Mapi Mora
Opinión de Mapi Mora

Desde niña me interesé por la lectura, por sumergirme en mundos ajenos que me permitieran soñar despierta. Siempre he creído en el poder que tiene la escritura para plasmar esa realidad propia, desconocida e inventada que mezclada y alterada, me han dejado crear un universo literario único, en el que llevo inmersa por más de 20 años.

Me gusta escribir acerca de la cotidianidad, de las reflexiones que uno se hace cuando se cruza con un niño llorando en la calle, o ve caminar a un anciano enfermo solo y se da cuenta que algún día podemos llegar a ser como ellos. Creo firmemente en que hay que cuestionarse la realidad, la cotidianidad.

La desdicha de llegar a viejo

Sentado en la acera, esperaba el amor, a ese amor verdadero que tanto se esfumó.

 

Tenía casi 80 años, estaba lleno de arrugas. Sus ojos lloraban, le lagrimeaban solos. Ya estaba acostumbrado, se pasaba un pañuelo sucio cada segundo para limpiarse la cara.

Olía a basura, a leña, a desperdicios ¡No era su culpa! El Alzheimer lo había relegado, borró muchísimos recuerdos de su cabeza.

Andaba con una carreta recorriendo calles enteras. Así se le iba el tiempo, recolectando juguetes para los hijos que siempre quiso; accesorios para la dama que lo dejó botado en la iglesia; bufandas, ruanas y pantalones para sus hermanitos que hace más de 30 años no lo llaman.

Tenía pocos momentos de lucidez. Recordaba los golpes de su papá, el día en que se fue del pueblo a los 10 años, los incontables atracos que le hicieron cada quincena. Tristezas, dolor y más tristeza abundaban esa mente magullada.

Tenía las uñas encarnadas, la piel manchada. Hace mucho no se bañaba. La ropa que usaba la había encontrado en un basurero ¡Era un mendigo completo!

Tuvo un trabajo exitoso. Fue un pastelero reconocido. Trabajó con alemanes. Todavía se despedía con el auf wiedersehen que usaban sus jefes cuando se iban de viaje. Fueron prácticamente sus padres.

Reza cada mañana al despertar y todas las noches al acostarse. Es incapaz de darle la espalda a un cuadro de la Virgen, una figura de Dios o una porcelana de Jesús. Se sabe todas las oraciones.

Es rarísimo, pero sí las recuerda detalladamente. Dice que todos somos hijos de Dios y que sus papás a pesar de sacarlo de la casa siendo un niño, son unos santos.

Es puro, libre de maldad, ama a todos y saluda a los vecinos como si los conociera de toda la vida. No odia a nadie, no tiene rencores, resentimientos, ni ninguna mala vibra hacia ninguna persona. Es perfecto, casi como un ángel terrenal.

Se ríe por todo,  sonríe a toda hora. Tiene paz en el alma y esa actitud sale por los poros.

Ya está cansado, camina lento arrastrando los zapatos. No quiere seguir respirando, vivió lo que tenía que vivir. Se acuesta cada noche con la respiración más lenta, el cuerpo más encorvado y el estómago más vacío.

Suspira como si cada inhalación se convirtiera en su última exhalación ¡Ya es suficiente, ya solo espera dormir, dormir plácidamente en un sueño que se prolongue hasta la eternidad!

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