Claudia Amador: arquitecta de las sombras caribeñas Reseña del libro “Altasangre”
La novela nos encierra en una casona decadente, un cascarón que alguna vez fue símbolo de estatus y que ahora es el epicentro de una estirpe en descomposición.
Para hablar de “Altasangre” (Laguna Libros, 2025), obra ganadora del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica 2024. Es imperativo entender quién sostiene la pluma. Claudia Vanessa Amador (Barranquilla, 1983), comunicadora y magíster en Literatura, no es una debutante del azar. Su narrativa ha sido forjada bajo el sol abrasador de la costa, pero pulida con una rigurosidad académica que se nota en cada adjetivo, en la precisión de cada sustantivo y en la sonoridad de cada frase. Fue ganadora del XV Concurso Internacional de Cuento Ciudad de Pupiales 2020 y el concurso Relata 2022. En 2023 lanzó Macrored, su primer libro de relatos de ciencia ficción.
Y ha logrado algo que pocos consiguen: entrar en el canon del nuevo gótico latinoamericano –con un libro que representa el llamado “gótico caribeño”-, con una identidad propia y una inusitada fuerza narrativa.
En sus páginas resuenan las atmósferas opresivas de Mariana Enríquez y la crudeza visceral de Mónica Ojeda, la atmósfera herbolaria de la cubana Elaine Vilar Madruga, pero hay un diálogo secreto con la tradición: el aislamiento de los personajes de Poe y esa sensación rulfiana de que, en ciertos pueblos, los vivos y los muertos comparten la misma mesa.
La novela nos encierra en una casona decadente, un cascarón que alguna vez fue símbolo de estatus y que ahora es el epicentro de una estirpe en descomposición. La historia sigue a un linaje de mujeres marcadas por el peso de su apellido. En “Altasangre”-nombre del club y sector de élite en donde se desarrolla la trama-, la genealogía no es un árbol, es una enredadera que asfixia.
Aquí, el Gótico Caribeño se manifiesta no en la niebla, sino en la humedad. Es un horror que huele a salitre, a madera podrida y a flores que se marchitan antes de abrirse. Amador utiliza el entorno como un organismo vivo; la casa, el jardín, sus alrededores, hasta la fábrica de sanguina, y, por supuesto el carnaval mismo -sí, el de Barranquilla-, respiran, sudan, sangran. Sus personajes son seres pura sangre –vampíricos-, pero también híbridos, pero también humanos, y todos ellos nos los encontraremos vivos o muertos, o fantasmas en el “pegue” de los mundos, como lo llama la autora. Los personajes de “Altasangre” son sombras atrapadas en un ciclo de repetición.
En esta novela, el vampirismo se aleja de los clichés europeos para transformarse en una metáfora de la depredación familiar. Más que colmillos, hay necesidades, hay hambre de sangre, y también hay éxtasis. Es una parasitosis existencial donde los mayores se alimentan de la energía, la juventud y la cordura de los descendientes. La “sangre” es un fluido exigente que requiere sacrificios constantes; es la idea de que, para que el linaje femenino sobreviva, alguien debe ser drenado hasta quedar vacío.
Uno de los puntos únicos, particulares y escalofriantes de la obra es el tratamiento de “las malas lenguas”: el chisme como entidad sobrenatural y vigilante. Ellas son personajes esenciales de la novela. El rumor aquí no es un simple comentario de pasillo; es una fuerza metafísica. Las voces actúan como un coro griego malévolo que moldea la realidad de las protagonistas; es una entidad que acecha detrás de las celosías y las mecedoras, demostrando que en el Caribe la oralidad se vuelve una trampa mortal.
Al tono con sus pares continentales del gótico latinoamericano, Amador utiliza lo sobrenatural para hablar de lo real: El horror de la novela es un eco de los horrores sociales que hemos normalizado. La sangre de las mujeres es símbolo de fertilidad, pero también de trauma y control patriarcal. Las mujeres son guardianas de secretos que queman. Y, al mejor estilo de “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar, o de las casas de los libros de Pilar Quintana, el hogar es un espacio de encierro psicológico y físico – y claro que sí, de tortura también-.
“Altasangre” es una obra de una belleza macabra que nos obliga a mirar nuestras propias herencias y los monstruos que escondemos bajo la alfombra. Claudia Amador ha escrito una novela imprescindible para el gótico colombiano, un recordatorio de que, a veces, la mayor tragedia no es morir, sino pertenecer a una familia que se niega a dejarte ir.
Guarden este nombre, porque la literatura colombiana acaba de encontrar a una de sus narradoras más oscuras y necesarias.
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