“Recalcar que es la madre de Claudia, qué pena, es una forma de venganza sutil contra los planteamientos de la hija”, escribe Gloria H.

El viernes pasado, Barreto pidió subir a la tarima donde estaba Gustavo Petro, en Buga (Valle), y le expresó el apoyo a su candidatura. La escena, difundida en Twitter, corrió como pólvora en redes.

“Al hacerlo público, [la mamá de Claudia Gurisatti] ‘destapó’ un problema familiar, que ‘huele’ a retaliación. […] Claro, su declaración importa por ser precisamente su relación familiar la que hace más impactante su adicción a Petro. Pero, ¿contra quién iba? ¿A quién quería lastimar?”, agrega Gliria H.

Si bien Gloria H. admite que la familia de Claudia Gurisatti o de cualquiera está sujeta a esas diferencias, asegura también que “lo doloroso (que huele a traición) es que la madre recalque su petrismo aduciendo que es mamá de quien se ha caracterizado por un uribismo desbordado y excluyente hasta el punto que contaminó su labor periodística con un sello que terminó perjudicando a su medio de información”.

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Para sacar estas conclusiones, Gloria H. apela a dos fuentes: una, ella misma, comoquiera que dice que conoció al abuelo de Claudia, Antonio Gurisatti, “hace muchos años, al lado de su esposa Lucía”; y dos, una entrevista que Claudia Gurisatti dio a la revista Bocas (El Tiempo) en 2015.

“En esa época, sus nietas Claudia e Isabela vivían en Buga, en medio de un conflicto familiar entre sus padres”, recuerda Gloria H. y recurre a la entrevista de Bocas para completar el cuadro de lo que pasaba en esa época.

De esa entrevista, Gloria H. reproduce dos apartes contados por Claudia Gurisatti, resumidos: “A mi hermana y a mí nos secuestró mi abuela paterna y nos llevó a una finca en Los Farallones. Nos tuvo allá tres meses. Mi abuela, la italiano-rumana, era más loca que una cabra. Ella no era normal. Era brillante, inteligente, pero de impulsos. Y llegó a la casa, mientras mi mamá estaba en la universidad y nos cogió y se perdió con nosotras en una finca prestada. La pelea familiar fue horrible”.

“El desespero de mi mamá buscándonos, pensando que nos habían sacado del país. Mi papá y mi abuelo no decían nada. Al final, una vecina contó que nos había visto salir, los agentes dieron con quién había prestado la finca y nos rescataron. Mi abuela los recibió escopetada y todo. La detuvieron, pero mi mamá no le quiso poner el denuncio porque le dio pesar y la cosa quedó así. (…) Mi abuela después pidió perdón. Y cuando se enfermó, mi mamá estuvo con ella y la cuidó”.

A partir de ahí, Gloria H. se pregunta, desde la perspectiva del método terapéutico de las constelaciones: “¿Qué queda en la familia de Claudia de este asunto? […] ¿Qué tiene Claudia de esta historia? A quién le es leal con su actitud desafiante, ¿a la abuela ‘loca’, a la madre ‘traicionera’?”, y aclara que “ningún clan es perfecto” y que “desidealizarlo es parte del proceso de crecer. Pero eso no evita que heredemos los problemas de nuestros antepasados, de nuestros padres y abuelos”.

Y termina: “Es obvio que en la familia de Claudia todavía existen pendientes que al ser ella tan pública y agresiva se los están cobrando. Empezando por su madre […]”.