Exaltación hecha desde micrófonos provocadores con exfutbolistas, periodistas y dirigentes en el límite pasional, en incontinencia verbal autodestructiva, convirtiendo un atractivo partido de fútbol en una guerra, en bochornoso espectáculo en el que la violencia fue protagonista.

Cuántas tonterías se dijeron. Cuánta insensatez en voces desaforadas que le daban credencial de única, a una final como tantas, creando una expectativa desbordada con el convencimiento de que no era solo un clásico de cierre, sino algo más con sus visibles consecuencias.

El fútbol en situación deplorable ante los ojos atónitos del mundo, en mínimos en ética, moral y seguridad, con los dirigentes más representativos, allí reunidos, ciegos en el poder, en clamor sin eco por jugar, sin importar las consecuencias. El negocio, socio… el negocio.

Esteban Jaramillo

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¡Qué papelón el de cuatro equipos grandes!

Recuerdo el fútbol argentino del pasado como cultor del bello juego, con artistas de fino repertorio, malabaristas con la pelota, relevados luego por matones, incompetentes, con tolerancia extrema a gamberros, delitos y complicidades. Quiera Dios que estos deplorables episodios, tan perversos, tan miserables, no tengan efectos rebote en Colombia. Los actos desenfrenados no pueden estar por encima de la reflexión o de la justicia.

Ese fin de semana en Argentina, uno de los capítulos más tristes del fútbol, llevado a su mínima expresión. Se manchó la pelota, en “el partido del siglo”. En la final que no tenía un mañana.

Golearon los bajos instintos.

*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan para nada la posición editorial de Pulzo.