Por: Camila Andrea Mestra

La mañana del 20 de septiembre de 2018 despierta con cierta ilusión y emoción a las reclusas del patio 4. Se trata de la cárcel para mujeres El Buen Pastor. Esa fecha, en un pequeño patio central frente a la capilla interna de la cárcel, se llevará a cabo el quinto día de la novena de la Virgen de las Mercedes.  

Como es habitual para Osmara Roa Leal y Jenny Cardozo Ocampo, ambas de 25 años, el despertar aquella mañana fue a las 4:30 a. m. para bañarse y recibir el desayuno. Diariamente, desde esa hora y hasta las 5:00 a. m., los guardias o ‘dragoneantes’ (primer grado de los policías del Inpec), empiezan a distribuir a las internas la primera comida del día: agua de chocolate con pan y un trozo de queso.  

Osmara es una joven mexicana de complexión mediana, tez trigueña, y aproximadamente 1,58 metros de estatura. Tiene los ojos almendrados, grandes y oscuros. Su rostro ovalado, sus mejillas pronunciadas, y su cabello enchinado, destacan sus rasgos latinos.

El 23 de septiembre del 2014, con 20 años, fue capturada por la policía en el Aeropuerto Internacional El Dorado de Bogotá. La razón de su arresto fue intentar transportar 52 kilos de droga hacia México. Antes de ese día, Osmara llevaba 4 años buscando el paradero de su hermano mayor.

Lo último que supo de él fue que se relacionó con la misma banda de narcotraficantes —cuyo nombre prefirió no revelar— dueña de aquel cargamento que ella transportaba. Fue así como terminó inmersa en ese mundo. Ahora paga una sentencia de 10 años, por tráfico ilegal de estupefacientes en El Buen Pastor. De esos, ya ha cumplido con la mitad. 

El tráfico ilegal de drogas es un fenómeno que se ve día a día en Colombia. Wilson Siza Ramírez, comandante Antinarcóticos del aeropuerto El Dorado, asegura que las capturas en 2018 han aumentado un 400 % debido a la suspensión de aspersión aérea de cultivos ilícitos en el país.

El 2017 cerró con 170 capturas, mientras que, en lo corrido de 2018, se han realizado 142 arrestos por tráfico de drogas, de los cuales 104 detenidos son colombianos y 38 son extranjeros.

Los capturados tienen procedencia, principalmente de países como Venezuela, Guatemala, España y México. La suma de lo incautado en droga este año (cocaína, heroína, marihuana, éxtasis, LSD y 2CB) supera los 300 millones de pesos. 

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Esta mañana, después de recibir su desayuno, Osmara regresa a su celda, la cual no está exenta de problemas de humedad como los que aquejan las instalaciones del Buen Pastor. Allí está su tesoro, su pequeña Sofía de un año, la cual ha empezado a sufrir de asma infantil por la humedad. Osmara la despierta, la baña, la viste y la alimenta.

Madre e hija se han puesto el distintivo, una diadema rosa de moño que llevarán ese día de celebración las 22 mamás y 15 embarazadas del patio 4. A diferencia de los demás días, la ocasión de hoy le permite a su hija no tener que ir al jardín —El Esplendor—.

En esta guardería interna dirigida por el ICBF, permanece Sofía, de lunes a viernes, junto con todos los hijos de las internas, de 8 a.m. a 4 p.m. Allí reciben las comidas del día, y participan en diferentes actividades pedagógicas y lúdicas. Mientras, las madres de estos niños realizan diferentes talleres de manualidades o de servicio, que sirven para reducción de condena —como es el caso de Osmara— o para conseguir algún recurso económico. 

Por otro lado, en una de las plantas superiores de ese mismo patio está la celda de Jenny, la cual comparte con 3 compañeras. Después del desayuno, y como todos los días, vuelve a su celda para dormir.  Hace 8 meses que se separó de su hija, Valery, de dos años. Así que no tiene a quién alistar. A las 7:30 a.m. la despiertan para el conteo habitual de la mañana. 

Jenny es una bogotana, acuerpada, de aproximadamente 1,67 metros de estatura, de labios gruesos, cabello castaño, y tez clara. Toda su infancia vivió junto a su familia en Ciudad Bolívar, una de las zonas más vulnerables y azotadas por la violencia en la ciudad.

Así que creció en un mundo rodeado de vicios, pandillas y robos, hasta que a los 13 empezó a participar en ellos. “Hasta que me cogió la policía”, así se refiere ella a uno de los momentos que le cambió la vida, pues en el 2016 fue apresada por el hurto de un celular. Aquel suceso la tiene pagando una condena de tres años en el Buen Pastor. 

Son las 7:30 a.m. y la entrevistadora y autora de esta nota cruza el portón azul, de aproximadamente 10 metros, que separa la libertad del encierro. La requisaron y guardaron todas sus pertenencias. Marcaron sus antebrazos con 4 sellos de tinta para identificarlae como visitante. Solo lleva un cuaderno y un esfero para anotar lo que ve.

El primer filtro de la cárcel es un parqueadero donde hay múltiples carros del INPEC. A su vez, hay dos edificaciones grandes de paredes blancas y techo azul. Una es el edificio administrativo y la otra, el edificio de alojamiento para los dragoneantes de turno. Estos policías, en su mayoría mujeres, de uniformes azules y botas gruesas negras, están por todos lados, vigilantes y atentos.

Los dragoneantes realizan dos turnos por día, el de la mañana y el de la noche. Según la dragoneante Luz Angela Barajas, encargada actual de la oficina de planeación del Buen Pastor, por turno hay alrededor de 120 guardias en el penal.  

Junto a a la periodista está el sacerdote Giovanny Quintero, quien desde hace año y medio es el capellán de la reclusión. Él es quién la  ayuda con el ingreso. Hay que esperar a que terminen el conteo de la mañana. “Hasta que no cuenten a todas las internas de todos los patios, y el número coincida con las de anoche, no es posible ingresar”, dice el clérigo.

Pasan 10 minutos e ingresa al edificio administrativo para que la requisen por segunda vez. La tensión en ella aumenta, pues ya está frente al segundo filtro. Después de ese portón azul con guardias a cada lado, está un universo desconocido para muchos, y para la visitante también.  

La cárcel del Buen Pastor es una construcción que data de 1893. Sus paredes blancas y su infraestructura están desgastadas. Algunas de sus paredes tienen grietas y la pintura caída. Parte de los techos tienen musgo y tierra acumulados. La tabla de conteo que está ubicada dentro de la cárcel dice albergar 2100 reclusas hasta este día.

La dragoneante Luz Barajas afirma que del total de internas, alrededor de 50 son de procedencia extranjera, en su mayoría son mexicanas y españolas. El resto de las internas son colombianas. Según cifras del INPEC, a pesar de contar con 9 patios, esta cárcel sufre un hacinamiento del 63,6 %.

Los patios con más hacinamiento son el 2 y el 3. Nada más en el patio 4 hay 420 reclusas. Allí mismo, las únicas que tienen celdas individuales son las mamás que se encuentran con sus bebés, en celdas de 2 por 2 metros. Las embarazadas permanecen de a dos por celda, y las demás internas permanecen de a cuatro o cinco por celda. 

Al cruzar el segundo filtro lo primero que se percibe es el ambiente hostil. Acto seguido, la brisa fría que inunda el pasillo penetra los poros. El ruido de las voces que vienen de las reclusas del patio 2, 3 y 4 resuena por todos lados.

Algunas se asoman expectantes tras las rejas, mientras el sacerdote y la periodista pasan por el pasillo. Sin embargo, ese día hay más ruido del habitual porque en medio de todo el encierro y la rutina, el patio 4 tendría su rato de dispersión y entretenimiento. Después del pasillo por donde transita la visitante hay una peluquería, donde las internas que se van a presentar en esta celebración están maquillándose y peinándose. 

Entre las 8:30 a.m. y las 12:00 del mediodía, el ambiente está ajetreado, sofocante. En el marco de todo el festejo, las presentaciones artísticas, y la música ensordecedora del evento, conozco a Osmara, a su bebé Sofía, y a Jenny. Ellas no se conocen, pero comparten el drama de vivir su maternidad tras las rejas.

Por un momento todas las distracciones pasan a un segundo plano, y ellas muy dispuestas cuentan sus historias. Cada una, al hablar de sus familias y los retos que han tenido que vivir allí, no pueden evitar contener las lágrimas. Mientras han estado cautivas y con el paso del tiempo han sufrido la pérdida de sus seres queridos, sin tener la oportunidad de despedirse de ellos.

Jenny, por ejemplo, perdió a su madre el pasado 28 de agosto luego de que la lucha contra un cáncer se la llevara. Aunque la funeraria hizo los trámites para llevar el cuerpo de Gloria Ocampo, junto con su hija Jenny, para un último adiós entre ambas, Jenny dice que momentos como estos son donde más sola y aislada se ve a sí misma. 

La comunicación de ambas con sus familiares es mínima. A Osmara la visitaba su madre una vez al año, pero desde hace 12 meses no la ha podido ver, pues a Maira Leal se le venció el pasaporte. A Jenny la visita su papá cada 15 días. Osmara y Jenny hablan con sus familiares cada vez que pueden, vía telefónica o por Facebook, a través de celulares cuya existencia es ilegal en el penal. 

El mayor miedo de Osmara es no poder estar con su hija. La ley 65 de 1993, en el artículo 153 del Código Penitenciariio y Carcelario colombiano permite que los menores de 3 años puedan permanecer con sus madres en los establecimientos de reclusión.

Sin embargo, luego de cumplir 3 años, y en caso de que el menor no cuente con una red de apoyo —alguien que tenga un vínculo consanguíneo y pueda responder por él—, su custodia quedará en manos del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ya sea en hogares de paso, con madres sustitutas o para adopción, dependiendo del caso.

Por esto, para evitar ser separada de su pequeña necesita ser deportada a su país pronto, o que le aprueben la casa por cárcel para cumplir lo que le falta de condena. Sofía ha sido su único apoyo y quien la ha acompañado en todo el cautiverio. Pero eso es a un costo bastante alto, pues son varias las necesidades que han tenido que pasar.

En algunos momentos dice que se ha quedado sin leche, pañales y ropa para la niña. Y ni hablar de la propia Osmara, ya que desde que entró con su niña a la reclusión este año, solo ha recibido un kit de aseo (toallas higiénicas, jabones, etc.), que, por ley, debería recibir una vez al mes.  

Por ello, cuando Valery cumplió 2 años y para evitar que la niña viviera el encierro con ella, Jenny decidió dejarla al cuidado de su hermana, sabiendo el vacío y la ansiedad tan grande que este acto le acarrearía. Así lo expresó en la charla: “Los niños no tienen por qué pagar la condena de sus padres […] mira los edificios, los muros, no es un lugar bonito dónde crecer”. Adicionalmente, Jenny tiene un niño de 5 años, a quien no ve desde que la capturaron, porque no quiere que vaya a verla en ese sitio.  

Según Liliana Farfán, Asesora de Desarrollo Infantil en Establecimientos de Reclusión del ICBF, para aminorar los efectos de la separación, el ICBF cuenta con un equipo psicosocial.

Este se encarga de hacer acompañamiento a las madres desde que los niños cumplen 2 años, para que, en el momento de separación, sea más fácil asimilar esa realidad para ellas, aún si no todas lo solicitan.

A su vez, afirma que la importancia de que los niños estén con sus mamás los primeros años de vida se hace con el fin de fortalecer el vínculo afectivo madre e hijo, y es fundamental puesto que, al estar juntos, los bebés desarrollan sentimientos de seguridad, confianza, protección y autoestima.

Pero ¿qué pasa cuando no todos los espacios y recursos están adecuados para la convivencia? 

Bajo este programa de primera infancia dirigido por el ICBF, en 2017 se atendieron 441 usuarios, de los cuales 110 eran niños. En el 2018 se destinaron más de 622 millones de pesos para la atención de niños que viven con sus madres en centros de reclusión, 109 millones más que la inversión del 2017.

Así, en lo corrido de 2018, han atendido 225 usuarios a nivel nacional, 101 de ellos han sido niños, de los cuales 32 provienen de la cárcel de El Buen Pastor.  

El tiempo se congela allá dentro. En 5 horas y 30 minutos se aprecia cómo las necesidades y otros factores dificultan su estancia adentro. A través de las voces de las reclusas, se conocen las problemáticas relacionadas con drogas, convivencia compleja y violencia.

Osmara, por ejemplo, en repetidas ocasiones ha discutido con compañeras de su patio pues consumen cigarrillos o marihuana muy cerca a los bebés de las internas, situación que incomoda a más de una madre. Jenny, a su vez, comenta que la convivencia con algunas guardias es difícil porque no saben cómo verse autoritarias sin ser irreverentes y por eso discuten con las internas.  

Frente a las irregularidades de hacinamiento, humedad e infraestructura en el Buen Pastor y en los demás penitenciarios del país, Myriam Silva Beltrán, coordinadora del Grupo de Atención Social del Inpec, afirma que se ha intentado tratar estas problemáticas mediante articulaciones interinstitucionales con el ICBF y la Unidad de Servicios Penitenciarios y Carcelarios (Uspec), pues el Inpec no cuenta con los recursos para su intervención.

La coordinadora enfatizó que la labor del Inpec es notificar a estas instituciones sobre las irregularidades y necesidades que hay en los penales, con el fin de que estas pueden intervenirlas con los recursos que tienen destinados para cada una.

Por otro lado, frente a irregularidades disciplinarias la acción del Inpec es directa. En el caso del consumo de estupefacientes dentro de los centros penitenciales, el Inpec tiene como función monitorear el comportamiento de las internas, y cuando se presentan estos casos que son considerados como faltas, notifican al consejo disciplinario o a la institución correspondiente, para brindarles soluciones y acompañamiento a estas mujeres. 

A su vez, Myriam Silva aclara que si un niño ingresa al programa de atención que ofrece el ICBF para permanecer con su madre en el centro penitencial, es porque se establece que es la mejor opción para ellos.

Antes del ingreso del menor, un defensor de familia y un equipo interdisciplinario analizan las condiciones de la madre privada de la libertad y las condiciones del niño fuera del establecimiento con su red familiar, y luego de todo este proceso se determina lo que mejor conviene al menor.  

Osmara y Jenny son mujeres llenas de sueños, de ganas de empezar una nueva vida. Ambas, coinciden en decir que la cárcel para ellas, y para muchas de sus compañeras, es un sitio en donde han logrado sentar cabeza y han aprendido a ser más fuertes.

Sin embargo, ambas piensan que el sistema carcelario en el que están inmersas no les brinda la rehabilitación óptima, completa y digna que necesitan.  

Al final de la visita, la hostilidad se disipa. Se ve el rostro de alegría de aquellas mujeres, por ese día especial en el que fueron protagonistas.  Están recibiendo un almuerzo diferente del habitual. Pasaron de comer arroz, carne y agua de fruta a disfrutar de tamal, gaseosa, churros y hasta un refrigerio. También les dieron el kit de aseo que la mayoría tanto estaba esperando. Ese fue el último contacto con Jenny y Osmara. 

A las 2:00 p.m. la visitante se dirige hacia la salida. Luego, le devuelven sus pertenencias. Hay sentimientos encontrados cuando el portón por donde la visitante había entrado hacía unas horas se cierra chirriante detrás y piensa en que allí dentro han quedado ellas, en medio de todo aquel contexto.

Autor: Camila Andrea Mestra Correa, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de la Sabana. 

*Estas notas hacen parte de un acuerdo entre Pulzo y la Universidad de la Sabana para publicar los mejores contenidos de la facultad de Comunicación Social y Periodismo. La responsabilidad de los contenidos aquí publicados es exclusivamente de la Universidad de la Sabana.