Arde la Patagonia: ¿Cuál es el impacto real de los incendios en el sur de Argentina?

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Lejos de ser un fenómeno aislado o local, los incendios que avanzan cada verano en la Patagonia argentina exponen los efectos del cambio climático, la acción humana y las decisiones políticas que están redefiniendo el futuro ambiental del país austral. ¿Cuál es la mirada de los expertos ante este fenómeno cada vez más alarmante?

Las imágenes se repiten cada verano en la Patagonia argentina: humo sobre los bosques, evacuaciones y brigadistas desbordados. Y, como casi siempre, la misma reacción: preocupación momentánea y la idea de que se trata de un problema exclusivo del sur del país austral. Sin embargo, los incendios en la región no son un fenómeno aislado ni local. Son una señal de alerta ambiental.

Este verano no fue la excepción. A principios de enero, se iniciaron distintos focos en zonas de cordillera de las provincias de Chubut y Río Negro (centro y sur), en un contexto marcado por sequía prolongada, temperaturas altas y vientos intensos. 

En apenas días, las llamas avanzaron sobre bosques nativos y áreas cercanas a poblaciones. Las autoridades investigan un posible origen intencional, un episodio que se repite año tras año y que vuelve a poner en debate el rol de la acción humana. Pero es el contexto climático el que explica por qué un foco inicial puede transformarse en un incendio de gran magnitud.

Lejos de tratarse de causas excluyentes, los expertos sostienen que los incendios son el resultado de la interacción entre ambos factores: la acción humana suele actuar como detonante, mientras que el cambio climático define la velocidad, la intensidad y la capacidad de expansión del fuego.

Un fenómeno que ya no es excepcional

Lo que hoy ocurre en la Patagonia responde a una tendencia de fondo. 

En diálogo con France 24, el biólogo Javier Grosfeld, ex subsecretario de Bosques de la Provincia de Río Negro, explica que desde comienzos de este siglo se consolidó un cambio climático regional marcado por más sequías, aumento de temperaturas y mayor frecuencia de tormentas eléctricas.

“Incendios que históricamente ocurrían cada 80 o 100 años en un valle hoy se repiten cada pocos años. En algunas zonas, ese ciclo se repitió tres veces en apenas 15 años”, advierte.

A esto se suma la aparición de incendios de “quinta y sexta generación”: fuegos con múltiples frentes, comportamientos extremos y tormentas de fuego que desbordan cualquier capacidad de control.

Las pérdidas de las llamas patagónicas

Cuando se habla de incendios forestales, la imagen más inmediata suele ser la de árboles quemados y paisajes ennegrecidos. Pero el daño trasciende lo visible. Cada foco que avanza arrastra consigo relaciones ecológicas complejas, especies que no pueden escapar y equilibrios que tardaron siglos en construirse.

“Con los incendios se pierde toda la biodiversidad que compone el ecosistema. Hay especies que ya están amenazadas, con poblaciones muy reducidas, y estos eventos terminan condenándolas a la desaparición”, señala a France 24 el periodista Luis Pavesio, director del sitio ‘Noticias Ambientales’ y presentador del programa ‘26 Planeta’ por ‘Canal 26’.

Los bosques andino-patagónicos son ecosistemas frágiles y de regeneración lenta. Cipresales de más de cien años, coihues centenarios y bosques de lenga —los más vulnerables al fuego— pueden tardar generaciones humanas en recuperarse, si es que lo hacen. 

“En el norte de la Patagonia, prácticamente no hemos visto regeneración natural de los bosques de lenga incendiados desde el 2000”, advierte Grosfeld.

Del bosque al matorral: un cambio silencioso

Más allá del daño inmediato, se está produciendo un cambio profundo en el paisaje. Según Grosfeld, lo que se observa a escala regional es una transición ecológica: grandes bosques que se transforman en matorrales mucho más inflamables.

“El fuego se propaga con mayor facilidad, es más difícil de detener y tienden a rebrotar sobre sí mismos. Eso hace que incluso los pocos árboles que sobreviven a un incendio previo vuelvan a verse afectados”, indica.

De continuar esta tendencia, los bosques patagónicos que queden serán relictos de lo que alguna vez existió.

El impacto invisible: agua, suelo y riesgo futuro

El problema no termina cuando se apagan las llamas. Desde el punto de vista hidrológico, la pérdida de vegetación degrada los suelos, altera las cuencas y reduce la capacidad natural del territorio para absorber agua. Esto aumenta el riesgo de inundaciones, aludes y erosión en los años siguientes.

Para Claudio Velazco, ingeniero hidráulico y especialista en cambio climático, estos impactos se inscriben en un patrón más amplio. 

“Lo que antes llamábamos lluvias o sequías extraordinarias ahora son fenómenos habituales. El clima cambió y seguimos planificando como si no hubiera cambiado”, comenta a France 24.

Incendios y cambio climático: una relación cada vez más directa

Inviernos con poca nieve, lluvias escasas y más días de calor extremo generan una enorme acumulación de material seco.

“Es como tirar un fósforo en una estación de servicio”, grafica Pavesio. 

Este escenario se ve reforzado por un fenómeno cada vez más frecuente: tormentas eléctricas fuera de temporada, incluso en primavera u otoño, que generan múltiples focos simultáneos en zonas de difícil acceso.

“El cambio en las condiciones atmosféricas permite que vientos cargados de inestabilidad provenientes de la región chacopampeana lleguen hasta la Cordillera de los Andes”, explica Grosfeld. Eso multiplica los rayos y complica el trabajo de los organismos de combate.

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Combatir o prevenir: una decisión política

Los tres especialistas coinciden en un punto clave: el problema no es solo climático, también es político. Históricamente, la mayor parte de los recursos se destinan al combate del fuego, mientras que la prevención queda relegada.

Grosfeld explica esta lógica por el hecho de que invertir en prevención no suele ser rentable electoralmente, ya que los resultados se ven a largo plazo. Sin embargo, los expertos internacionales coinciden en que cada peso invertido en prevención ahorra múltiples costos en combate y reconstrucción.

Los datos presupuestarios reflejan esa situación. Según la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), en 2024, con la llegada de Javier Milei a la presidencia de Argentina, el Sistema Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) ejecutó apenas el 22% de su presupuesto anual, en un año en el que se registraron más de 300.000 hectáreas afectadas por incendios en todo el país, el nivel más alto de los últimos seis años.

En 2025, si bien la ejecución fue levemente superior, FARN advierte que buena parte de los recursos se concentraron en el último trimestre y fueron insuficientes para compensar la subejecución previa. 

De cara al futuro, el proyecto de Presupuesto 2026 proyecta una caída real de más del 70%, junto con una reducción significativa del peso del SNMF dentro del presupuesto total, según el sitio web ‘Chequeado’.

Una advertencia, no una fatalidad

Mirar lo que ocurre en la Patagonia como un problema ajeno es un error, advierten los expertos. Así como los incendios en la Amazonía generan preocupación global por su impacto climático y ecológico, lo que se quema en el sur argentino compromete bienes comunes que afectan a todos: agua, biodiversidad, estabilidad ambiental y calidad de vida.

Los incendios no son una tragedia inevitable. En gran medida, son el resultado de decisiones —y omisiones— acumuladas en el tiempo. Comprender sus causas, asumir responsabilidades institucionales y modificar el enfoque actual es clave para dejar de tratar el fuego como un episodio distante y empezar a leerlo como lo que es: una advertencia clara sobre el futuro que se está configurando.

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