Antes del Mundial, varias personas hicieron sus pronósticos y especularon con los caminos de cada uno de los equipos en el torneo. Tal vez ninguno de ellos podría calcular que Croacia, que compartió su grupo con Argentina, Nigeria e Islandia, finalmente se iba a imponer e iba a avanzar como líder con un fútbol muy agradable.

Pero la sorpresa aún no era grande. Se esperaba que el equipo terminara por caer en alguna de las fases siguientes y que la final la disputarían equipos históricos. En octavos se enfrentó a Dinamarca, y luego de empatar en el tiempo extra, definieron el paso a cuartos por penales. De nuevo, Croacia se impuso.

En cuartos, su futuro no parecía muy prometedor, ya que debía enfrentar a la encopetada Rusia que, además de tener la localía, llegaba con ‘viento en la camisa’ luego de eliminar a España en octavos de final. Después de mucha lucha y entrega, y después de empatar otra vez en 120 minutos, los croatas despidieron a los dueños de casa en los disparos desde el punto blanco.

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En semifinales, muchos vieron su eliminación. Debía enfrentarse a Inglaterra, que llegaba ilusionada, sin haber disputado prórrogas y con el rótulo de favorita para volver a levantar el trofeo mundial después de 52 años. Pero Modric, Rakitic, Perisic y compañía dieron una nueva lección, esta vez de resiliencia, al ganar -otra vez en el alargue- por 2-1 luego de empezar perdiendo y lograr lo imposible: seguir avanzando.

Después de ese partido contra Inglaterra, los aficionados empezaron a ser mucho más conscientes de las valiosísimas cualidades del equipo croata. Contra todo pronóstico y lejos de los favoritismos (quienes sí lo tenían fueron cayendo uno tras otro), Croacia llegó a la final, en la que al final perdió ante una Francia muy efectiva.

Sin embargo, su desempeño superlativo, su efectividad y, especialmente, su entrega, hicieron que a pesar de no coronarse, medio planeta ya reconociera el triunfo de Croacia y lo viera como campeón y dueño de la gloria, incluso sin poder levantar el anhelado trofeo.