Aunque las propuestas económicas del candidato de la Colombia Humana han despertado inquietudes entre los analistas, su idea de que el Estado le compre, si él llega a ser presidente, las tierras del ingenio Incauca al industrial Carlos Ardila Lülle desataron las críticas desde diferentes perspectivas.

Por ejemplo, Paola Ochoa aborda el tema en El Tiempo considerando el millón de migrantes venezolanos que ha llegado a Colombia por la grave crisis que atraviesa su país. “Hay que estar muy salado para salir huyendo de Venezuela y llegar a Colombia a que lo gobierne a uno Gustavo Petro”, escribe.

“Primero, porque ya vienen remamados de oír de subsidios, de ayudas, de mercados baratos, de promesas de educación gratuita. Porque todas esas promesas terminaron en hambre, en desabastecimiento de alimentos, en escasez de medicinas y en un aumento desmedido del costo de vida”, continúa Ochoa, y recuerda que la inflación en Venezuela terminará este año en el 14.000 por ciento, “la mayor cifra en toda la historia de la humanidad después de la de Zimbabue”.

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También recuerda que lo primero que compró Hugo Chávez fueron las empresas azucareras, “mucho antes que los pozos petroleros, las industrias de cemento y las fábricas de alimentos. Y ahora [a los venezolanos que llegan a Colombia] les toca mamarse a Gustavo Petro diciendo que quiere comprar las tierras de los ingenios azucareros para que los pobres siembren en ellas alimentos”.

Hoy las fincas azucareras que compró Chávez con la chequera petrolera están en la ruina y el abandono, dice Ochoa. “Allí no hay producción, ni trabajadores, ni máquinas, ni capital, ni tecnología, ni azúcar. Solo unas pocas siembras de alimentos que alcanzan escasamente para los campesinos y familias que trabajan en esas tierras. Pero ya no sirven para alimentar a una nación entera, a diferencia de lo que sí ocurría en la Venezuela de otras épocas”.

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Una remembranza similar hizo este domingo Thierry Ways en El Heraldo, en donde escribió que el “precio justo” que ofreció Petro por esa compra (que mencionó no en su discurso en Puerto Tejada, sino después en Twitter) “es una señal de alerta”, porque “siempre que un socialista hable de ‘precios justos’, sépase que se refiere a intervenir el mercado para asignar los que a él le parezcan adecuados, algo que suele salir calamitosamente mal. La penosa escasez de mercancías en Venezuela nació precisamente de una genialidad chavista llamada así: ‘Ley de Precios Justos’”.

Aunque, como señala Darío Acevedo en El Espectador, Petro viene puliendo “sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados”, por recomendación de sus asesores. “De ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta”.

“Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas”, añade Acevedo. “Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el ‘exprópiese’ cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: ‘Fidel es un dictador’, decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana”.

Otro columnista que dedicó su espacio este lunes a Petro es Antonio de Roux, en El País, de Cali, después de haber seguido la visita del candidato a la región y sus intervenciones de plaza pública en Puerto Tejada (Cauca) y Palmira (Valle del Cauca): “Quedé impactado porque no tengo registro previo de tanta intemperancia, tanto resentimiento lanzados al aire sin el más mínimo rubor. Lo peor es que se trata de un discurso sustentado en mentiras o verdades a medias”, escribe.

Los empresarios del campo fueron los que recibieron “lo peor del ‘viajao’” del “botafuego” de Petro, según De Roux. “En un lenguaje impreciso, lleno de generalizaciones, aunque no por ello menos incitante, acusó a buena parte de ellos de dedicarse a formar grandes ‘meganarcolatifundios’, y estar interesados en montar una dictadura […]”.

“Petro sabe que este es un país donde los jóvenes y los pobres son mayoría […]. Los jóvenes […] desconocen el significado de la palabra después. Por eso el personaje [Petro] lleva una ventaja: sus propuestas que no miden los medios requeridos ni las consecuencias, son para ya. Esos estratos empobrecidos y aquellos nuevos ciudadanos encuentran ahora un discurso que se adecúa perfectamente a sus expectativas inmediatistas. Y esta vez, ¡ojo!, sí podrían salir a votar”, advierte De Roux.

Finalmente, Gabriel Rodríguez escribe en El Universal, de Cartagena, manifestando abiertamente que votará por Iván Duque, que Petro, “además del peligroso populismo del que hace gala, su incoherencia, la pésima administración de los bienes públicos de la que hizo suficiente demostración en Bogotá, el odio de clases que pregona, representa el peligro de dar un viraje hacia la ultraizquierda”.