Abuela vive gracias a corazón que le donó atleta olímpico

Ivonette Balthazar recibió el órgano del entrenador de canotaje Stefan Henze, muerto en accidente de tránsito durante los juegos de Río.

Trasplante de corazón
La abuela se recupera de la operación y tiene muchos planes en su vida.| Getty

Tres meses y medio después de una extenuante pero exitosa operación para reemplazarle el corazón en pleno desarrollo de los Juegos Olímpicos de Río, Balthazar, de 66 años, está asombrada y agradecida de estar viva: “El motorcito está ahí”, dice mientras se pone la mano en el pecho.

Pero a pesar de que ya empieza a desvanecerse la enorme cicatriz que corre por su tórax, la emoción de deber su supervivencia a un hombre que nunca conoció y que tuvo que morir para darle vida a ella le sigue resultando demasiado difícil de gestionar.

La salud de Balthazar se esfumó desde que sufrió un ataque al corazón en noviembre de 2012. En agosto de este año, apenas podía caminar o hablar.

“Estaba desesperada”, dijo a la AFP en una inusual entrevista en su pequeño y elegante apartamento en Rio de Janeiro.

Luego llegaron los Juegos Olímpicos, trayendo cientos de miles de turistas y los mejores atletas del mundo. Entre ellos estaba Stefan Henze, atleta de 35 años que había ganado medalla de plata en los Juegos de Atenas-2004 y que se desempeñaba como entrenador.

El también excampeón mundial murió en un accidente automovilístico a bordo de un taxi allí en Rio, y poco después Balthazar recibió una llamada.

Bajo la ley brasileña, los hospitales no pueden revelar la identidad del donante de órganos, pero la muerte del alemán fue noticia y a la familia de Balthazar no le costó demasiado sacar conclusiones.

Ahora esta improbable pareja -una abuela de Río y un integrante de un equipo olímpico fallecido trágicamente- está unida en la más extraña y profunda intimidad posible.

“Cuando estoy sola”, cuenta Balthazar, “realmente pongo esta mano en mi corazón y digo: ‘Dios mío, este muchacho me devolvió la vida'”.

Carrera contra el tiempo

Balthazar era fumadora y una jefa con mucha responsabilidad en su propia agencia de recursos humanos. La vida era “trabajo, trabajo y trabajo”, dice.

Luego vino el ataque al corazón y, pese a los intentos de tratar su condición, le siguió un apabullante deterioro en el que podía medir el lento bombeo de su corazón: su pulso llegó a 49 latidos por minuto.

Casi se había detenido. En enero de 2015 entró en la lista de espera de donantes de corazón en el octavo lugar. Siguió una intensiva serie de exámenes para constatar que estaba lo suficientemente sana como para pasar por una eventual operación.

En mayo de este año, cuando empezaba a perder la batalla contra la muerte, se colocó en el primer lugar. “No estaba en condiciones de hacer nada, ni de conversar, ni de respirar”, dijo.

Dos veces por semana -los miércoles y los viernes- la llamaban del hospital para saber cómo estaba. “Pero entonces llamaron un lunes… y dijeron: ‘Venga al hospital que tenemos un corazón para usted'”.

Balthazar estaba aterrorizada cuando ingresó en el quirófano el 15 de agosto. Le dijo a su hijo Fabio y a su hija Renata que estaba “preparada para morir”.

Nueva visión de la vida

Actualmente, esta mujer aún tiene problemas para comer, padece de mala coordinación y usa una máscara quirúrgica en la calle para proteger su débil sistema inmunológico. Pero se está recuperando rápidamente.

“Mi salud ha cambiado por completo”, dice. “No podría estar aquí hablando contigo”.

El año próximo planea incluso participar en una carrera con otros pacientes trasplantados, y piensa hacerla como un “homenaje” a Henze.

Pero el mayor cambio está en su actitud. Sueña con volver a trabajar, pero también con disfrutar de cosas simples y ver a sus 5 nietos crecer.

“Antes tenía una vida tan ocupada”, dice. Me digo: “Para un poco, piensa, trabaja, pero no es algo saludable'”.

Balthazar envió una carta de agradecimiento a la familia de Henze a través del consulado alemán y le gustaría “abrazar a su madre”. Pero dice que “no está emocionalmente preparada” para un contacto más directo.

Sin embargo, piensa mucho en su donante.

“Busqué información sobre él pero no encontré mucho. Encontré sobre su vida profesional, pero no sobre la personal. Me gustaría saber más”, dijo de su salvador. “Sé que era alegre, que era una persona animada”.

Y hace una promesa: “Tengo que cuidar con mucho cariño este corazón”.

AFP

Stefan Henze
Stefan Henze fue medallista y cuando murió era entrenador. / Getty

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