Y es que si se suman los votos que obtuvo Gustavo Petro (8,028.033; es decir, 41,81 %), con los del voto en blanco (807.945 votos; es decir, el 4,20 %), estos totalizan el 46.01 %; es decir, apenas una diferencia de 7,96 % con Duque (que 10.362.080; es decir, 53,97 %).

Si bien no es muy parecido al del plebiscito por la paz del pasado (Sí, 6.377.464 -49,79 %; No, 6.431.372 -50,21 %), sí hablan de una marcada polarización y división.

Este se puede considerar un resultado relativamente estrecho.

Duque, que se vendió como una opción joven renovadora, pero fervoroso defensor de Álvaro Uribe, sedujo a sus electores, fundamentalmente, por la cerrada defensa de la economía de mercado, la propiedad y la iniciativa privada y las modificaciones al acuerdo de paz con las Farc.

Pero no todos los votos de Duque reflejan un apoyo incondicional a su plataforma de gobierno; muchos de sus votos expresaron su miedo al programa de Gustavo Petro, visto como el camino al ‘castrochavismo’ y la ‘venezolanización’.

Aunque Petro moderó su discurso para segunda vuelta, tratando de captar los votos por Humberto de la Calle y Sergio Fajardo, descritos como el centro (político), no le fue suficiente.

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En este propósito, Petro llegó al extremo de firmar en mármol que no expropiaría, que no convocaría una asamblea para reformar la constitución, que garantizaría la democracia pluralista, que respetaría el estado social de derecho, impulsaría la iniciativa privada, impulsaría el tránsito ordenado a las energías limpias, respetaría los acuerdos de paz, manejaría los recursos públicos como recursos sagrados.

Pero ese miedo al ‘castrochavismo’ y la ‘venezolanización’ seguía vigente, justa o injustamente, por su discurso antiestablecimiento, antioligarquía (lo que críticos denominan el discurso de la lucha de clases), propuestas para reducir la desigualdad de forma radical, propuestas para hacer tributar más a los propietarios de los latifundios improductivos (y obligarlos a producir o vender) y a los grandes empresarios (magnates, les dice).

Sus críticos se encargaron de advertir los riesgos de su propuestas de sustituir en forma radical la economía extractiva (basada en la extracción del petróleo y minerales) por una economía productiva, basada en la producción de alimentos, y energías limpias para frenar el cambio climático; acabar con las EPS y establecer un sistema de salud pública gratuita, y garantizar la universidad gratuita para todos (sin tener la plata para hacerlo).

Así como Duque no puede desconocer que es muy grande la Colombia que votó por Petro y su visión, tampoco puede desconocer el mensaje del voto en blanco, por pequeño que haya resultado (4,21 %), pues si se interpretan como votos del centro, es probable que apoyaran el Acuerdo de Paz con las Farc.

En un sentido similar se pronunció Fidel Cano, director del diario El Espectador, en su intervención en Canal Capital. Allí dijo que la candidatura que obtuvo la victoria en estas elecciones debe escuchar a los más de 8 millones de votantes que respaldaron a Gustavo Petro.

Cano dijo:

“El mensaje que deja esa votación hay que tenerlo en cuenta, hay que entender que en este país hay mucha gente mucho más activa que se está despertando, que quiere transformaciones reales”.

Y agregó: “Ojalá el presidente Duque y todo su grupo que lo rodean entiendan que este no es un mandato absoluto, que ahí hay una cantidad de colombianos que no se pueden dejar de lado, que no se pueden dejar aparte”.

Nicolás Uribe, columnista de El Espectador y analista de Blu Radio, dice que el presidente Iván Duque no puede construir un gobierno sobre la base de los fracasos del pasado y sobre las peleas de antaño, sobre el Sí y el No, sobre el uribismo y el santismo.

“Yo creo que parte del éxito de Iván Duque estará determinado por la capacidad que tenga de construir un acuerdo mayoritario nacional que permita salir de una serie de polarizaciones sobre los temas importantes”, dice Uribe.

Héctor Riveros, también analista de Blu Radio, expresa el mismo concepto en otras palabras: “Iván Duque tiene que […] tratar de recomponer el diálogo político, que en Colombia, evidentemente, está roto, hay un grado de polarización que ha impedido que las polémicas públicas, especialmente la más importante, que es el cierre del conflicto con las Farc, tengan consenso, o por lo menos un grado mayoritario de apoyo ciudadano”.