La duda, sin embargo, es hasta cuándo durará el efecto conseguido.

Una organización a la altura

Parece un hecho incontestable: la organización del Mundial de fútbol ha sido exitosa.

Estadios magníficos y funcionales, un ambiente festivo, ausencia de grandes incidentes… Todo ello con centenares de miles de visitantes con Fan ID, esos ‘pasaportes de hinchas’ que acompañan las entradas para los partidos y que dispensan de la necesidad de un visado para los extranjeros.

La prensa de todo el mundo ha destacado ampliamente el ambiente relajado y de celebración que dominó en Rusia durante el torneo, algo que desde el Kremlin también han subrayado.

“Hemos tocado el corazón insensible de la prensa occidental, que ha visto quiénes somos realmente”, afirmó el jueves Margarita Simonian, redactora jefe de la cadena rusa RT.

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“Todos nos hemos enamorado de Rusia (…). Hemos descubierto un país que no conocíamos”, había declarado la pasada semana el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, durante una visita al Kremlin.

“Esto demuestra que todos los miedos que algunos intentaban generar con este Mundial no solo no han sido reales sino que ha sido justo lo contrario”, añadió Infantino, citando como ejemplo “los policías sonrientes en la Plaza Roja”.

Esa nueva imagen de Rusia era uno de los grandes objetivos de Putin. Sonriente, como Infantino, pudo celebrar hace unos días que “muchos estereotipos sobre Rusia han volado por los aires” gracias al Mundial-2018.

Sin escándalos

Entre los “miedos” de los que hablaba Infantino estaba el temor a que hubiera incidentes relacionados con el racismo o la violencia de los ‘hooligans’.

En la memoria todavía están frescas las imágenes de lo ocurrido en el inicio de la Eurocopa de Francia en 2016, cuando hinchas ingleses y rusos protagonizaron violentos enfrentamientos en Marsella. Pero en Rusia-2018, los ‘hooligans’ han brillado por su ausencia.

Las autoridades rusas ya habían tomado medidas para combatir ese fenómeno y que no se dejara notar en el Mundial, por lo que para muchos no ha sido una auténtica sorpresa.

La cuestión de los Derechos Humanos, en general, y sobre la situación de los homosexuales en Rusia, en particular, también planeaban sobre este evento, pero tampoco han generado grandes problemas.

Al principio del torneo hubo un breve arresto del activista gay británico Peter Tatchell, que había previsto manifestarse en la Plaza Roja para denunciar “la tortura de los homosexuales en Chechenia”, pero el caso no generó gran polémica, ayudado porque la detención fue breve y los policías se mostraron extremadamente cuidadosos y correctos.

Un ejemplo algo más comentado fue el del cineasta ucraniano Oleg Stensov, encarcelado por “terrorismo” al término de un proceso “estaliniano” según Amnistía Interancional y que está en huelga de hambre desde hace semanas para reclamar la libertad de los “presos políticos” ucranianos detenidos en Rusia.

Pese a los llamamientos para su liberación, el caso no tuvo excesivo eco y eran pocos los aficionados al fútbol llegados a Rusia que conocían su situación.

El posmundial

“La libertad se terminó. Bienvenidos a la auténtica Rusia”: ese mensaje en Twitter, acompañado de la fotografía de una ‘fan zone’ vacía como símbolo del final del Mundial, se hizo viral en internet en Rusia.

“¿Seguirá habiendo policías sonrientes después del Mundial?”, se preguntaba el activista antirracismo Robert Ustian.

El lunes, Putin, que se mostró poco durante el Mundial y que delegó en gran medida en los partidos de Rusia en su primer ministro Dmitri Medvedev, estará en Helsinki para un encuentro con el presidente estadounidense Donald Trump.

El presidente ruso deberá también gestionar una reforma de pensiones muy impopular, anunciada oportunamente el primer día del Mundial, pero que hizo caer en casi 15 puntos su cota de popularidad, hasta el 64 %.

En febrero de 2014, después de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, cuya organización también fue aplaudida unánimemente, Putin había celebrado que el mundo hubiera descubierto una Rusia “abierta y modernizada”.

Tres semanas más tarde, Rusia anexionaba la península ucraniana de Crimea, abriendo el camino a las primeras sanciones económicas e iniciando una crisis con los países occidentales.