Nuevos equilibrios y desafíos políticos en el noreste de Siria

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Tras años de líneas de frente congeladas, el avance de Damasco en el noreste y el repliegue de las fuerzas kurdas alteran el equilibrio de poder interno. La negociación sobre autonomía, derechos de las minorías y centralización del Estado se convierte en el nuevo campo de batalla político de Siria. 

Por primera vez desde el inicio de la guerra en Siria, el noreste del país ha dejado de ser una periferia congelada para convertirse en el epicentro donde se redefine el Estado post-Assad.

El cruce reciente de las fuerzas gubernamentales sobre el Éufrates —una línea de agua que durante una década funcionó como frontera de facto entre dos órdenes políticos, ha precipitado el colapso de la autonomía kurda y abierto una fase de negociación incierta sobre integración, derechos y reparto de poder.

Al mismo tiempo, en el sur, los drusos de Suwayda reclaman márgenes propios de autogobierno. Siria entra así en una etapa donde la cuestión territorial ya no se dirime solo por las armas, sino en la arquitectura del nuevo Estado.

Durante más de una década, la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES), dominada por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), gobernó un tercio del territorio con el respaldo militar estadounidense y el prestigio adquirido en la lucha contra el Estado Islámico.

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Su modelo, inspirado en el “confederalismo democrático” de Abdullah Öcalan, fue presentado en Occidente como una excepción pluralista en un país devastado. Sin embargo, bajo la superficie, se consolidó un sistema de poder rígido, centralizado y poco permeable a las sociedades árabes que constituían la mayoría demográfica de la región.

Como resume Basil Obaid Ahmad, analista sirio, “el problema no era solo la disputa con Damasco, sino la brecha creciente entre las FDS y las comunidades que decían representar”, citando informes recientes sobre Hasakah y Deir ez-Zor.

La Administración autónoma terminó reproduciendo prácticas de control político, censura y detenciones arbitrarias que recordaban al régimen que decía haber sustituido.

La prohibición de símbolos nacionales, la persecución de expresiones favorables al nuevo Gobierno de Ahmed al-Sharaa y la criminalización de opositores internos erosionaron su legitimidad entre tribus árabes y parte de la propia población kurda.

¿Quién ejercerá el monopolio de la fuerza?

Esa erosión explica la rapidez del derrumbe. A comienzos de enero, tras el fracaso de meses de negociaciones patrocinadas por Washington, las fuerzas de Damasco avanzaron hacia el este.

En paralelo, tribus árabes en Raqqa y Deir ez-Zor se sublevaron contra las FDS. La retirada kurda fue acelerada, más social que militar.

“La autoridad de las FDS colapsó allí donde había perdido el consentimiento de la población”, observa Armenak Tokmajyan, del Carnegie Middle East Center.

El acuerdo de alto el fuego del 18 de enero, mediado por Estados Unidos, formalizó la nueva correlación de fuerzas.

Las FDS aceptaron entregar Raqqa y Deir ez-Zor, transferir los campos petroleros y los pasos fronterizos al Estado central y disolver sus estructuras administrativas en Hasakah.

A cambio, Damasco prometió “proteger el carácter especial de las zonas kurdas” y reconocer derechos culturales y lingüísticos. Pero el texto deja abiertas las cuestiones cruciales. ¿Qué grado de autonomía real conservarán las ciudades kurdas? ¿Cómo se integrarán los combatientes? ¿Quién ejercerá el monopolio de la fuerza?

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Las divergencias emergieron de inmediato. Las FDS aspiraban a mantener unidades propias y un control local de seguridad; Damasco exige integración individual en el Ejército y plena soberanía territorial.

“Para el Gobierno, aceptar enclaves armados sería perpetuar el modelo de fragmentación heredado de la guerra”, señala un diplomático occidental a France 24.

Para las FDS, en cambio, perder su aparato militar equivaldría a quedar expuestas frente a Ankara y a una eventual recentralización autoritaria.

El eco de la reorganización de poderes va más allá de las fronteras 

El trasfondo internacional pesa tanto como el local. Turquía ha convertido la eliminación de una entidad kurda autónoma en prioridad estratégica.

Estados Unidos, aunque garante del acuerdo, ha dejado claro que su presencia militar no será indefinida. Rusia reaparece como actor de retaguardia. E Israel observa con ambigüedad: debilitada la apuesta por una Siria fragmentada en el norte, concentra ahora su interés en consolidar una zona colchón en el sur.

Es precisamente en el sur donde resuena el eco del noreste. En Suwayda, líderes drusos han explorado fórmulas de autogobierno desde la caída de Al-Assad, alentados parcialmente por Israel y por el temor a un poder central dominado por antiguos islamistas.

“La cohesión de Siria se decidirá en el noreste, pero sus repercusiones alcanzarán el sur”, advierte Tokmajyan.

Si Damasco logra integrar a los kurdos sin recurrir a una reconquista violenta, su autoridad se reforzará también frente a las demandas drusas. Si fracasa, el riesgo de una nueva lógica de enclaves resurgirá.

Ahmad al-Sharaa intenta equilibrar firmeza y concesiones. Su decreto de enero reconociendo derechos culturales kurdos y declarando el Nowruz fiesta nacional busca enviar una señal inclusiva.

Pero los kurdos exigen garantías constitucionales, no solo promesas presidenciales. La desconfianza acumulada por décadas de represión estatal y por el reciente colapso de la autonomía pesa sobre cada mesa de negociación.

Más allá de los cálculos estratégicos, subyace una cuestión más profunda: cómo reconstruir la confianza política en un país donde tanto el viejo régimen como los actores que lo sustituyeron gobernaron mediante vigilancia, lealtades forzadas y miedo.

Detenciones por cantar, por exhibir una bandera o por publicar una fotografía, según testimonios desde Hasaka, donde recuerdan que la revolución siria no se hizo solo contra una dinastía, sino contra una cultura política autoritaria.

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El riesgo ahora es que la reintegración del noreste se limite a un cambio de uniformes.

“La estabilidad no vendrá de sustituir una autoridad coercitiva por otra”, advierte un investigador regional. La verdadera prueba será si el Estado sirio post-Assad puede ofrecer a kurdos, árabes y drusos un marco de ciudadanía compartida donde la diversidad no sea tratada como amenaza sino como componente constitutivo.

Entre el Éufrates y Suwayda, Siria ensaya su futuro. El mapa militar ya ha cambiado. Resta por saber si también cambiará la naturaleza del poder que lo gobierna.

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