En 2012, el general Kelly llegó a ocuparse de los asuntos militares del ejército de Estados Unidos en Centroamérica y Sudamérica. Poco después de su nombramiento, viajó a Colombia para reunirse con el entonces ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón.

Según el ‘Post’, el período de cercanía de Kelly con América Latina, que se prolongó hasta 2016, fue para el general “un puente” entre su carrera como general de 4 estrellas y su nueva posición como el “mariscal de campo” de la Casa Blanca del presidente Donald Trump.

El medio estadounidense cita a Juan Carlos Pinzón, que aseguró que ese trabajo convirtió a Kelly “de guerrero a hombre de Estado”. Además, el exministro recuerda el momento en el que le presentó a algunas de las tropas del ejército colombiano:

“Fue un momento emocionante. […] Inmediatamente se identificó con mis soldados. Después de eso nos volvimos buenos amigos”.

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Durante su período al frente del comando Sur de Estados Unidos, Kelly se enfrentó, entre otras cosas, a la inmigración ilegal, a los carteles de la droga y a las dificultades, tanto en materia política como militar, que trajo el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y la ya desmovilizada guerrilla de las Farc.

Esa labor, dicen amigos y colegas, le ayudó a superar la muerte de su hijo, que cayó en un campo minado en Afganistán, y a “canalizar su energía y atención” en cuestiones más cercanas a temas civiles, fuera del campo militar en el que se desempeñó durante varios años.

El presidente Trump lo nombró miembro de su gabinete, gesto que muchos grupos antiinmigración vieron con buenos ojos dada la cercanía del general con América Latina. Sin embargo, en su cargo se ha convertido en un férreo defensor de el endurecimiento de la seguridad fronteriza, característica que, sin dudas, debe agradar mucho a su superior.