"Quise morir en ese instante": un periodista palestino denuncia que fue violado en una cárcel israelí

Mundo
Tiempo de lectura: 11 min
por: 

France 24 la componen cuatro cadenas mundiales de información continua (en francés, árabe, inglés y español), que emiten las 24/7 en 355 millones de hogares en los 5 continentes. France 24 cuenta con 61,2 millones de telespectadores semanales (medición realizada en 67 países de los 183 en los que se emite al menos una de las cadenas) y es el primer canal internacional de noticias en el Magreb y en África francófona. Su redacción, compuesta de 430 periodistas con más de 35 nacionalidades distintas, ofrece desde París un enfoque francés sobre el mundo y se apoya en una red de 160 corresponsalías que cubren prácticamente la totalidad de los países del mundo.

Visitar sitio

Sami Al-Sai fue detenido por Israel mientras ejercía su oficio como freelance. Nunca le informaron de los cargos ni tuvo acceso a un abogado. Durante 16 meses, cuenta que sufrió todo lo que ya han documentado organizaciones israelíes y palestinas, y hasta exhiben, en parte, el Gobierno y el sistema judicial israelíes: torturas, golpes, hambruna y abusos sexuales, que tienen lugar en sus centros y prisiones. Sin embargo, nunca imaginó tal nivel de agresión ni que enfrentaría el deber moral de contarlo. *El texto contiene descripciones de extrema violencia.

Poco después de ser detenido en febrero de 2024, Sami Al-Sai deseó morirse. Era imposible, pero, de algún modo, antes de entregarse a la muerte le llegó a pedir a la vida ver a su hija recién nacida, la única de sus seis hijos –dos niñas y cuatro niños– a la que Israel le había truncado conocer.

Fuera de ese dolor extremo y de esos pensamientos, unos guardias de prisión israelíes se reían fuerte (Al-Sai dice que intuyó entre cuatro y seis voces, una era de mujer) mientras le violaban múltiples veces con una porra y otros objetos.

Antes del ataque, describe que lo tiraron al suelo de un cuarto estrecho y maloliente donde le quitaron los pantalones y los calzoncillos. Durante el ataque, no hubo un solo instante en el que no le golpearan en todo el cuerpo; también insultaron a su esposa, desearon que la violaran, y a los periodistas, en general.

Y, tras el ataque, uno de ellos le estrujó los genitales, y otro se paró de pie encima de su cabeza y de su cuello.

Esposado y con los ojos vendados, sufriendo un dolor agónico, el grupo lo dejó tirado e hizo una pausa para fumar.

“No esperaba que me pasara esto. Creí que me golpearían y me llevarían a la celda. Luego sentí que algo intentaba entrar en mi trasero. Como cualquier persona, intenté evitarlo apretando los músculos, pero fue tan doloroso que perdí los estribos. Fue muy duro, quise morir en ese instante. No sé cuánto grité, no sé cuánto duró, quizás 20-25 minutos, pero quería que terminara lo antes posible“, detalla a France 24.

En el momento del abuso, Al-Sai, de 47 años, rememora que oyó como uno de los guardias advirtió al resto, en hebreo: “No saquéis fotos, no filméis”. Asegura que intervino para que dejasen de documentar el delito, no para evitarlo.

“Me pegaron para que me levantara –completa–. Reuní fuerzas para hacerlo, pero me caía una y otra vez. Insistían. Caminé unos pasos, me senté en el suelo, y me amenazaron con que si no me levantaba, moriría. Caminé despacio, me detuve y sus voces se apagaron”.

Volver del “infierno” y contar “la difícil historia”

Esta violación en la cárcel israelí de Megiddo no fue la única tortura que sufrió Sami en 16 meses de detención administrativa (hasta junio de 2025), que es el mecanismo con el que Israel prolonga el encarcelamiento de los palestinos sin presentar cargos ni permitirles un juicio, o, en el caso de este periodista, defenderse de la acusación (sin pruebas) “de ser miembro de Hamás”.

Como actualizó en enero la ONG israelí B’Tselem, tras una investigación inicial de agosto de 2024, hoy las cárceles israelíes son “el infierno”; son “una red de campos de tortura para los palestinos”, con un sistema de abusos que empeoran a diario y que, entre la “hambruna deliberada” y la “negligencia médica”, incluyen violaciones y otras formas de agresión sexual como desnudamientos forzados.

La particularidad de “la difícil historia” de Sami Al-Sai es que son escasos los hombres que en Jerusalén, Cisjordania o Gaza admiten que fueron agredidos sexualmente bajo custodia de Israel, y aún son más contados los que deciden hacerlo público.

Entre las razones, la amenaza israelí de no exponer la realidad carcelaria y el miedo a ser rearrestados (como ocurrió con el testimonio de Muazzaz Abayat, a quien entrevistamos en 2024 y desde hace un año nadie sabe su paradero).

Aunque lo más complejo es desafiar el estigma social: los hombres se culpan de pérdida de masculinidad, temen el rechazo de la pareja, el dejar de ser el cabeza de familia; mientras la sociedad tiende a culpar a las víctimas o a pensar que todos sufren una “difícil historia” bajo la ocupación de Israel.

Tras la agresión él estuvo sangrando más de tres semanas. El día del hecho “no quería decírselo a nadie”. Regresó a una celda abarrotada, se duchó como pudo y pidió a unos jóvenes que le pasaran fajos de papel higiénico para detener la hemorragia.

“Durante mi encarcelamiento, solo le conté a dos personas lo que me había sucedido. Ambos eran condenados a sentencia perpetua”, precisa Al-Sai, consciente de que nunca lo iban a contar.

Pensé que era el único violado. No entendía, estaba en un estado psicológico difícil. Pero cuando pregunté a otros sobre el panorama general, me dijeron que había muchas palizas y muchas violaciones. Sobre todo a jóvenes. Violados con perros, o por guardias o detenidos. ¿Es esto posible? También me contaron de asesinatos. Me impactó mucho”.

Dice Sami que indagar entre sus compatriotas le resultó, en parte, “positivo” para salir de su “crisis psicológica”.

Cuando lo liberaron y regresó a casa, omitió su abuso en el hospital que lo revisó. Estuvo 40 días leyendo testimonios de exdetenidos en Internet, mirando, preguntando. Y fue entonces cuando se dispuso a hablar con su familia y publicar en redes sociales su historia.

Decidí hablar porque tengo una responsabilidad moral y profesional como periodista. Soy como un canal con la gente sobre lo que me pasó a mí y sobre lo que están pasando mis hermanos (los prisioneros) que dejé atrás”, contesta, aludiendo a los más de 10.000 palestinos que se estiman en centros y prisiones israelíes, casi la mitad sin cargos, y con al menos 100 muertos bajo custodia.

“Oí a presos chillando, siendo torturados y golpeados”

Originario de Tulkarem (en el norte de Cisjordania), Sami Al-Sai comenta que él solía entrevistar y ahora él es el entrevistado.

Este febrero, el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) también lo ha incluido en su informe sobre los al menos 95 profesionales de medios, la mayoría de Cisjordania, que ha arrestado Israel desde el 7 de octubre de 2023, tras la masacre de Hamás y la matanza en curso en Gaza, calificada como “genocidio” por múltiples expertos y grupos de Derechos Humanos.

30 de ellos todavía siguen detenidos, uno murió en un bombardeo israelí, cinco escogieron no hablar y 59 optaron hacerlo. Todos menos uno afirman que fueron objeto de torturas y casi todos sufrieron hambre prolongada y desnutrición.

Cuando Al-Sai fue llevado a una de las tres cárceles por las que pasó –en Huwara estuvo 12 días, en Megiddo 19 y finalmente, en Ramon, los 15 meses– escuchó las voces de un gran número de presos que chillaban mientras eran agredidos y otras más autoritarias que les gritaban sobre “el gran Israel”; en otra, en una de las tantas celdas hacinadas en las que convivió, se asustó y sintió miedo al ver a jóvenes “muy débiles, con el pelo y las uñas largas”.

Las manos atadas, los ojos cubiertos, la desnudez forzada y las humillaciones y golpes en cualquier parte del cuerpo fueron hechos constantes (los golpes al menos cuatro veces por semana), precisa a France 24.

Pero cuando nos sumergimos en desgranar cada vivencia, resurge “el terror” que experimentó y que le causó pasar de 83 a 55 kilos de peso.

El uniforme que vestía tenía rastros de sangre y agujeros de bala y la primera vez que vi la comida, no era comida humana –denuncia–. Aquello podía haber sido pollo, con arroz remojado en agua o frijoles. Nos sometieron al hambre sistemática. Durante 15 meses ayuné como el resto, que juntaban cucharadas para crear un almuerzo y sentirse llenos. Una vez, uno de los presos soñó que lo liberaban y que la familia lo esperaba con un dulce; eso, la sal, las especias, están prohibidas”.

Ídem para intentar dormir. Imposible. Sami cuenta que si no era por el dolor de las golpizas, eran insectos que les “comían” o “la constante intrusión” de los guardias israelíes que los privaban del sueño y los “arrastraban y golpeaban” con distintas herramientas.

Tampoco recibió visita o asistencia legal. Fue a una revisión médica por sangrado de las encías y salió con más agresiones.

Y, solo un mes antes de salir, supo por su mujer –en una llamada en contexto de los preparativos– de que su hijo, al que le había donado un riñón antes de ser capturado, llevaba un año necesitando una muestra de su sangre, pero la administración de la cárcel se la había denegado en dos ocasiones. A la tercera, pudo mandársela.

Impunidad israelí vs. Justicia internacional

Si esta entrevista se desarrolló en la ciudad de Qalqilya y no en Tulkarem es porque este periodista ha terminado pagando un alto precio por hablar de su violación. “Quiero empezar una nueva vida”, se refiere, determinante, Sami Al-Sai.

Ha tenido que alejarse de quienes no aceptan, moralmente, su testimonio, además de dificultades para encontrar trabajo y mantener a su familia.

Aún así, con ayuda en Cisjordania y esfuerzos desde el exterior, revela que está preparando su caso ante la Corte Penal Internacional para denunciar “qué está pasando con los prisioneros palestinos”.

“El derecho humanitario establece normas inequívocas para el tratamiento de los detenidos, y es necesario que haya una rendición de cuentas significativa por el incumplimiento de estas normas”, defiende Jodie Ginsberg, directora ejecutiva del CPJ.

Sin embargo, Israel lleva desde octubre de 2023 negando el acceso total a la Cruz Roja, y la asistencia de los abogados es mediante autorizaciones muy puntuales.

Y, mientras el ministro de Seguridad israelí, Itamar Ben-Gvir, celebra estas “condiciones abominables” hace tours carcelarios a medios en hebreo y permite que un grupo de feligreses judíos recorra una prisión que guarda a miembros de Hamás que participaron en la masacre del 7-O, los prisioneros palestinos están a ciegas y muchas familias no saben ni su ubicación ni si están vivos o muertos.

“Cuando entré me hicieron cientos de preguntas. Hablaban incluso desde otras celdas. ‘¿La guerra (en Gaza) terminó? ¿Hay trato? ¿Cómo está la situación?’. No tienen ni idea. Están totalmente desconectados”, sentencia Al-Sai con tristeza.

Temas Relacionados:

Te puede interesar

Sigue leyendo