En Ciudad Juárez, el fentanilo está matando sin mostrarse
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Visitar sitioEl fentanilo, un poderoso opioide sintético que ha causado estragos y una emergencia sanitaria en vastas comunidades de Estados Unidos, ahora también circula en las calles mexicanas. En la fronteriza Ciudad Juárez, la heroína y la cocaína siguen siendo las más letales, pero la irrupción del fentanilo enciende nuevas alarmas. France 24 acompañó a un equipo que trabaja contrarreloj para evitar más muertes por sobredosis. Informe especial.
Cristóbal Paredes y David Montelongo se agachan para sortear un hueco en el muro y avanzan por un pasillo que los montículos de basura delinean como un pequeño sendero.
Al llegar al único cuarto que todavía dispone de un techo, saludan y, con premura, aclaran que hoy vienen acompañados de una reportera. Dentro del oscuro refugio, unas siluetas se agitan y protestan. Pero después de unas explicaciones, la tensión cede.
“¿Cómo están? ¿Todo bien por aquí últimamente?”, preguntan los dos promotores de salud de la organización Programa Compañeros.
El lugar, sin puertas ni ventanas, no logra contener el frío de fin de año en Ciudad Juárez, pero el trato de Cristóbal y David con los hombres que ocupan el cuarto es cálido, fruto de una confianza forjada con los años.
En este “picadero”, no vienen ni a juzgar ni a intervenir, sino a sostener la vida. Cristóbal ofrece jeringas limpias -una barrera crucial contra la propagación del VIH-, que los hombres aceptan con gratitud. Sobre una mesa, yacen unos frascos de vidrio vacíos y fondos de latas recortadas.
Durante décadas, los enemigos conocidos en estas calles han sido la heroína y la cocaína.
Sin embargo, un nuevo asesino se esconde ahora en esas mismas drogas: el fentanilo, un opioide sintético que el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Texas describe como 50 veces más fuerte que la heroína, se ha infiltrado en el suministro local, convirtiendo cada dosis en una apuesta mortal.
Más barato de producir, más potente al consumir
A diferencia de otras ciudades fronterizas como Tijuana o Mexicali, donde ya es una sustancia de consumo usual, en Ciudad Juárez el fentanilo circula como adulterante.
“Aquí nadie te va a vender fentanilo o se meten en problemas”, cuenta a France 24 un beneficiario de Programa Compañeros.
Por ser un opioide totalmente sintético, que no requiere cultivos ni largos procesos agrícolas y puede fabricarse con precursores químicos relativamente baratos, el fentanilo es sencillo y económico de producir.
Mezclado en pequeñas cantidades con otras drogas, permite a los distribuidores abaratar costos y aumentar la potencia del producto.
Los usuarios, convencidos de consumir las sustancias de siempre, se enfrentan a un riesgo que desconocen hasta que es demasiado tarde. Una práctica que los trabajadores sociales han visto acompañarse de un incremento de las sobredosis en Ciudad Juárez.
Para combatir esta invisibilidad del fentanilo, Programa Compañeros suministra ahora tiras reactivas que permiten a los usuarios detectar la presencia del opioide en sus sustancias antes de consumirlas.
“¿Me regalan alguna de estas pruebas para fentanilo?”, pregunta un hombre de avanzada edad cuando Cristóbal y David pasan a verlo en otro picadero de la plaza Benito Juárez.
Elizabeth, conocida como ‘La Negra’, también está preocupada por este enemigo invisible: “Tengo miedo. Y yo sé qué es lo que le están poniendo a la heroína. Porque ya me han hecho pruebas ellos (los trabajadores de Programa Compañeros) y sí ha salido positivo que trae esa cosa”.
Si no fuera por las paredes descascaradas y la vista al basurero, el cuarto que Elizabeth organizó podría confundirse con el de cualquier casa humilde. Una Biblia abierta sobre el mueble, algunos peluches y varias cobijas sobre la cama perfectamente tendida contienen el frio y la soledad de este lugar donde ‘La Negra’ terminó naufragando tras años de abandono por parte de quienes debían cuidarla: su familia, su pareja, el Estado.
La naloxona, el antídoto que devuelve el pulso ante una sobredosis
En el fondo de una lata, Elizabeth machaca una piedrita blanca y la disuelve en unas gotas de líquido con el reverso de la jeringa.
A su lado, un hombre de cabello y barba completamente grises la apura. “Él ya no puede solo, entonces le ayudo”, explica Elizabeth mientras le introduce la punta de la jeringa en el cuello con delicadeza.
Los ojos azules del hombre se pierden en el vacío. “¿Está bien, pa? No quiero que se desmaye como esta mañana. Es que no almuerza”, confiesa con un dejo de preocupación.
Esta misma semana, Elizabeth salvó una vida. “Se dobló un muchacho”, cuenta la mujer con la naturalidad de quien convive a diario con estas tragedias.
“Se pasó de sobredosis y le tuve que dar naloxona (el medicamento capaz de revertir una sobredosis). ¿Sabes cómo se la querían meter? Por la vena. ‘Eso no va por la vena’, les dije, eso va por masa muscular. Si se lo metes por la vena, lo matas a la fregada”.
Este rescate también es fruto de la labor de Programa Compañeros. En una semana, pueden entregar hasta cincuenta dosis de naloxona, que equivalen a tantas vidas salvadas.
El caso de este joven podría ilustrar los testimonios recogidos entre consumidores que revelan una práctica macabra: los distribuidores locales estarían utilizando a los usuarios como sujetos de prueba.
En Ciudad Juárez, buscarían determinar la cantidad exacta de fentanilo necesaria para potenciar el efecto adictivo de sus productos sin matar al “cliente” al instante.
Las sobredosis no fatales y las muertes se convierten en indicadores para ajustar la mezcla. Sin saberlo, los consumidores pasan a ser ‘conejillos de indias’ en un experimento cuyo margen de error se paga con la vida.
“Al fin y al cabo siempre son drogas. Pero si antes podías durar 10, 15, 20 años consumiendo una sustancia como la marihuana o la heroína; ahora en uno o dos años el deterioro es brutal”.
Darío, miembro de Programa Compañeros y sobrio desde hace un año.
En este contexto, y cuando la respuesta institucional suele ser insuficiente o se limita a una lógica de persecución, estos usuarios encuentran un ancla en la labor de la única organización que les ofrece una red mínima de protección en medio de la crisis.
La filosofía de Programa Compañeros no es la prohibición, sino la reducción de daños: un enfoque pragmático que busca preservar la vida y la dignidad de las personas, independientemente de sus circunstancias.
“La pregunta no es si la gente va a consumir, sino cómo evitar que ese consumo termine en una muerte o en la propagación de enfermedades”, remata David Montelongo.
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