“Había conseguido un puesto de profesora investigadora invitada en Harvard. Creo que nunca he recibido una noticia con más indiferencia. Sabía que debía sentirme ebria de gratitud porque me permitieran estudiar en esa universidad, a mí, una joven ignorante salida de un montón de chatarra, pero no logré experimentar entusiasmo. Sospechaba lo que podía costarme mi educación…”

Tara Westover (Idaho, 1986) es una reputada historiadora y filósofa norteamericana, de escasos 33 años, nacida en el seno de una familia mormona radical aislacionista[1], criada en un entorno religioso extremista[2], alienante, que no pisó durante su infancia ni una escuela ni un hospital y en el que el sentido de la vida se reducía a prepararse para el Apocalipsis, junto a sus 6 hermanos y sus padres. “Aunque no lo recuerdo porque ocurrió antes de que yo naciera, me pregunto si quizá fue ese el punto de inflexión. En los cuatro años siguientes se deshizo del teléfono y optó por no renovar el permiso de conducir. Dejó de matricular y asegurar el coche. Luego empezó a almacenar comida.” Tara obtuvo su certificado de nacimiento a los nueve años[3] -sus papás ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo jamás sobre su fecha de nacimiento-, y la primera vez que pisó una clase para hacer el examen preuniversitario tenía 17 años.

Clasificar la obra no es fácil. Según la autora, se trata de unas “memorias”. Sin embargo, a lo largo del relato, puede uno identificarla como del género Bildungsroman que significa literalmente novela de formación o novela de educación, término que fue acuñado por el filólogo Johann Carl Simon Morgenstern en 1819 y en el que encaja maravillosamente, de no ser porque no es ficción, porque es el caso icónico en que la realidad supera lo ficcional. Pero en ella encontramos todos los elementos de la Bildungsroman: se trata del relato de la evolución y el desarrollo físico, moral, psicológico y social de un personaje -Tara-, desde su infancia hasta la madurez, en donde se distinguen claramente las 3 etapas: la primera es el aprendizaje de infancia y juventud (“Jugendlehre”), la segunda son los años de peregrinación (“Wanderjahre”) y por último el perfeccionamiento (“Läuterung”).

Para su nacimiento, siendo ella de las ultimas 3 hijas, su padre, un conspiracionista antigubernamental y supervivencialista, había desarrollado unas creencias extremas, producto como dice Tara, de su trastorno bipolar – sin diagnosticar, por obvias razones, pero con todos los síntomas del caso-[4]; su hermano Shawn abusaba violentamente – no sexualmente- de ella y, su infierno personal, era trabajar en la chatarrería familiar en donde en varias ocasiones peligró su vida; y de ayudar a su madre, partera y herborista natural. Tenía un gran talento: cantar. Así que decidió ir a la universidad para logar ser la directora del coro de su comunidad… y para escapar.

Algo que, en general, no pasa en Colombia pero que sucedió en Ohio (USA): una persona sin educación primaria y secundaria, educada únicamente en su casa que pudiera llegar a la universidad. “Esa fue mi educación, la importante: las horas que pasé sentada a un escritorio prestado esforzándome por descomponer y analizar las rígidas corrientes de la doctrina mormona (…) Estaba adquiriendo una aptitud fundamental: la paciencia para leer lo que aún no entendía.”

La paranoia y el fundamentalismo troceaban su vida, la apartaban de aquellos a quienes quería, así que se trató del escape de una comunidad patriarcal, limitante, intrusiva y agresiva, orientada a la sumisión al hombre, polígamo en el mormonismo: «No entiendo por qué de niña no me permitieron recibir una buena educación»;  “A los hombres les gusta creer que salvan a las descerebradas que se meten en líos ellas solitas” “Los hombres respetables de la ciudad no la consideraban adecuada como esposa” “ el lugar de la mujer es su casa», decía siempre que veía a una mujer casada trabajando en la ciudad.”; “Las mujeres buenas no visten ropa ajustada. Las otras sí.”; “La verdad es esta: no soy una buena hija. Soy una traidora, una loba entre ovejas; soy diferente y esa diferencia no es buena.”

La actividad de su madre, la herbología medicinal, se convertiría en el caballito de batalla de su familia contra las endemoniadas doctrinas occidentales: “Papá siempre había creído con fervor en las plantas medicinales de mi madre, pero lo de aquella noche fue distinto, como si algo empezara a cambiar en su interior, como si arraigara un credo nuevo. La herbología afirmó, era una doctrina espiritual que separaba el trigo de la cizaña, a los fieles de los infieles.” Herbología que al final, haría millonaria a la familia, la que haría dudar a Tara de su decisión de apartarse de ese mundo porque… si el éxito económico estaba asegurado para esa actividad, era porque contaba con la bendición divina y ella al apartarse de ello sería y continuaría siendo un demonio.

Pocas veces Tara se sintió parte de un grupo, excepto en el grupo de ballet de colegio, o en los de teatro musical de los que formó parte en donde “si nos movíamos juntas, en una sola bandada” pero con ese sentimiento de culpa en donde “Llamándolo «danza» había convencido a mormones buenos de que aceptaran ver a sus hijas saltar como rameras en la casa del Señor.

Es realmente revelador cuando Tara empieza a revelar su propio descubrimiento: “Vi una mujer adulta, con su propio pensamiento, sus propias oraciones, que ya no se sentaba como una niña a los pies del padre”. “Había enfilado el camino de la concienciación, había percibido algo elemental en mi hermano, en mi padre y en mí misma. Me había percatado de cómo nos había esculpido una tradición que nos venía dada, una tradición que ignorábamos a propósito o sin querer. Empezaba a comprender que habíamos prestado nuestra voz a un discurso cuyo único objetivo era deshumanizar y dar un trato brutal a otras personas, porque alimentar ese discurso era más fácil, porque retener el poder siempre parece la opción ganadora.”

Su incapacidad de relacionamiento emocional queda en evidencia a lo largo del relato, empezando por su relación con Charles, pero siguiendo con Nick y luego con Drew, y ella misma lo explica “Lo verdaderamente importante para mí no eran el amor ni la amistad, sino mi capacidad de mentirme de manera convincente a mí misma: de creerme fuerte (…) Charles dijo que me quería pero que la situación lo desbordaba. No podía salvarme. Solo yo podía salvarme a mí misma. No entendí lo que me decía.” Y es que nadie puede salvarnos, solo nosotros mismos al entender y aceptar cada situación de la vida. Aunque suene a autoayuda. Su autoestima realmente era lo que estaba en entredicho al punto que manifiesta: “No se trataba de que hubiera hecho algo malo, sino de que mi mero existir era malo. Había algo impuro en el hecho de que existiera.”

Y para esa autoestima, la figura del hermano Shawn fue verdaderamente perturbadora, pero a la vez concientizadora: “«Es extraño que des a tus seres queridos tanto poder sobre ti», había escrito en mi diario. No obstante, Shawn tenía más poder sobre mí del que era capaz de imaginar. Me había proporcionado una definición de mí misma, y no existe un poder mayor que ese (…) Shawn era la única persona a la que había visto plantar cara a papá, la única cuya fuerza mental, cuyo tonelaje de convicción, podía obligarlo a ceder.” Por fortuna cada vez que Shawn gritaba: «Negrata, ve a la siguiente hilera», se acordaba de las historias de Emmett Till, Rosa Parks y Martin Luther King.  Y es realmente cuando ella decide enfrentar a sus padres, contando la historia de maltrato por parte de Shawn, cuando ocurre el cisma familiar.

Y sólo el cisma familiar la libera: “Lo que mi familia quería expulsar de mí no era un demonio; querían expulsarme a mí misma de mí”. No sin consecuencias…

Su definición empírica de depresión me tocó el alma: “Lo que pasa con las depresiones nerviosas es que, por muy evidentes que sean, nunca lo son para quienes las sufren. «Estoy bien —nos decimos—. Y qué más da que ayer viera la tele veinticuatro horas seguidas. No es que esté mal. Es que tengo pereza.» No sé bien por qué preferimos considerarnos perezosos antes que pensar que estamos angustiados. El caso es que nos parece preferible. Más que preferible: vital.”

Su ingreso vía becas, a la Universidad de Cambridge y luego a la Universidad de Harvard, supusieron una reconstrucción integral de su vida paralela a esa separación familiar que día a día se hacía más evidente en la medida en que su figura femenina era incompatible con lo que se esperaba de ella en su familia. “Esto me provocó una especie de crisis. La pasión por la música y el deseo de estudiarla habían sido compatibles con mi idea de lo que es una mujer. Mi pasión por la historia, la política y los asuntos internacionales no lo era. Y no obstante me atraían. (…) Me preguntaba cómo era posible que siendo una mujer me atrajera algo tan poco femenino. (…) Y el profesor había dejado esa cuestión a un lado. Al parecer me había dicho: «Primero descubre de qué eres capaz y luego decide quién eres. (…) La persona en que te conviertas, la persona que llegues a ser, es quien siempre has sido. Ha estado en ti desde el principio. No en Cambridge, sino en ti. Eres oro. Y que regreses a la BYU, o incluso a la montaña donde naciste, no cambiará quien eres. Es posible que cambie la manera en que te ven los demás, y aun la manera en que te ves a ti misma, pues hasta el oro parece mate con cierta iluminación. Sin embargo, eso solo es la apariencia. Y siempre lo ha sido.”

Y aprende uno leyendo a Tara que “con solo controlar el pánico, se consigue que el viento no sea nada”. Y que no hay nada más cierto que la afirmación de John Stuart Mills según la cual “a base de persuasión, halagos, empujones y uso de la fuerza se había sometido a las mujeres a una serie de contorsiones femeninas durante tantos siglos que resultaba del todo imposible definir sus aspiraciones y capacidades naturales.”

Finaliza ella: “La distancia —física y mental— recorrida en los últimos diez años casi me dejó sin respiración y me pregunté si quizá no habría cambiado demasiado. Los estudios, las lecturas, la reflexión, los viajes, ¿no me habría transformado todo eso en una persona que ya no pertenecía a ningún sitio? «¿Quién escribe la historia? —pensé—. Yo.»

Tara obtuvo un postgrado por el Trinity College, en Cambridge, en 2009. Consiguió una maestría en Filosofía y se graduó en Historia en 2014, después de una breve estancia en la Universidad de Harvard. Actualmente reside en Londres. “Una educación” es su primer libro, traducido en 22 países y aclamado por los lectores y la crítica. Fue considerado uno de los libros más importantes del año según The New York Times, la BBC, el Daily Express, el Library Journal y Entertainment Weekly.

Privilegio que tenemos al leerlo y tenerlo disponible en nuestras librerías. Aunque el saboteo provenga de nuestras propias familias.

[1] “La vida en una montaña proporciona una sensación de autonomía, una idea de privacidad y aislamiento, incluso de dominio”

[2] “Siempre había sabido que mi padre creía en un Dios distinto. De niña ya era consciente de que, aunque mi familia iba a la misma iglesia que todos los residentes de nuestra ciudad, no profesábamos la misma religión. Ellos creían en el decoro; nosotros lo practicábamos. Ellos creían en el poder sanador de Dios; nosotros dejábamos nuestras heridas en Sus manos. Ellos creían en la preparación para el Segundo Advenimiento; nosotros nos preparábamos. Desde que tenía uso de razón sabía que los miembros de mi familia eran los únicos mormones de verdad que había conocido…”

[3] ““De los siete hijos de mis padres, cuatro no tenemos partida de nacimiento. No tenemos historia clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o de enfermería. No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado un aula. Cuando cumpla nueve años, inscribirán mi nacimiento en el registro civil, pero ahora, según el estado de Idaho y el gobierno federal, no existo”

[4] “El catedrático enumeró los datos con voz mortecina y prosaica: la enfermedad aparece por término medio a los veinticinco años; es posible que antes no se aprecie ningún síntoma. La paradoja es que si mi padre era bipolar — o estaba aquejado de cualquiera de la docena de trastornos que podían explicar su comportamiento, la misma paranoia que era síntoma de la enfermedad impediría que se le diagnosticara y tratara. Nadie lo sabría nunca.”

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