La retratista invisible: la historia de Amparo Zapata y el arte que resiste a la era de las selfies
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Visitar sitioEntre retratos y resignación: Amparo Zapata guarda su arte, pero ¿por qué su oficio lucha por sobrevivir?
Retratar a Amparo Zapata resulta tan complejo como reconstruir su historia a través de los más de 300 rostros que ha plasmado en papel. Por más de dos décadas, Zapata fue una figura habitual en el centro de Medellín, especialmente en la esquina de la Avenida Oriental con la calle La Playa, donde, sentada frente a una pared desnuda—la de la Clínica Soma o la de algún parqueadero—, instalaba su caballete y exhibía decenas de retratos para los transeúntes. Allí, de espaldas al bullicio de la ciudad y bajo la inclemencia del sol y la lluvia, entregaba su atención a la búsqueda paciente de un gesto fugaz en los rostros de las personas que pasaban. Sin embargo, el último año significó un punto de quiebre: guardó sus materiales en su casa del barrio Robledo y dejó la esquina que la había visto sobrevivir tanto tiempo.
Aunque en ocasiones ella misma y otros ponen en duda el valor artístico de su oficio—considerando que el retrato es un arte de otra época, opacado en estos tiempos de selfies—hay quienes, por el contrario, la reconocen como un patrimonio viviente de la ciudad. El Mundo le dedicó un perfil en 2004 titulado “La dibujante de retratos”, mientras que El Colombiano le hizo un seguimiento más reciente en 2021 con “Amparo, autora de un muro de historias en La Playa”. En ambos casos, los artículos enfatizaron las dificultades económicas que atraviesa. Hoy su realidad no ha cambiado: Amparo ha interrumpido su trabajo de retratista y contempla volver a los talleres de confección, un entorno en el que nunca halló paz.
Este ir y venir es una constante: recurre al dibujo para ganarse la vida, pero cuando las dificultades arrecian regresa a las fábricas textiles, donde el trabajo la ahoga. La única tregua, según sus palabras, la encuentra frente al papel, en el desafío de capturar la identidad de los demás. Su formación es intuitiva, nacida del placer de dibujar sin paso por escuelas ni academias, marcada por la vida inestable junto a su padre, quien trabajaba para el Ferrocarril de Antioquia y mudaba a la familia de un pueblo a otro al primer asomo de rutina.
Amparo ha huido casi de todo: de la escuela, de un hogar severo, de una vida marginal, y hasta de sí misma cuando la tristeza la invade. Entre las vueltas de la vida, un grupo espiritual, la Gnosis, y una relación turbulenta la llevaron de nuevo al dibujo, que redescubrió como un talento y, sobre todo, como una tabla de salvación económica. Así se afianzó en las aceras de Junín, la Oriental, o cualquier esquina con suficiente tránsito. Aprendió a retratar midiendo a simple ojo, hasta que la mirada de sus modelos traspasaba sus propias certezas y se transformaba en líneas y sombras.
La escasez permea todo: los materiales son costosos y el trabajo nunca es seguro. Muchos suponen que los retratos valen apenas lo suficiente para cubrir materiales, cuando la realidad es mucho más dura. Por eso ella vendía cigarrillos y cafés junto a sus dibujos, para asegurar el sustento diario. Hoy, con los caballetes guardados en su modesta casa de Robledo, Amparo observa cómo sus retratos se amontonan como reliquias, a la espera de un tiempo en que puedan volver a ser vistos. Ella, casi resignada, afirma que de eso no puede vivir; la nostalgia y la percepción de no haber sido reconocida la acompañan, mientras sueña, tal vez, con reencontrarse en los ojos ajenos.
¿Por qué el retrato tradicional, como el de Amparo Zapata, ha perdido valor en tiempos de selfies y redes sociales?
La pregunta surge de una realidad latente para artistas como Amparo Zapata, quienes han dedicado su vida a un arte pausado y observador, como es el retrato a mano alzada, en una época dominada por la inmediatez digital. Según perfiles publicados en medios como El Colombiano y El Mundo, tanto la artista como algunos espectadores consideran que el retrato personal ha perdido relevancia frente a prácticas contemporáneas, donde la imagen se multiplica y se consume de manera rápida en redes sociales.
Para Amparo, la tarea de retratar implica días, incluso semanas, de minucioso trabajo, mientras que una selfie se toma en segundos y puede alcanzar una enorme difusión en internet. Las dificultades económicas que atraviesa reflejan el desplazamiento de ciertos oficios tradicionales en la economía y cultura actuales, planteando interrogantes sobre la sobrevivencia de prácticas artísticas en un mundo digitalizado.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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