Iván Duque también capitalizó los votos del miedo a Gustavo Petro, el candidato de la Colombia Humana, visto por muchos como el camino al ‘castrochavismo’ y la ‘venezolanización’ por su discurso y propuestas contra la desigualdad; el cambio del modelo económico (de uno extractivo a uno productivo, basado en la producción de alimentos); el establecimiento de impuestos a los latifundios improductivos, para obligarlos a producir o ser vendidos al Estado para que los readjudicara a campesinos que lo hicieran; la elevación de impuestos a los empresarios; la transición a energías limpias para frenar el cambio climático; la abolición de las EPS para establecer un sistema de salud pública gratuita, y el establecimiento de universidad gratuita para todos (sin tener la plata para hacerlo).

Duque se ‘vendió’ como una opción joven renovadora (tiene solo 41 años), a pesar de ser fervoroso defensor de Álvaro Uribe, su mentor.

Uribe, que se sintió traicionado por Juan Manuel Santos (a quien dio la bendición como su sucesor en el 2010), entre otras razones por los acuerdos de paz con las Farc, no pudo regresar al poder de la mano de Óscar Iván Zuluaga en 2014, pero sintió como un triunfo suyo la estrecha victoria del No sobre el Sí en el plebiscito (precisamente esos acuerdos de paz) en 2016.

Uribe es el estratega y gestor del triunfo de Duque, tanto que desde el comienzo Duque fue identificado como “el que diga Uribe”, aunque los críticos más radicales le pusieron el apodo del ‘títere’.

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Duque es un fenómeno electoral, pues hace 5 meses tenía una intención de voto mínima en las encuestas, pero logró remontar en ellas y en la primera vuelta luego de que fuera proclamado como el candidato oficial del Centro Democrático (ganó con 7 millones 569 mil 693 votos, sobre 4 millones 851 mil 254 votos de Petro).

Duque ganó la carrera del Centro Democrático, que estableció un complejo proceso de selección de candidatos, que a su vez incluyó encuestas en las que venció a sus contrincantes (Rafael Nieto Loaiza, Carlos Holmes, Paloma Valencia y María del Rosario Guerra), y que concluyó con una consulta popular en la que le ganó a su actual vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez (y a Alejando Ordóñez).

Hasta los más feroces críticos del expresidente le reconocen haber seleccionado un candidato sin historial, sin investigaciones, sin enemigos, tanto que el ala más radical del Centro Democrático lo consideró demasiado moderado (incluso lo acusaron de santista).

Pero además de ser un candidato sin historial, Duque tiene méritos propios indiscutibles: se apoya en su ambición, ambición basada en una formación académica y laboral con visión internacional, capacidad de estudio, en una facilidad de expresión (algo que no tenía Zuluaga) que lo hace brillar ante las masas, sumado al carisma propio de su generación: cercano a la música popular, a la tecnología, al nuevo emprendimiento, al fútbol y a los libros.

Duque tiene el desafío de demostrar que es independiente del expresidente, y desvirtuar los temores de que su ascenso a la presidencia significarán pavimentarle el camino a nueva reelección o instaurar una dictadura (por controlar el Congreso, la Presidencia y querer acabar las cortes).
Así mismo, tendrá que desvirtuar las acusaciones de que sus propuestas de acabar con las cortes buscan favorecer al expresidente y su círculo, que tienen procesos por paramilitarismo y otros delitos.