Esa frase escrita hace más de 40 años en un periódico continúa teniendo vigencia debido a que las cosas más simples, las que a veces pasan desapercibidas, son las que pueden marcar una diferencia.

Un claro ejemplo de estos son los tornillos. Esas pequeñas piezas metálicas de múltiples tamaños y formas son el elemento más básico pero necesario para la construcción de grandes obras arquitectónicas, tecnología y medios de transporte.

Por ejemplo, el no colocar el tornillo correcto en el parabrisas de un avión puede generar que este se desprenda y el avión tenga que hacer un aterrizaje de emergencia. Esto pasó en 1990 en un vuelo de British Airways entre Birmingham y Málaga.

Los detalles, entre más simples e insignificantes parezcan, pueden ser determinantes. Un ejemplo claro de esto es la Fórmula 1, la máxima categoría del automovilismo mundial. Allí el tiempo es un factor clave y para ello las escuderías cuidan cada cosa en el auto para ser más rápido.

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Bajar el sillín del piloto 1 milímetro puede ahorrar 16 centésimas de segundo por vuelta; utilizar un ‘gato’ pivote en las paradas en ‘boxes’ ahorra 450 milésimas y polichar la carrocería del monoplaza durante 4 horas representa una ganancia de 3 milésimas por giro.

Claro, esto parece algo insignificante, pero esas pocas décimas que se ganan o pierden por los detalles pueden significar la diferencia entre ganar una carrera y no hacerlo.

Ahora bien, en la F1 también se utilizan los tornillos para muchas partes de los autos. El equipo Red Bull mostró el proceso que tienen las más de 1 millón de piezas producidas anualmente por la escudería austriaca para cumplir con los estándares de calidad.

Ellos explican que el tornillo de no más de 3 centímetros que va ubicado en la “suspensión delantera del RB12 [nombre del monoplaza 2016] es creado y probado con el mismo cuidado que y atención que un alerón o el turbo”.

Si no fuera así y esa pequeña pieza fallara en un auto que va a más de 320 kilómetros por hora, las consecuencias serían potencialmente fatales.

Van der Rohe sabía que un 1 centímetro, una tuerca mal colocada o un error por un grado en la inclinación podrían haber significado que el IBM Building (Chicago, EE. UU.) se hubiera caído hace tiempo y no llevara siendo un símbolo de la ‘ciudad de los vientos’ desde hace 45 años.