Aunque la Copa del Mundo acostumbra ser un escenario de fiesta e integración entre las naciones, muchas personas LGBT no celebrarán, expresa la directora de iniciativas globales en Human Rights Watch (HRW), Minky Worden, en ‘The New York Times‘, donde describe un “clima peligroso de estigma y violencia para las personas LGBT” en el país anfitrión.

Worden cuenta los antecedentes de Chechenia, la república rusa donde “se llevó a cabo una terrible purga anti-gay” en 2017, hecho que la Fifa ‘castigó’ otorgándole a Grozny —la capital— una de las sedes de entrenamiento de la Copa del Mundo.

La esperanza de HRW y otras organizaciones defensoras de los derechos humanos está en los patrocinadores oficiales de la Fifa, que podrían presionar un cambio de leyes en el gigante europeo como ha ocurrido en las pasadas Copas Mundiales.

“Sudáfrica estableció docenas de ‘tribunales instantáneos’, principalmente para enjuiciar delitos menores relacionados con el torneo, y Brasil revocó la legislación que prohibía la cerveza en los estadios. Este tipo de presión debería usarse para promover los derechos humanos básicos”.

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De este pulso también estarán pendientes Catar, sede del Mundial 2022, y Marruecos, aspirante a organizar el torneo cuatro años después. Los dos países castigan con prisión las relaciones y las expresiones de afecto homosexuales, reseña Worden.

Para la columnista, cuatro años son más que suficientes para que la Fifa presione y genere cambios en estos países… o para que los grandes auspiciantes decidan proteger su reputación y abandonar a Infantino y compañía si no pueden hacer cumplir sus reglas.