una visión renovada, situada en la contemporaneidad, pero siempre enraizada en el tejido de la memoria.

El terremoto que devastó parte del Eje Cafetero en 1999, lejos de representar únicamente una desgracia colectiva, constituyó para Gómez el punto de partida de su pasión por la lectura y la escritura, según él mismo ha confesado. Esta experiencia, suscitada durante su estadía en Barcelona a los 12 años, fue determinante en su trayecto como lector, y de forma inevitable, en su posterior voz como narrador.

Durante aquellos días, su llegada junto a la familia al corregimiento y la convivencia con los abuelos maternos moldearon la percepción sobre el territorio. Recuerda cómo la idea de que Barcelona perteneciera a Calarcá apenas comenzaba a cobrar sentido en su mente infantil, y cómo se hablaba del “corregimiento más grande del país” y de la anhelada independencia administrativa, tantas veces personaje en los discursos de los políticos locales.

De todos modos, más allá de las disputas territoriales, Barcelona fue el telón de fondo de una adolescencia marcada por los cambios y la incertidumbre de finales de siglo. En un ambiente rural, la gran casa de los abuelos, rodeada de cafetales, armarios repletos de libros y un pequeño televisor, constituía el escenario propicio para la imaginación, las travesuras y el descubrimiento. Gómez narra cómo las tardes posteriores a la escuela se alternaban entre aventuras infantiles y el asombro frente al programa televisivo “La brújula mágica”, que le proporcionó un primer acercamiento a la literatura y estimuló su curiosidad.

El acceso a una enciclopedia infantil, “El Mundo de los Niños”, marcó profundamente su relación con los libros. En especial, el volumen “Niños de todo el mundo” le permitió conocer relatos de distintos países, despertar la imaginación y conectar sus propias vivencias con historias remotas pero identificables. El terremoto destruyó la casa y, en el caos posterior, murió también ese libro preciado; sin embargo, años después, un azar afortunado permitió a Gómez reencontrarse con el volumen perdido, confirmando que la literatura, y los libros concretos que la encarnan, constituyen llaves para la memoria y la formación de quienes somos.

¿Por qué es importante la mediación de lectura en las comunidades?

La mediación de lectura resulta fundamental en la construcción de identidades, sobre todo en contextos donde las experiencias compartidas y la tradición oral tienen un papel protagónico, como en el caso de pequeños corregimientos o municipios. Según se desprende de la experiencia de Juan Felipe Gómez, la labor de promover el encuentro con los libros va más allá del simple fomento del hábito lector: contribuye a fortalecer los vínculos sociales, preservar la memoria colectiva y brindar herramientas de autoexpresión, especialmente en la infancia y la adolescencia.

En territorios como Barcelona, donde los episodios históricos o las particularidades del entorno rural pueden quedar fuera de las narrativas dominantes, la mediación permite recuperar esas voces y relatos. De esta manera, no solo enriquece la vida cultural de sus habitantes, sino que genera una mayor conciencia de pertenencia y de valoración tanto de la literatura como de la comunidad misma.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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