Estados Unidos
"Este es nuestro hemisferio": apuesta de EE. UU. va más allá de Maduro, con cruda advertencia imperial
El luto es un rasgo prácticamente inherente a todos los seres, a todas las cultura.
Guardo en mi memoria esas imágenes en blanco y negro, donde aparecían unas mujeres mayores, vestidas de negro, que lloraban desconsoladamente ante un ataúd, que no era el de su propio muerto.
En estos días, de muertes y tragedias, de partidas imprevistas o esperadas por años; aparece ese anciano comandante cubano, que expiró tranquilo en su camastro, luego de luchar en mil guerras, de ser la piedra en el zapato de la gran potencia mundial.
En Cuba, pasaron filas de seguidores ante las cenizas de un líder que parecía inmortal. De un hombre que, como todo ser humano, tenía que llegar adonde lo haremos todos, a convertirse en polvo y dejar sus palabras y actos en la memoria de la humanidad.
No sé si Fidel Castro fue o no un buen nombre, si fue un líder que pasará a la posteridad. Pero su muerte ha despertado lágrimas sollozos en un pueblo que creció viéndolo como un padre autoritario, como un abuelo poco consentidor, que le apostó a una revolución, a un sistema inspirado por Carlos Marx. Que trató de hacerse realidad en la Unión Soviética, un lejano e inmenso país, totalmente diferente a esta isla caribeña, de caña de azúcar, ron y son.
Atrás quedaron los interminables discursos, los gritos revolucionarios, las luchas centradas en la salud y la educación para todos. La voz profunda que anteponía el sacrificio por encima de cualquier idea capitalista. Era la isla de Fidel, donde no se movía la más ligera hoja, sin que él diera su aprobación.
La historia y el tiempo darán su veredicto. Por ahora tendremos varios días para llorar a este héroe posmoderno, en su Cuba natal. Mientras en Miami, celebran su muerte, soñando con ese extraño concepto que es la libertad. Que dentro del concepto comunista, se traducía como la repartición de una plusvalía, que en el caso de una nación pobre se podría plantear como una repartición de la pobreza.
Como todos los largos regímenes, el de Fidel Castro se fue desgastando. La guerra fría, donde este sistema brilló, es cosa del pasado. Hoy la tecnología y la globalización son las banderas que permiten gobernar, que responden a lo más cercano de la democracia. Los largos discursos transmitidos por onda corta, para motivar una revolución, están obsoletos.
Líderes más que mediáticos, construidos a través de las redes sociales, como Donald Trump, son los que están a la orden del día. Adiós comandante Fidel, adiós a una era de los medios calientes y masivos, que como diría el teórico Noam Chomski, nos acercaron a una aldea global, que está en transformación, y que se va convirtiendo en una absurda y casi infinita comunicación. Todo ello a través del Facebook, los Twitters, el Instagram y una infinidad de medios que, en lugar de comunicar atomizan la información.
Las plañideras seguirán llorando a un líder que no volverá a darse en la humanidad. Y Cuba tendrá que, como un barco a la deriva, buscar nuevos rumbos. Ojalá encuentre, entre todos sus hijos, un capitán que le permita llevar la nave a las nuevas playas de este mundo de la posmodernidad.
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