"Psicopompo": Amélie Nothomb y el vuelo de los pájaros y de la escritura
Amélie Nothomb pertenece a una estirpe de escritores que, más que construir catedrales, tallan la misma piedra hasta encontrar su “hueso”.
Amélie Nothomb pertenece a una estirpe de escritores que, más que construir catedrales, tallan la misma piedra hasta encontrar su “hueso”.
“Psicopompo”(Anagrama, 2026, con traducción de Sergi Pàmies) es la prueba más desnuda de ello: casi cuarenta años después de su debut, la escritora belga vuelve al origen de su vocación —y al origen de su herida— para explicar, sin metáforas de repuesto, por qué escribe cada mañana entre las cuatro y las ocho, sin faltar un solo día, como si de eso dependiera seguir con vida. Porque, en efecto, de eso depende.
Quién es la mujer detrás de setenta libros
Amélie Nothomb nació en Kobe, Japón, en 1967, hija de un diplomático belga cuya carrera llevó a la familia por China, Laos, Bangladés, Birmania, Nueva York y Bangkok antes de que la autora se instalara en Bruselas, donde cursó Filología en la Universidad Libre. Esa infancia trashumante, vivida siempre como extranjera incluso en su propia lengua, es la materia prima de casi toda su obra: la niña que aprendió a mirar el mundo desde el borde, sin pertenecer del todo a ninguna parte, salvo a las páginas que empezó a escribir obsesivamente desde la adolescencia.
Debutó en 1992 con “Higiene del asesino”, novela sobre un premio Nobel moribundo y cruel, que de inmediato la instaló como una de las voces más singulares de la lengua francesa contemporánea. Desde entonces no ha dejado de publicar: un libro por año, sin excepción, con una disciplina que ella misma describe casi como un ritual de supervivencia. Su bibliografía incluye títulos como “Estupor y temblores”, “Metafísica de los tubos”, “Ni de Eva ni de Adán”, “Barba Azul” y “Primera sangre”, pesta última dedicada a la figura de su padre, fallecido en 2020.
Los reconocimientos han acompañado esa productividad casi sobrehumana: el Gran Premio de novela de la Academia Francesa por “Estupor y temblores”, el Premio de Flore por “Ni de Eva ni de Adán”, los premios Renaudot y Strega Europeo por “Primera sangre”, además de los tempranos René-Fallet y Alain-Fournier que celebraron su ópera prima. En 2006 recibió el Premio Cultural Leteo y en 2008 el Gran Premio Jean Giono, ambos por el conjunto de su obra; es también miembro de la Academia Real de Lengua y Literatura Francesas de Bélgica y ostenta la Orden de la Corona belga. Pocas autoras vivas en lengua francesa gozan de una proyección internacional comparable, con traducciones a más de cuarenta idiomas.
De qué trata “Psicopompo”
“Psicopompo” no es exactamente una novela ni tampoco un ensayo: es una autobiografía fragmentaria, casi un relato de formación construido en torno a una sola obsesión, la de los pájaros y el vuelo. Nothomb reconstruye su infancia asiática, marcada por las mudanzas diplomáticas de su padre, y el vínculo casi místico que estableció desde niña con las aves, a las que observaba con la devoción de quien busca en ellas una clave de supervivencia.
El centro dramático del libro es el episodio más doloroso de su vida: a los doce años, durante unas vacaciones familiares en Cox’s Bazar, en Bangladés, sufrió una agresión sexual que la autora narra con una elipsis deliberada, casi pudorosa, y que desencadenó la anorexia que la acompañaría durante toda su adolescencia. A partir de ahí, el libro traza el modo en que la escritura —y antes que ella, la fantasía de volar— se convirtió en la única forma de salir de un cuerpo hostil y de una mente empeñada en la propia destrucción. “Si escribo es para que el hielo no se solidifique dentro de mí”, dice en un pasaje que funciona casi como declaración de principios de toda su obra.
Los personajes: una autora que se convierte en su propio elenco
“Psicopompo” prescinde del reparto habitual de la ficción nothombiana. Aquí la protagonista, la narradora y la autora son la misma persona: una Amélie niña y adolescente que se debate entre Oriente y Occidente, entre el asombro y el desamparo. A su alrededor se mueven figuras esbozadas con la economía característica de la autora: el padre diplomático, discreto y ausente en su función pero determinante en el itinerario vital de la familia; la hermana, presencia constante de la infancia nómada; y, sobre todo, los pájaros, que funcionan menos como comparsas que como personajes simbólicos de pleno derecho, portadores de un lenguaje propio que la narradora se empeña en descifrar.
Es una elección coherente con el propósito del libro: no se trata de contar una historia coral, sino de iluminar una sola conciencia en su proceso de convertirse en escritora. El minimalismo de trazo —tan de Nothomb, que ha dicho que su obsesión es distinguir “el detalle relevante del que lastra”— convierte a cada figura secundaria en una pincelada funcional, nunca gratuita.
La figura del psicopompo: guía de las almas, guía de la propia autora
El título no es un capricho erudito. En la mitología griega, el psicopompo —literalmente, “el que acompaña a las almas”— es la entidad encargada de conducir a los muertos hacia el más allá: Hermes, el mensajero de pies alados, es su encarnación canónica, y Orfeo, aunque no lo sea en sentido estricto, roza esa función cuando desciende al Hades en busca de Eurídice, cruzando por un instante el umbral entre los dos mundos.
Nothomb se apropia de esa figura para definir su propio oficio. Si el psicopompo mitológico guía almas ajenas hacia la muerte, la escritora invierte el gesto: ella se convierte en psicopompo de sí misma, en la conductora que cada mañana rescata a la niña rota de Cox’s Bazar y la trae de vuelta a la vida a través de la página en blanco. Pero el concepto tiene también una dimensión hacia afuera, hacia los otros: en libros como “Primera sangre”, dedicado a su padre fallecido, Nothomb ejerce literalmente esa función de intermediaria entre los vivos y los muertos, un diálogo con los difuntos que, en sus palabras, no tiene nada de tétrico. Escribir, para ella, es literalmente volar: transformarse, elevarse, pasar de la muerte a la vida, una y otra vez, con cada libro.
Nothomb ha reconocido en distintas ocasiones su deuda con la tradición francesa, en particular con Marcel Proust y con Louis-Ferdinand Céline, de quienes hereda —cada uno a su manera— la introspección y la crudeza expresiva. Pero su imaginario está igualmente atravesado por la literatura japonesa: admiradora declarada de Yukio Mishima y de Junichirō Tanizaki, comparte con ambos la fascinación por los cuerpos, la belleza como forma de violencia y la ceremonia como modo de contener el caos interior. En “Psicopompo”, esa doble genealogía —francesa en la forma, japonesa en la sensibilidad— resulta más visible que nunca, porque el libro mismo transcurre en esa frontera geográfica y emocional que la autora ha habitado toda su vida.
El desenlace de “Psicopompo” abandona progresivamente el pulso narrativo para acercarse al ensayo literario, como han señalado varios lectores de la primera hora en Francia. No es un descuido de construcción: es la culminación lógica de un libro que empieza contando una infancia y termina reflexionando sobre el oficio de escribir como privilegio absoluto. Nothomb no cierra la herida de Cox’s Bazar con una resolución dramática —no hay redención en el sentido convencional—, sino con una declaración de gratitud casi filosófica: haber encontrado, en la escritura, la forma de seguir volando pese a todo. El final funciona, entonces, como el aterrizaje suave del pájaro que anuncia el propio título del libro: no un punto final, sino la constatación de que el vuelo diario —cada nuevo libro, cada nueva mañana frente a la página— es la única psicopompía posible para quien decidió, hace treinta años, no dejar nunca de escribir.
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