“Qué guayabo tan bravo”, empieza por escribir Ochoa en su columna del diario capitalino, para expresar luego que se siente “huérfana, derrotada, asustada y con el corazón arrugado”, por tres razones.

Primero, porque perdió Sergio Fajardo; segundo, porque pasaron Duque y Petro, que a ella la “aterrorizan” y le “erizan los pelos”; y tercero, porque ahora —y en eso recoge plenamente el sentir de los colombianos de centro— está obligada a tener que elegir entre esos dos polos opuestos. “O ni tan opuestos, porque al final del cuento ambos son populistas, demagógicos, promeseros, agresivos y culebreros”, aclara.

Es más, los califica de “lobos polarizadores” que van a “expeler más veneno que nunca” en las tres semanas que hay de acá a la segunda vuelta (17 de junio), y que, según ella, les van a parecer “eternas”. “¿Veintiún días más de odio, polarización, zancadillas y puñaladas rastreras? ¿Un calvario de denuncias de fraude, de atentados, de amenazas en sedes de campañas, de bodegas con hackers y troles, de guerras informáticas […]?”.

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Aunque Ochoa redondea la cifra de votos por Fajardo en 5 millones, en un ejercicio retórico de amplificación, la verdad es que el candidato de la Coalición Colombia obtuvo exactamente 4’588.499 votos, es decir, el 23,73 % del escrutinio.

“¿En serio nos tocó elegir entre la derecha y la izquierda? ¿Entre la guerra y la paz? ¿Entre zanahoria para los ricos o zanahoria para los pobres? ¿Entre menos impuestos para los más adinerados o más subsidios para los más necesitados? ¿Entre un Estado pequeño o un Estado derrochón? ¿Entre petróleo con fracking o aguacates como primer renglón de exportación? […] ¿Entre Gustavito e Ivancito?”, se pregunta.

Pero, aunque es claro que admite claramente la incómoda situación en que quedaron maniatados los “tibios”, parece no haber encajado bien ni haberse recuperado del golpe que representó el resultado de las elecciones porque cierra su columna con una curiosa reflexión: “Somos nosotros, los tibios, los únicos capaces de cambiar la historia para la segunda vuelta. En nuestras manos está decidir si nos endurecemos hacia la derecha, o si nos ablandamos del todo y nos vamos para la izquierda”.

Ochoa, sin embargo, no es la única columnista que lamenta la derrota de Fajardo. Alejandro Éder escribe en El País, de Cali, que “es una lástima para Colombia que […] Fajardo no haya llegado a la segunda vuelta […] en un momento en el que el país ha estado tan polarizado entre los pro-paz y los anti-paz, los de-pronto-corruptos y los quizás-pulcros, los que quieren unir y los que quieren echar gasolina a la lucha de clases”.

Pese a ello, y a que cree que la campaña de Fajardo “hubiera sido un bálsamo para la democracia colombiana”, Éder considera que el candidato ya dio su ejemplo, del cual resalta 3 lecciones “que se deben rescatar por el bien de Colombia y de nuestro sistema político”.

La primera es que se desbancó la teoría de que para lograr estar en la pelea política hay que acudir al clientelismo; la segunda es que también desbancó la hipótesis de que la única forma de contrarrestar la maquinaria es con populismo o con polarización; y la tercera (“lo que más nos debe quedar de Sergio Fajardo en el cierre de esta primera vuelta”) es su profundo respeto por las instituciones de nuestra democracia.

“Ahora que arrancamos la segunda vuelta, no perdamos el ejemplo de la campaña de Sergio Fajardo. Esperemos de los dos candidatos una campaña honesta, sin los excesos del populismo y sin la furia destructora de la polarización”, termina Éder. “ […] No perdamos de vista que para cambiar a Colombia no tenemos que destruir ni reemplazar nuestras instituciones; por el contrario, tenemos que respetarlas y recuperarlas con paciencia. Paso a paso, como proponía el profesor”.