Brasil en año electoral: ¿cómo un Lula octogenario y un bolsonarismo (sin Bolsonaro) miden fuerzas?

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El 2026 es un año crucial para Brasil. Las elecciones presidenciales serán en octubre, con un mandatario progresista de 80 años buscando la reelección, un expresidente de derechas preso de 70 años que impulsa a su hijo como su delfín y una región convulsa ante las amenazas de Donald Trump. En ese contexto, las dos principales fuerzas políticas de la potencia suramericana repuntan sus esfuerzos por estar en el poder. ¿Cómo y por qué apuntalan sus estrategias?  

El año 2026, en el que Brasil afronta elecciones presidenciales, arrancó con una imagen del presidente Luiz Inácio Lula da Silva que causó revuelo para algunos. En un vídeo publicado por su esposa. Janja, en las redes sociales, se ve al presidente de Brasil, de 80 años, paseando por una playa paradisíaca en bañador.

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Uno de los principales periódicos brasileños, la Folha de S. Paulo, dedicó un reportaje entero a este asunto. El diario consultó a expertos en varias áreas, desde investigadores en actividad física y envejecimiento hasta geriatras y gerontólogos. Estos especialistas destacaron signos de equilibrio al caminar, postura firme, estructura muscular y movimientos seguros. Su conclusión es que la forma física de Lula es notablemente superior a la esperada para alguien de su edad.

A finales de 2024, Lula sufrió una caída que le provocó una hemorragia cerebral. Además, un año antes, en septiembre de 2023, fue operado de la cadera derecha para corregir una artrosis mediante una prótesis. A pesar de estos problemas de salud, que incluyen una reciente laberintitis y un cáncer en la laringe, que fue curado en 2012, el presidente brasileño, que no ha escondido sus intenciones de ser reelegido en las elecciones de este 2026, se ha esforzado por mostrar energía y vigor. Durante una visita oficial a Chile, en julio del año pasado, corrió para llegar al podio. No es un secreto que Lula aspira a presentarse de nuevo a las elecciones, en octubre de este año, en busca de un cuarto mandato. 

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Su postura contrasta con la del expresidente Jair Bolsonaro, que cumple una pena de 27 años y tres meses de prisión por intento de golpe. El líder de la extrema derecha, que ha tenido que someterse a varias cirugías en los últimos años, como consecuencia de la puñalada que sufrió durante la campaña electoral de 2018, suele mostrar públicamente sus tratamientos durante la hospitalización e incluso las cicatrices de sus heridas. En las últimas semanas, las imágenes de un Bolsonaro frágil han vuelto a aparecer en las redes sociales, mientras sus familiares buscan que se le conceda la prisión domiciliaria. 

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“Utilizar imágenes de forma estratégica”

Nada es casual en la producción y la divulgación de mensajes, afirman expertos.

“La comunicación política siempre ha utilizado imágenes para construir narrativas. No es algo nuevo, de hecho, viene desde el Imperio Romano, cuando los símbolos visuales ya servían para mostrar poder y fuerza. El ejemplo moderno más destacado fue el de Obama (el primer presidente negro de EE. UU.), que trabajó muy bien su propia imagen para crear una narrativa de quién era. Es decir, tanto Lula como Bolsonaro están haciendo lo que la política lleva siglos haciendo: utilizar imágenes de forma estratégica”, señala a France 24 Marcelo Vitorino, profesor y consultor de marketing político. 

“Lula está mostrando vitalidad y buena forma física para indicar que, a pesar de su avanzada edad, está listo para otro mandato”.

“La diferencia está en el porqué y el cómo. En el caso de Lula, está mostrando vitalidad y buena forma física para indicar que, a pesar de su avanzada edad, está listo para otro mandato. Esto recuerda la forma en que Trump también utilizó imágenes de fuerza en un momento crucial para cambiar la percepción del electorado. Bolsonaro, que ahora no puede presentarse a las elecciones, utiliza la imagen de fragilidad de otra manera. Quiere crear un ambiente favorable para una posible conversión de su prisión en arresto domiciliario, mostrándose como alguien vulnerable. No se trata de convencer a los votantes, sino de crear un escenario de empatía y, tal vez, de conmoción. Es una estrategia de narrativa visual que, en definitiva, sirve a los propósitos de cada uno”, agrega Vitorino.  

“Bolsonaro, que ahora no puede presentarse a las elecciones, utiliza la imagen de fragilidad de otra manera. Quiere crear un ambiente favorable para una posible conversión de su prisión en arresto domiciliario, mostrándose como alguien vulnerable”.

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Lula – Bolsonaro: las dos caras de ser convicto

La estrategia de comunicación política no es la única discrepancia en el comportamiento de estos líderes. También su forma de encarar la prisión es diametralmente opuesta. Lula, que estuvo encarcelado durante 580 días en la sede de la Policía Federal de Curitiba por corrupción, siempre se esforzó para mostrar una postura de entereza y “dignidad”, como él mismo lo aseguró. Dedicó sus días al estudio y a la lectura y recibió visitas de jefes de Estado y políticos de izquierda, como el fallecido expresidente uruguayo José ‘Pepe’ Mujica, Alberto Fernández, entonces candidato a la Presidencia de Argentina; el filósofo y lingüista Noam Chomsky y el cantante Chico Buarque, entre otros. 

Un excarcelero, el agente de la Policía Federal Jorge Chastalo, está terminando un libro para contar cómo fueron los 580 días de Lula en la prisión, que será lanzado posiblemente en abril de este año. Con formato de diario, la obra aborda la rutina de Lula en la prisión, las visitas que recibió, el inicio de su relación con Janja, su actual esposa, además de episodios como la muerte de su nieto Arthur, a los siete años. 

Desde la cárcel, Lula también concedió entrevistas a medios de comunicación de todo el mundo, entre ellos France 24. Siempre defendió su inocencia y se rehusó a usar la tobillera electrónica para conseguir la libertad vigilada. “Primero: no soy un palomo mensajero. Si quieren ponerme una cadena, que se la pongan en el cuello del Moro [el juez que le condenó], no en mi espinilla. Segundo: solo saldré de aquí con mi total inocencia. O esos canallas demuestran que me equivoqué, o yo demostraré que son unos canallas y quedarán desmoralizados”, dijo Lula en 2019. 

En el caso de Bolsonaro, la actitud ha sido muy diferente. Se ha quejado del ruido que produce el sistema de aire acondicionado de la sede de la Policía Federal de Brasilia, donde se quedó 32 días, llegando a pedir obras de aislamiento acústico por “perturbación continua a la salud”. También mostró disconformidad con la comida y consiguió un permiso especial para que su esposa, Michelle, pudiera entregarle a diario alimentos preparados en casa.  

Durante su periodo de reclusión, fue hospitalizado para una doble operación para tratar una hernia inguinal y un problema de hipo. También sufrió un traumatismo craneal leve por una caída. La esposa y los hijos de Bolsonaro pidieron en varias ocasiones la prisión domiciliaria. Finalmente, el 15 de enero, el juez Alexandre de Moraes determinó su traslado a la cárcel de Papudinha y le concedió una serie de beneficios en calidad de expresidente: asistencia médica integral las 24 horas sin necesidad de permisos para los profesionales registrados; posibilidad de ser transferido de manera inmediata en caso de urgencia; instalación de una rejilla de protección en la cama para evitar caídas; asistencia religiosa; visita semanal permanente de la ex primera dama y de sus hijos; alimentación especial y fisioterapia. Pero, al mismo tiempo, el contundente y mediático juez de Brasil recordó que “la cárcel no es un hotel, ni una colonia de vacaciones”. 

Moraes rechazó la prisión domiciliaria porque teme que haya un riesgo de fuga. En noviembre del año pasado, Bolsonaro quemó la tobillera electrónica, lo que llevó al juez a decretar la prisión preventiva. El expresidente alegó “paranoia” y “alucinaciones causadas por medicamentos” para justificar su acto y negó que quisiera huir.   

La imagen del líder de derecha usando un soldador en el medio de la noche para derretir la tobillera contrasta con otra la de Lula entregándose a la Justicia, en abril de 2018 en São Bernardo do Campos, en São Paulo, frente a la sede del Sindicato de los Metalúrgicos, donde comenzó su carrera política. 

Según analistas, estos relatos visuales cargan un año electoral, en el que Lula probablemente enfrentará en las urnas al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente y, al menos de momento, delfín oficial del bolsonarismo. Sin embargo, teniendo en cuenta la imprevisibilidad de Brasil, puede haber sorpresas en el escenario político, incluso con una candidatura sorpresa de la ex primera dama Michelle Bolsonaro a la Vicepresidencia, al lado del actual gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas.

Todavía es pronto para hacer apuestas electorales. El tiempo dirá cuáles de las dos estrategias será vencedora a finales de este año: si un Lula de 80 años enérgico, que incluso ha sido elogiado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, por su papel en la negociación final del acuerdo con el Mercosur, o un Bolsonaro encarcelado pero aún popular y que podría perpetuar su legado a través de sus hijos. 

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