Opinión

Antonio Morales Riveira

Periodista, escritor. Director del programa "El café Picante" en Youtube.

¡Que viva el baile!

Cualquier motivo así sea el más baladí , será utlizado para meterle motosierra a la esperanza.

Dos expresiones nacionales que hacen parte de la cultura en el sentido antropológico e histórico, se han convertido indefectiblemente en rasgos identitarios positivos de nuestro ser social: el humor y la fiesta, interconectados el uno al otro. Son dos formas de celebrar, no pocas veces para superar las adversidades, de sentirnos colombianos.

Las dos se han convertido en escuelas, en aprendizajes intuitivos que se incrustan en la cotidianidad desde la primera infancia. La escuela de la ¨mamadera de gallo¨ ha sido tan potente que hasta un premio Nobel ha producido. El de Gabito, desde luego. Y la escuela de la fiesta ha crecido hasta volverse tan importante o más, que la del humor.

De la mano de lo que se ha dado en llamar nuestra tri etnicidad de blancos, afros e indígenas, que en este aspecto es un encuentro creativo en el tiempo y en el espacio, hemos desarrollado una volcánica capacidad de celebrar, conmemorar y exaltarnos con las memorias del pasado o los acontecimientos del presente. No sé cuántas fiestas colectivas habrá en Colombia en el marco de festivales, carnavales, verbenas, reinados: paganas, deportivas, profanas, civiles, militares o religiosas. Quizás miles. A las cuales hay que agregarle millones de rumbas personales, familiares, de amigos, privadas, de colectividades y todas las demás en sus cuasi infinitas variables.

Y casi todas, incluídas las religiosas, empiezan o terminan con pachangas y bailes, como el del 31 de diciembre en un campamento de las Farc. Fiestas todas, incluida esta, naturales en cuanto hacen parte de nuestra naturaleza, de nuestra geografía vertical y tambien en el sentido de nuestras implacables y maravillosas mixturas de ADN.

Hasta nos han tratado de convencer que somos el país más feliz del mundo. A lo mejor.

Pero de ser así, será ante todo por la risa, el jolgorio y el baile.

Y ahora resulta que el mismo sector que ama la guerra y odia la paz, ha salido con lo que nos faltaba en materia de oscurantismo y godarria. Que ese baile era escandaloso, indebido, praticamente promiscuo, por tratarse de una danza entre guerrilleras y guerrilleros con delegados de la ONU.

A veces las palabras son precisas: que imbecilidad, que aunque vana y baladí, no deja de ser perniciosa y perversa, en la manera como se le ha utilizado política y mediáticamente para agredir el proceso de paz.

El ultra provincianismo y la cursilería desbordada de la extrema derecha, se ponen en evidencia en esta campaña infame, en esta acto de provocación contra la felicidad, aunque sea pasajera, de fin de año.

Es que ni siquiera tiene sentido responder con argumentos a algo tan perrata. Porque en esas críticas no hay argumentación sino pura mala leche y veneno. Ya lo sabemos. Cualquier motivo así sea el más baladí y el menos ojetivo, será utlizado para tratar de desconectar el proceso de paz del ámbito de la nación, para meterle motosierra a la esperanza.

Se ve venir. Por el lado de la extrema derecha no habrá perdón. A las FARC no les van a perdonar nada y todo será utilizado en su contra, así sea un baile espontáneo, impensado, imprevisto, como suelen ser todos los bailes. Ya lo han dicho muchos.

Entonces ¿mejor el fusil que las maracas?

Claro que en materia de fiesta otros tienen las suyas. Toros, corralejas, gallos, cacerías.

Igual bailan, pero saltando los charcos de sangre o chapoteando en ellos. A veces celebran mirando la sangre fresca del “enemigo”, jugando fútbol con cabezas humanas…

El baile de las FARC y los delegados de la ONU el pasado 31 de diciembre no era nada distinto que una celebración emotiva en medio de una fiesta tradicional. Un acto de concordia, de paz, de humanidad, de ritmo, hasta de civilización. Total, es normal que la gente baile, que se encuentre, que se seduzca, se ame, se enrumbe, así se llamen la compañera Teresa y el doctor Cututrú.

Señalar esta baile con el dedo, ideologizarlo, prohibirlo (como lo hicieron las propias Naciones Unidas) es ni más ni menos que cercenar un derecho. El derecho a la alegría.

Lo deseable es la fiesta de la paz, la celebración de la vida, la rumba de la existencia. ¡Qué viva el baile!

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