Los vendedores de souvenires afirman que el negocio va lento, los periódicos están obsesionados por el estado de salud del astro Neymar y acechan los fantasmas de la desastrosa Copa de 2014 jugada en casa.

De acuerdo con una encuesta realizada por el Instituto Paraná, los brasileños se declaran optimistas de cara al torneo que se llevará a cabo desde el 14 de junio al 15 de julio.

Dos tercios piensan que la verdeamarela es la favorita y 35% cree que Neymar será el mejor jugador de la Copa, superando el 30% que opina que este reconocimiento irá para el portugués Cristiano Ronaldo.

El problema, según esta encuesta, es que esto le importa a pocos brasileños. Un 66% tienen poco o ningún interés en el Mundial y un 14,5% no sabe siquiera dónde se realizará.

“No hay el mismo nivel de entusiasmo de antes”, admite el chofer Serafim Fernandes mientras hace compras en el bullicioso mercado Saara de Rio, repleto de productos de fútbol.

Fernandes, de 62 años, responsabilizó a la economía por la falta de pasión. Sólo ahora Brasil está superando una recesión récord de dos años, empeorada por un escándalo de corrupción que involucra a la élite política del país.

Cuatro años atrás, cuando Brasil fue sede la Copa del Mundo, paredes y calles fueron pintadas en amarillo y verde un mes antes de que comenzara el torneo.

El entusiasmo se debía en parte al hecho que el evento se realizaba en casa. Pero la decoración de calles con banderas y murales es una vieja tradición y su ausencia a esta altura llama la atención.

En Rio de Janeiro, incluso está amenazada la fiesta de calle temática de la Copa del Mundo, que se realiza desde hace cuatro décadas, conocida como Alzirao.

Este gran festival se prepara con bastante antelación y convocando a miles de personas. Este año, perdió a su patrocinador, el gigante de las bebidas Ambev, y no da señales de vida.

“Estamos peleando para hacer el evento después de la decepcionante actitud de Ambev”, dijeron los organizadores en un comunicado.

En una de las varias tiendas que venden kits brasileños de fútbol en Rio, el vendedor Paulo Santos Silva dijo que compra de manera “prudente” productos relacionados con la Copa.

“Antes podías ordenar 5.000 camisetas, sabiendo que se venderían. Ahora arriesgas terminar con productos sin vender, así que compro 100 y las vendo, compro 100 más y si ganamos un partido, compro 200”, explicó.

Silva, de 60 años, dijo que la ralentización económica no es lo único que lo asusta. También está la “vergonzosa” eliminación de la Copa de 2014, en una apocalítica semifinal en que los pentacampeones del mundo cayeron 7-1 frente a Alemania.

Para algunos, el ambiente tibio previo a la Copa tiene un significado aún más profundo.

El político de izquierda Paulo Pimenta cree que el uso de la camiseta verdeamarela por los manifestantes que en 2015 y 2016 protestaban contra la entonces presidenta Dilma Rousseff empañó los colores nacionales.

“Los golpistas incluso le quitaron a los brasileños la felicidad del fútbol”, tuiteó. “La camiseta se volvió un símbolo de vergüenza”.

Pero Ledio Carmona, un comentarista de SportTV, dice que la tristeza y la fatalidad están en su punto máximo.

La idea de que Rio esté llena de murales y banderas verde-amarelos está incrustada en la nostalgia de 1982, cuando Brasil envió uno de los mejores equipos de su historia a la Copa del Mundo en España, pero no consiguió llegar ni a las semifinales.

“La gente en Brasil tiene en mente la Copa de 1982”, dijo a la AFP. “Es casi una leyenda”.

“Pero aquellos que eran jóvenes en aquella época ahora trabajan y quienes son jóvenes hoy no tienen dinero para pintar las calles”, dijo.

Carmona dice que una vez que comience la acción en Rusia, los brasileños gritarán tan fuerte como siempre.

Fernandes, negociando un buen precio para comprar una camiseta amarilla en Saara, coincide.

“Realmente lo necesitamos mucho. Entraremos en ese punto”, dijo. “Si la Selección gana, la gente va a olvidar todo lo demás”.