La sombra del pacto fallido de 1983 gravita en las nuevas conversaciones entre Israel y el Líbano
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Visitar sitioMientras el Líbano se prepara para reanudar las conversaciones directas con Israel, el fantasma del acuerdo del 17 de mayo de 1983 —que se firmó, pero nunca se aplicó— acecha la nueva ronda de negociaciones. El presidente libanés, Joseph Aoun, y el primer ministro, Nawaf Salam, se enfrentan a una campaña de desprestigio por parte de Hezbolá, que ya ha rechazado cualquier pacto e incluso ha lanzado amenazas veladas contra los dirigentes del país.
Desde el anuncio de una nueva ronda de conversaciones directas entre el Líbano e Israel, programada para este jueves 23 de abril, tras una primera reunión celebrada en Washington a principios de este mes, el presidente libanés, Joseph Aoun, y el primer ministro del país, Nawaf Salam, han sido blanco de una campaña de desprestigio orquestada por simpatizantes de Hezbolá.
El jefe de Estado, que confía en que las conversaciones logren la retirada del Ejército israelí del sur del Líbano y una demarcación definitiva de la frontera común, recibió una amenaza de muerte implícita por parte de responsables del partido chiita.
La amenaza se tomó en serio en Beirut, dado el historial del movimiento proiraní, que tiene algunos miembros condenados por el Tribunal Especial de Naciones Unidas para el Líbano (STL) por el asesinato en 2005 del ex primer ministro Rafic Hariri.
El alto cargo de Hezbolá Nawaf Moussaoui advirtió el pasado sábado 18 de abril en una entrevista con el canal de televisión del partido, ‘Al-Manar’, que si el presidente libanés “quiere tomar decisiones de forma unilateral, no es más importante que Anwar al-Sadat”, en referencia al presidente egipcio que fue asesinado en 1981, tres años después de firmar un acuerdo de paz con Israel en Camp David.
Moussaoui añadió que cualquier negociación o acuerdo entre Israel y el Líbano sería “rechazado, no reconocido y enviado a la papelera, como el acuerdo del 17 de mayo de 1983”.
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Un acuerdo que nunca entró en vigor
Ese pacto de seguridad —que nunca se aplicó— fue firmado oficialmente por Israel y el Líbano por intermediación de Estados Unidos en Khaldeh, cerca de Beirut, durante la guerra civil libanesa (1975-1990). El Líbano, entonces liderado por el presidente Amine Gemayel (1982-1988), se encontraba en aquel momento ocupado simultáneamente por los ejércitos de Israel y Siria.
El embajador Antoine Fattal encabezó la delegación libanesa, mientras que el equipo israelí estuvo liderado por el diplomático David Kimche. Ambas partes se enfrentaron al enviado del presidente estadounidense Ronald Reagan, Morris Draper, subsecretario de Estado para Asuntos del Cercano Oriente.
El acuerdo fue el resultado de 35 reuniones entre israelíes y libaneses celebradas a finales de diciembre de 1982, alternativamente en ambos países. Compuesto por una docena de artículos, estaba destinado a ser un primer paso hacia una paz duradera entre los dos países.
Su preámbulo proclamaba “el fin del estado de guerra” entre los dos vecinos, quienes, en virtud del artículo 2, se comprometían a “resolver sus disputas por medios pacíficos”.
El texto preveía la creación de una zona de seguridad en el sur del Líbano, un calendario para la retirada de las fuerzas israelíes y el compromiso de cada parte de no permitir que su territorio se utilizara como base para “actividades hostiles o terroristas” contra la otra.
Incluso se sugirió la celebración de futuras negociaciones sobre “acuerdos relativos a la circulación de mercancías, productos y personas, así como su aplicación sin discriminación”.
Aunque fue ratificado por el Parlamento libanés, el acuerdo nunca fue promulgado por el presidente Gemayel. En marzo de 1984, fue derogado por el Consejo de Ministros bajo la presión del presidente sirio Hafez al-Assad y sus aliados libaneses de entonces —el señor de la guerra druso Walid Joumblatt y Nabih Berri, líder de la milicia chiita Amal y presidente del Parlamento libanés desde 1992—, todos ellos hostiles a cualquier acuerdo con Israel.
Assad, con no poca ironía, aseguró a Gemayel que la derogación era “una victoria para los pueblos de Siria y el Líbano y de toda la nación árabe” y que su país “permanecería al lado del Líbano en su lucha por la independencia y la soberanía“, a pesar de que su ejército seguía siendo una fuerza de ocupación en el país.
En una reciente entrevista con el diario ‘L’Orient-Le Jour’, el expresidente libanés afirmó que Israel tampoco había querido realmente aplicar el acuerdo del 17 de mayo y lo acusó de haber añadido “cláusulas en el último momento, sobre el texto previamente negociado”, incluida una que exigía la retirada simultánea de Siria del Líbano, lo que en la práctica otorgaba a Damasco poder de veto.
“Era una forma de dar a Damasco un veto (…) Sobre todo porque no teníamos control alguno sobre la decisión relativa a la retirada del ejército sirio”, afirmó.
¿Un veto iraní?
Al ser preguntado sobre este precedente libanés-israelí en relación con la situación actual, Sami Nader, director del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad San José de Beirut, señaló que el contexto regional es totalmente diferente al de 1983.
“En aquel momento, solo el Egipto de Anwar al-Sadat había firmado un acuerdo de paz con Israel”, explicó, señalando que los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Marruecos y Sudán se adhirieron posteriormente a los Acuerdos de Abraham bajo la Presidencia de Donald Trump, mientras que Jordania había firmado un tratado de paz en 1994. “Hoy en día, incluso Siria, que en su día fue el principal obstáculo para el acuerdo del 17 de mayo, está dispuesta a firmar con los israelíes”.
El presidente interino de Siria, Ahmed al-Charaa, declaró el viernes en un foro diplomático celebrado en Turquía que estaba abierto a negociaciones directas con Israel sobre los Altos del Golán ocupados si un acuerdo de seguridad garantizaba la retirada israelí de los territorios sirios recientemente ocupados.
“En 1983, Hezbolá, que acababa de fundarse, aún no tenía voz ni voto en el Líbano. Hoy es el principal obstáculo para tales negociaciones, al igual que su patrocinador iraní, que se opone a los esfuerzos de normalización regional con Israel”, afirmó Nader.
Las conversaciones directas entre el Líbano e Israel privarían a Teherán de su influencia, añadió, porque Irán quiere que el Líbano —a través de Hezbolá— siga siendo una carta estratégica.
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Una “línea amarilla” que “siembra la duda”
Nader también señaló una “diferencia fundamental” entre la invasión israelí de 1982 y la actual, “debido a la famosa línea amarilla trazada por el Gobierno de Netanyahu, que aísla parte del territorio, devastado y despoblado”.
Las autoridades israelíes afirman haber trazado una “línea amarilla” en el interior del sur del Líbano, alegando que su objetivo es proteger a las comunidades del norte de Israel de los ataques de Hezbolá.
En el Líbano, la zona de amortiguación —que se extiende a lo largo de cientos de kilómetros cuadrados desde la costa mediterránea hasta la frontera entre el Líbano y Siria— es considerada por muchos como una nueva frontera unilateral trazada por Israel.
En Gaza, una “línea amarilla” similar establecida tras el alto el fuego de octubre divide el territorio de norte a sur entre una zona controlada por Hamás y otra controlada de facto por el ejército israelí.
Esta línea amarilla “siembra dudas sobre las intenciones israelíes”, insistió Nader. “Porque recuerda a un escenario ya visto en el Golán sirio —un escenario de anexión— y ningún observador puede descartar esa posibilidad con el gobierno de extrema derecha que actualmente lidera Israel”.
“Incluso más que el presidente Gemayel en 1983, el presidente Aoun parece creer que la única forma de que el Líbano descarte tal escenario es negociar, es decir, buscar la paz y, por lo tanto, en cierto sentido, el desarme de Hezbolá, a cambio del territorio conquistado (…) Porque la otra opción, la militar defendida por el partido chií, permite a los israelíes justificar su ocupación en el sur del Líbano”, concluyó.
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Este artículo fue adaptado de su versión original en francés.
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